Amara se apartó del círculo donde las mujeres bailaban descalzas sobre la hierba húmeda.
El sonido de las gaitas, el repique de los tambores y el rumor de las risas se mezclaban en una marea que ya la asfixiaba.
Necesitaba aire.
Cruzó el claro hasta la sombra de una encina solitaria, donde el humo de las hogueras no ahogaba tanto y el silencio se sentía más vivo.
Fue entonces cuando los oyó.
Eran cinco hombres sentados sobre troncos caídos, medio ocultos por las sombras.
El fuego más cercano apenas les lamía los bordes del rostro, pero el brillo de sus armas se distinguía con claridad: hachas, espadas, cuchillos… y un pesado garrote que parecía más apropiado para romper cráneos que para defenderlos.
—¿La última vez que tocaste a una mujer fue voluntario… o te resbalaste encima, Kerran? —preguntó uno, con una voz ronca.
—¿Define tocar? —respondió el aludido, entre carcajadas ásperas—. Hace dos lunas una viuda me lanzó una escoba y yo la atrapé. Eso cuenta como juego previo en algunas aldeas.
—Solo si luego te la follaste —replicó otro, provocando un estallido de risas—. Y la escoba no cuenta.
—Depende. ¿La escoba tenía nombre?
Las carcajadas se propagaron como chispas.
Rudas. Reales.
La clase de risas que sólo comparten los hombres que ya han sangrado juntos.
Uno —el más ancho, calvo y con la piel curtida por el sol— se rascaba el cuello con la parte roma de su hacha. Otro, con una flauta atada al cinto, la desató sin que nadie se lo pidiera.
—Te juro que si soplas esa cosa otra vez, Finn, te meto la flauta por el culo hasta que toques por el ombligo —gruñó el calvo.
—¿Y qué nota crees que daré, Broen? ¿Un si bemol?
—Bemol, mayor, menor, me da igual.
—¿Qué demonios tallas ahora, Broen? ¿Otra virgen? —preguntó Kerran.
—Un plato —contestó el calvo sin mirarlo—. Para sus sobras. Así podrán vomitar con elegancia.
—Eso es noble de tu parte. A ver si tú también vomitas cuando pruebes el guiso de mañana.
—Si cocinas tú, Finn, me como mis botas.
—No, tus botas tienen más sabor —rió Finn—. ¡Doy fe! Una vez chupé la suela de Broen porque pensé que era carne seca.
Las risas volvieron, gruesas, cansadas, llenas de camaradería.
El fuego parpadeaba sobre sus rostros curtidos, revelando cicatrices que parecían contar sus propias historias.
El quinto hombre —el más callado— no reía.
Apoyado contra el tronco más grueso, observaba en silencio. Tenía los brazos cruzados, la mirada atenta y la mandíbula apretada.
No necesitaba hablar: su silencio tenía peso.
—Tranquilo, mañana cocina Colum —dijo uno de los otros—. Dice que sabe hervir avena sin quemarla. Será la primera batalla que gane.
El tal Colum levantó la jarra con aire solemne.
—Prueben mi avena y me juraran lealtad de por vida.
Broen lo miró de arriba abajo.
—Si tu avena es como tus promesas, acabaremos masticando piedras y jurando en hebreo.
Kerran sonrió de medio lado.
—¿Y tú, jefe? ¿Piensas seguir ahí con cara de piedra o te unirás al mundo de los mortales?
El hombre al que se refería alzó la mirada, lenta, segura.
—¿Y tú vas a pasarte toda la noche intentando que alguien te meta algo en la boca que no sea tu propia lengua?
Un estallido de carcajadas.
—¡El cuervo ha hablado! —exclamó Finn, con fingido dramatismo—. ¡Tengan cuidado! El fin del mundo está cerca.
—Anoten la fecha —dijo Broen sin levantar la vista de su tallado—. El jefe ha graznado.
Entonces, Colum intervino con una sonrisa cómplice.
—La cierva blanca te estaba mirando, por cierto. Casi se le cae la copa cuando pasaste por delante.
El silencio que siguió fue distinto.
Corto, denso.
Amara contuvo la respiración.
—Igual le recordaste a su prometido y se le revolvió el estómago —rió Kerran, rompiendo la tensión.
—O igual solo estaba admirando cómo se camina cuando no te pesan las pelotas —añadió Finn, bebiendo sin pausa.
—Bah, si te mira es porque estás callado —dijo Broen, tallando con precisión—. Las mujeres confían más en los que no hablan. Aún no han oído su estupidez.
—Entonces tú deberías ser irresistible, viejo —replicó Finn, entre carcajadas.
Las risas llenaron otra vez el claro, pero el silencio del jefe seguía siendo una muralla.
No respondió a las bromas. Ni siquiera sonrió.
Broen volvió a hablar, sin levantar la vista:
—No te hagas ilusiones. Seguro que solo está eligiendo a qué hombre sacrificar primero.
—¿Sacrificar? —rió Finn, con una mueca traviesa—. Yo me ofrezco. Pero que lo haga despacio, y con las manos en los sitios correctos.
—Tú te ofreces aunque te digan que la doncella tiene espinas —se burló Kerran.
—Y tú te asustas aunque solo lleve una sonrisa —replicó Finn, provocando una nueva ronda de carcajadas.
Broen zanjó la conversación con voz grave:
—Cállense ya. Esa no es de las que miran porque les gustas. Esa mira como quien elige si vale la pena ensuciarse las manos.
Las risas se apagaron poco a poco.
Colum habló por último, con una mezcla de respeto y curiosidad:
—Dicen que es hielo. Que nunca ha besado a nadie. Que su padre la guarda como si fuera un secreto… o un arma.
Broen levantó la vista hacia el fuego.
—No es hielo —sentenció—. Es hambre contenida.
—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Finn, divertido.
El viejo soltó una risa seca, afilada como su navaja.
—Porque los ojos que no parpadean no tienen miedo. Tienen hambre de algo que aún no les han dado.
—Hay historias sobre ella —dijo uno de ellos, con aire de quien comparte un secreto—, que le rompió la nariz al hijo de un noble porque intentó besarle la mano sin permiso. Que mandó callar a tres lairds en un mismo consejo. Y que se negó a bailar en Samhain porque, según ella, no era ganado.
Finn se inclinó hacia adelante, curioso, con una sonrisa maliciosa.
—Yo escuché que, a los catorce, le partió la pipa a un fraile porque insinuó cobrarle el perdón con roce de muslo. El fraile aún reza con los dedos torcidos.
Kerran se rió por lo bajo, removiendo el contenido de su jarra.
—También dicen que cruzó sola el Paso de Rannoch en pleno enero para entregarle al conde Ivan el tributo… y volvió con las bolsas intactas porque se negó a doblar la rodilla.
—La mejor que oí —intervino Colum, alzando la voz sobre las risas—: en el último consejo, tres lairds se turnaban para interrumpirla. Ella esperó a que acabaran, se quitó el broche del tartán y lo clavó en la mesa. Les dijo: “Hablen ahora; yo ya he marcado mi sitio”. Ni un gallo cantó después.
Broen dejó de tallar la madera y alzó la navaja, que brilló un instante bajo el fuego.
—Y juraría que se negó a bailar en Samhain con un pretendiente porque declaró que el ganado se subasta, las mujeres deciden. El bardo que intentó rimarlo terminó masticando su propia lira.
Guardó la hoja en su cinturón y levantó la vista hacia sus compañeros.
—Créanme, muchachos: si esa mujer te mira, no es para caer en brazos de nadie; es para decidir si te deja estar de pie.
Kerran sonrió, volviendo la cabeza hacia la figura en sombras, apoyada junto al tronco de un árbol.
—¿Y qué opinas tú, jefe?
El hombre habló por primera vez.
Su voz fue la más baja, la única que no buscó atención… y, por eso mismo, la que terminó imponiéndose sobre todas.
—No mira para decidir —dijo, con calma—. Mira para comprobar si hay alguien que entienda lo que cuesta fingir que no se tiene miedo.
Un silencio pesado cayó sobre el grupo.
Las llamas crepitaron, rompiendo el aire inmóvil.
Y entonces, el jefe añadió sin mirar a nadie:
—La mayoría teme caer. Ella teme no sentir nada cuando toque el suelo.
Desde la oscuridad, Amara contuvo el aliento.
No por las palabras en sí, sino por lo que ellas revelaban.
Aquel hombre, sin conocerla, acababa de nombrar el nudo exacto que llevaba bajo la piel desde hacía años: el mismo miedo que la acompañaba desde que su madre se había apagado sin un grito, sin una sola queja, como si la vida hubiera dejado de dolerle y eso la hubiese vaciado por dentro.
Desde entonces, Amara vivía con ese temor: terminar igual de hueca, igual de silenciosa, y no darse cuenta cuando llegara el golpe.
Y aquel desconocido… ya la había entendido más que nadie.
Se apartó despacio, antes de que el crujido de las hojas la delatara.
Sabía que, si se quedaba un segundo más, no podría fingir que las palabras de ese hombre no habían hecho eco dentro de ella.
Aún no estaba lista para que alguien la viera tan dentro, tan pronto.
Pero mientras se alejaba, una parte de ella no podía dejar de pensar en lo que había visto en aquellos ojos oscuros: una mirada ausente de alegría, pero cargada de una fuerza serena, peligrosa.
Y aunque intentó convencerse de que no volvería a cruzarse con él, el presentimiento se aferró a su mente como un presagio:
ese hombre, el que los demás llamaban jefe, pertenecía a la clase de peligros que una muchacha sensata nunca debería buscar.