Bealltainn.
La noche en que se cruzan los umbrales.
Entre estaciones. Entre mundos. Entre decisiones que parecen pequeñas… y acaban cambiándolo todo.
Los preparativos habían transformado el castillo y sus alrededores en un hervidero de vida.
El aire olía a resina, brezo, humo leve y cordero asado con romero. La tierra, húmeda por las lluvias de abril, se sentía firme bajo las botas. Más allá del círculo de piedra, el Loch Earn reflejaba un cielo tan limpio que parecía contener el aliento, como si incluso los dioses observaran lo que estaba por venir.
Este año, Thierry Vareth había insistido en que los anfitriones fueran ellos.
Una decisión política, no festiva.
Y todos lo sabían.
Los McLaren habían llegado con gesto grave, los Buchanan con canciones y viejas banderas raídas.
Los Colquhoun, con sus rostros de mármol y vino demasiado fuerte.
Y los Drummond, siempre impecables, habían enviado a su segundo hijo como quien entrega una pieza de juego que espera ver coronada.
Los demás clanes… no vinieron.
No podían.
Porque ya no existían.
Los Randall los habían borrado del mapa.
No conquistaban: apagaban.
Dejaban solo ceniza, como si su único propósito fuera arrancarle al norte el alma misma.
Amara observó desde la distancia, de pie en el borde del claro.
Su vestido de lino dorado se pegaba a las piernas por culpa del viento que bajaba desde las colinas. En el centro, su padre caminaba entre los invitados, vestido con el tartán ceremonial de los Vareth. Se apoyaba discretamente en su escudero, aunque fingía no necesitarlo. Cada paso le costaba, pero su dignidad seguía erguida, intacta.
—“Un laird que no camina entre los suyos, no tiene clan que lo siga” —había dicho esa mañana, mientras Amara lo ayudaba a abotonar su jubón.
Ahora lo veía sonreír, estrechar manos, fingir fuerza.
Pero ella sabía la verdad: la fiebre aún lo visitaba cada noche, dejándolo exhausto al amanecer.
No estaba mejor.
Solo más decidido.
Y sabía también lo que pensaba.
Rolan Fraser.
Ese nombre lo repetía como si fuera una plegaria.
Como si bastara pronunciarlo para redimir al clan y salvarlo del abismo.
Para Thierry, el matrimonio de su hija era la llave de un futuro posible.
Para Amara, era la cadena que la anclaría al destino que no había elegido.
El sol comenzaba a caer cuando las gaitas sonaron por primera vez.
El aire vibró con una nota profunda, y el murmullo de la gente se volvió más tenue.
Alrededor del círculo, los invitados se acomodaron: algunos reían, otros solo observaban.
Todos habían oído los rumores.
Que los Randall avanzaban más rápido que el humo.
Que los lairds que no se alineaban con Ivan Castellane desaparecían sin rastro.
Y que Amara Vareth, la última hija viva de su casa, estaba destinada a casarse con Rolan Fraser: el heredero del clan arrasado, el hombre sin tierra, sin hogar… pero con una reputación que olía a acero y leyenda.
No como aliado.
Como algo más peligroso: esperanza.
Amara respiró hondo.
Esperanza era una palabra traicionera.
Había aprendido que toda promesa venía acompañada de un precio.
El cielo se tiñó de cobre y luego de púrpura. Las hogueras fueron encendidas una a una, hasta que el claro entero ardió en destellos danzantes.
Los tambores comenzaron a sonar, lentos al principio, después con ritmo creciente.
Las mujeres trenzaban flores en sus cabellos; los hombres bebían y cantaban.
Bealltainn había comenzado.
La noche del fuego.
La noche donde los límites se borraban.
Amara sabía lo que se esperaba de ella: sonreír, bailar, aceptar la mirada de los pretendientes como si no la pesaran.
Pero dentro de su pecho, el caos se mantenía intacto.
Esta noche bailaré en círculo como las demás, pensó.
Sonreiré cuando me ofrezcan hidromiel, fingiré no notar cómo me observan… como quien evalúa el precio de un caballo antes de una subasta.
Quizá por eso Amara se había dejado el cabello suelto esa noche.
Las viejas normas dictaban que las doncellas que aún no habían sido tocadas debían recogerlo, cubrirse con modestia y prudencia.
Ella no lo hizo.
No quería parecer dócil, ni decente, ni resignada.
Quería parecer libre.
O, al menos, fingirlo con la suficiente convicción como para creérselo mientras durara la noche.
Tampoco se había cubierto con el tartán bordado de su madre.
Había elegido el vestido de lino fino, aquel que apenas le cubría los hombros y que se pegaba a la piel cuando caminaba cerca del lago.
No por coquetería.
Por decisión.
Su piel, blanca como leche recién hervida, parecía absorber la luz de las hogueras.
El sol apenas la tocaba, y su cabello, claro y suelto, caía como un río de oro sobre su espalda.
Hija de un laird, sí, pero esa noche no quería parecer una figura de porcelana encerrada en el cristal de su apellido.
Quería romperlo.
Porque había tomado una resolución.
No la había dicho en voz alta, pero la llevaba colgando del cuello como una promesa invisible.
No iba a entregarse por primera vez a un desconocido en una cama tibia por mandato de otros.
No sería el sacrificio que sellara un acuerdo.
Si iba a ser de alguien, lo sería por voluntad.
Solo una vez.
Solo por ella.
No sabía quién sería.
No buscaba amor, ni ternura, ni siquiera placer.
Buscaba algo más primitivo, más real: decidir.
Que el primer gesto, la primera rendición, le pertenecieran.
Que el hombre que la tocara lo hiciera porque ella lo había elegido.
No porque alguien la hubiera vendido.
Las gaitas sonaban en el claro, acompañadas por el repique grave de los tambores.
Las hogueras estallaban en chispas que subían al cielo y se apagaban como luciérnagas.
La gente reía, bailaba, bebía.
Pero Amara sentía un calor distinto en la nuca.
No era el del fuego.
Era el de una mirada.
Al principio no la buscó. Fingió no notarla, como si ignorarla pudiera apagarla.
Pero el peso de esa atención era distinto al que conocía.
No era deseo vulgar ni cálculo político.
Era una observación tranquila, firme, que parecía atravesarla.
Alzó la vista.
Y allí estaba.
De pie, en el extremo del claro, medio envuelto en sombra.
Ni en el centro ni apartado del todo.
Sin sonrisa que ofrecer ni máscara que vender.
No llevaba tartán de clan ni broche que lo delatara.
Vestía cuero n***o ceñido a las piernas —gastado en las rodillas de tanto cabalgar— y botas altas que terminaban debajo de las rodillas.
La camisa, también negra, se abría un par de dedos en el pecho, dejando ver un hilo de piel curtida donde el pulso latía con calma.
El cabello oscuro, desordenado, parecía moverse solo cuando él lo permitía.
Había en su presencia algo inquietante, una elegancia distraída, como si hubiera sobrevivido tantas veces al filo que ya no necesitara demostrarlo.
Mandaba sin decir palabra.
Sus compañeros —tres hombres que bebían cerca del barril— lo rodeaban en una pequeña órbita:
uno gesticulaba, otro intentaba bailar, el tercero se reía de ambos.
Pero él permanecía aparte, con los brazos cruzados, el peso en un solo talón, como si vigilar fuera su estado natural.
Y cuando sus ojos se encontraron con los de Amara, no apartó la vista.
El tiempo se detuvo entre ellos, sostenido apenas por el rumor del fuego y el zumbido de las gaitas.
Ella no supo si se trataba de desafío o reconocimiento, pero algo en su interior cambió de forma.
Donde antes había confusión, ahora había curiosidad.
Donde antes había miedo, una chispa de voluntad.
El hombre pasó una sola vez junto a ella, camino del barril para llenar su jarra.
El aire pareció vibrar en ese instante.
Olía a cuero, a hierro templado y a eucalipto.
El calor de la hoguera quedó atrás, pero el suyo duró un instante más, rozándole la piel como un recuerdo.
“Peligro”, susurró una parte de su mente.
“Voluntad”, respondió otra muy distinta.
Y por primera vez, Amara no supo cuál de las dos le resultaba más seductora.