Rolan lo observa. Inclina apenas la cabeza. No hay reverencia, ni afecto, ni sumisión. Solo una cortesía vacía, ejecutada con la precisión de quien sabe exactamente cuánta deferencia es necesaria para no parecer insolente… y cuánta para dejar claro que no responde ante nadie. Después, sus ojos regresan a mí. Yo no me muevo. Él tampoco. —¿Piensas quedarte ahí, congelada con esa fachada de doncella sacrificada, o vas a caminar? —musita, sin mirarme del todo, como quien da una orden sin molestarse en comprobar si será obedecida. —¿Y si prefiero quedarme aquí? —respondo, con la voz baja, tensa. Él gira levemente la cabeza hacia mí, con esa calma suya que no sabe de prisas. Ni de emociones innecesarias. —Entonces tendré que arrastrarte. Aunque sería una pena estropear ese vestido tan... v

