—Soy el capitán Vareth. No he pedido permiso. He dicho que voy a entrar. —No puedo —balbucea—. Me matarán si... —Yo también puedo matarte. Y más rápido. El chico traga saliva. Hace ademán de afianzar la lanza. Mala idea. Deslizo el pie hacia atrás, doblo la pierna, saco la daga corta que llevo en la bota y le golpeo la sien con la empuñadura. Preciso. Seco. Silencioso. El cuerpo cae contra la pared como un saco de grano mal cerrado. —Podrías haberte hecho el dormido —susurro, mientras lo arrastro a la esquina. Palpo su cinturón, cojo las llaves y localizo la que encaja en la cerradura. La giro sin prisa. La puerta cede con un chirrido bajo, y el olor a rancio me golpea de lleno. La oscuridad me recibe como una vieja amiga. —Finn —murmuro. Un crujido de cadenas al fondo me respond

