Deslizo las armas sobre la mesa. El metal cruje. Mi obediencia, también. Ruairidh juguetea con la llave grande que cuelga de su cinturón, un hierro viejo, pulido por el uso, y la deja tintinear para que el sonido me taladre la paciencia. —Una sola copia —aclara, alzándola entre dos dedos—. Esta. La puerta de la torre se abre con ella y se cierra con ella. Cuando está en mi poder, nadie más la toca. La cedo únicamente a la doncella cuando entra a bañarla … o a vestirla por las mañanas. El resto del tiempo, duerme en mi bolsillo. Entiendo el mensaje: cualquier intento de forzar el cerrojo quedará en evidencia y su responsabilidad caerá sobre mí. Él continúa, complacido con su propia precisión: —Si ordeno que mi esposa sea llevada a mi alcoba, la escoltarás tú. Personalmente. Sin armas,

