Lo tomo. El vendaje cruje cuando lo aprieto. —Gracias —murmuro. —Te va a arrancar las tripas con cada orden —comenta con el ceño fruncido. —Soy un soldado, Broen —respondo, sin pestañear—. Siempre antepongo el deber y lo cumplo. Y eso basta. Eso tiene que bastar. No por orgullo. Por convicción. Porque la disciplina no es una opción que se activa según conviene. Es una coraza que se elige una vez y no se vuelve a quitar. No soy un chiquillo. Puedo mirar sin ver. Desangrarme sin abrir la boca. Ninguno dice nada. —Vayan a los establos. Vigilen los accesos. Quiero saber cuántos hombres rotan en cada puerta. Cuántos dormitan. Cuántos obedecen solo por miedo. —¿Y tú? —pregunta Kerran. —Cumpliré mi cometido y de paso trataré de averiguar qué demonios había en esas cartas. Algo que lo asu

