Oveja estúpida - Parte dos.

3180 Words
En toda mi adolescencia me tocó ver a mis amigas teniendo una pésima relación con sus madres, y yo, aunque en un principio, entrando a la adolescencia, no tenía tanta confianza con ella, ahora puedo decir que ella aprendió tanto de lo que es mi entorno, que ella casi piensa como uno de nosotros. Pero llegar a un momento determinado donde mi mamá considere todas las mierdas que le cuento que bajo cualquier punto de vista de padre normal parecería casi Sodoma y Gomorra, como algo normal, hizo falta pasar por muchas situaciones de mi vida como la del primer beso, la de la primera menstruación, o cuando le pedí que me dejara salir a bailar por primera vez a un boliche que no era matiné, si no a uno para mayores de edad (al cual ingresé siendo menor. Sorpresa) o como también cuando comencé a llevar chicos a casa. Ahora ese tipo de cosas en mi casa son cosas normales, pero en algún momento fue tabú. Pero eso es lo bueno de tener padres flexibles. Aunque soy partidaria de que todo en esta vida se resuelve hablando. Que no todos los padres son cabezas duras y mounstros sin corazón o sin adolescencia, que ninguno salió de un asno y nació viejo, que solo hace falta hablar con ellos, y ablandarlos (o porque no también amoldarlos, en mi caso) pero ese es el problema. Ningún adolescente quiere confiar en sus viejos. Ningún adolescente le cuenta sus cosas a sus viejos. El adolescente cree que por naturaleza los viejos son los enemigos naturales de los jóvenes, pero no es así. Hasta el más cabeza dura se ablanda si viera a su hijo rogarle por una nimiedad que en la vida pareciera tener sentido pero parecería tenerlo para él. Por ejemplo, tuve una amiga que se cortó solo porque su mamá no la dejaba de ir de viaje con su grupo de amigas (entre esas estaba yo), hasta ahora su madre no sabe eso. Yo solo me pregunto, ¿no sería más fácil mostrarle eso a su madre? Apuesto que se hubiera ahorrado tantos llantos. Y su madre hoy por hoy se daría cuenta que siendo dura solo lograba que su hija se inclinase a una adolescente sadomasoquista con aires de loca s*****a que se autolesiona cuando no consigue lo que quiere. Hubiese sido menos tonto. Me releo. Veo lo que acabo de escribir ''loca s*****a que se autolesiona cuando no consigue lo que quiere'' y de pronto, me veo a mi misma. Pero sostengo, es muy pronto para eso. Tengo otra amiga que se lleva pésimo con su madre, porque su madre siempre la hace trabajar, limpiar, lavar, planchar, etc. Y ella es la única mujer entre cuatro hermanos (a los hombres no le hace hacer nada). A veces ella piensa en tirarse al río más cerca. Pienso que en sí su madre es una machista y una inculta. Y vive en la nube del pedo. Pero... ¿no sería más fácil decirle antes que pensar en matarte de una forma estúpida como lo es la de tirarte en un río? En el dado caso que hubiesen padres no flexibles, o situaciones no remediables, soy de pensar que es aceptable llegar a tomar ciertas medidas como por ejemplo la típica de un adolescente en estado de ''nadie me entiende'' que consiste en amenazar con escaparse de casa si no cambian las reglas a tu favor, y efectivamente al darte cuenta de que no cambiaron, realizar tu ''fuga'', (que consiste en supuestamente ''irte de casa'' lo cual en realidad es dar un par de vueltas por quién sabe dónde, y quedarte a dormir en la casa del primer pelotudo que te aguante al menos una noche, y esto como mucho dura dos días hasta que tus papás acceden) porque siendo sinceros nadie se escapa para siempre. Pero incluso haciendo aquel mínimo acto de idiotez es un modo de demostrarle a tus viejos que necesitas un cambio en tu vida y que estás dispuesto a todo si no lo conseguís, hasta aquella pelotudez desemboca en alguna charla padre e hijos donde se evidencian los intereses de cada uno. Todo se habla, todo se soluciona, hasta las peleas tienen sus soluciones. Cuando se trata de padres e hijos es una pelea interminable, pero es lindo cuando uno llega a un equilibrio. Chicos, dejen de hablar como si supieran todo, hablen de lo que sienten o de lo que les preocupa, dejen de callarse, si se sienten solos díganlo. Los padres no son adivinos. Solo porque nosotros tendemos a pensar como suicidas y nos deprimimos la vida, no quiere decir que todos los padres tengan la obligación de distinguir tu cara de orto a la cara de ''tuve un mal día'' o a la cara de pelotudo que soles tener todo el santo día. Porque no somos el centro de atención aunque creamos que sí. El mundo no se detiene porque a vos te pase una boludez y creas que tenes una vida de mierda. La realidad es otra. La realidad se la tragan nuestros viejos, y dudo mucho que alguno de nosotros le preguntemos alguna vez a nuestros viejos sin compromiso alguno, como mierda se sentirán. Después de aquel infortunado primer beso no deseado, por supuesto si volví a hablar con Maxi, y claro que él quería seguir hablando conmigo y claramente, estando conmigo (eso incluía darme besos, y un montón de asquerosidades más a las que yo no estaba dispuesta ni tampoco preparada.) Porque esa era la respuesta a todo, yo no estaba preparada. No estaba preparada mentalmente hablando, para empezar a ver a los chicos como lo que eran, personas del sexo opuesto con las que se lleva a cabo relaciones sexuales. Claro que hablando así pareciera que somos animales. Sé que va más allá de eso. Pero cuando tenía catorce años yo todavía pensaba en cómo iba a terminar mi manga favorito. Tuve un psicólogo a los catorce. Era una mujer. No sé si era buena psicóloga, pero hizo que les tome un mal gusto a los psicólogos. Ella me preguntaba cosas que ahora mismo no recuerdo, y yo le contestaba con la verdad a mi manera. Pero no sé si eran las respuestas que yo le daba, o era que las preguntas que me hacía no sacaban mi verdadero yo. Probablemente hubiese pensado entonces que yo era una pendeja de catorce años que decía unos monosílabos por cada oración y que tenía problemas comunes con sus amigas. El verdadero problema es que yo a los catorce años me sentía desencajada. Me sentía desencajada en el colegio porque iba a un colegio público, y no le iba a decir a la psicóloga que yo odiaba mi colegio porque era público y porque estaba lleno de gente que yo llamaba negros de una forma despectiva y cruel. No quería que me dijera que era racista. No quería que me trataran o intentaran curar mi r*****o. Mi r*****o era bueno. Mi r*****o adjunto con mi narcisismo me adentraban en una burbuja, me subía a un escalón donde me ayudaba a que todo lo malo que me hacían, yo lo transgiverse y haga que me sienta mejor conmigo misma. ''Me trata mal porque es negra y me tiene envidia''. A los catorce años, todo en mi vida se debía para mí a la envidia. El hecho de que yo fuera una ridícula a los catorce y que todo el mundo se riera de mí, se debía en mi cabeza, a que todos inconscientemente me tenían envidia. Enferma. Enfermos ellos. Y enferma yo. Mi psicóloga jamás supo que yo odiaba a mi colegio y a mis compañeros porque era racista y porque no quería estar en el colegio en el que estaba porque me quedaba cerca y porque no teníamos plata. Tampoco supo que en mi casa lloraba todo el tiempo porque mi hermano se drogaba y siempre había peleas por eso (más adelante entraré en detalles con esto, si es que no me olvido) Tampoco sabía que yo no tenía amigas, que mis únicas dos amigas las conseguí en primero de secundaria, y que esas amigas me trataban mal. Tampoco supo que mis únicos amigos eran en red, que yo era una vicia por jueguitos online de internet, y que básicamente eso era el sentido de mi vida. Ella estaba preocupada en que yo y mi delineado n***o que supuestamente expresaba no se qué cosa, y que tenía que probar con hablar más de cómo me sentía con mis compañeros. Ella no sabe nada. Una inservible. No sabe que si yo hablara, escupiría. Porque mi hablar no es hablar. Mi hablar es quejarme. Y quejarme de lo que no me gusta me suponía a mí que me ganara enemigos en mi colegio, que me criticarían por creída, y que me bajarían la autoestima de un hondazo como bajan a los pájaros. Esa era mi yo a los catorce años. Mi yo a los catorce años no escribía. Mi yo a los catorce años lloraba porque tenía mucho odio y bronca todo el tiempo. Lloraba porque sus amigas se burlaban de ella. Lloraba porque no tenía otras amigas. Lloraba porque el chico que le gustaba no le daba bola y era un pendejo de primero. Lloraba porque no había dado su primer beso y todas ya tenían relaciones sexuales. Lloraba porque su hermano era drogadicto y robaba. Lloraba porque su mamá y su papá se sentían mal todo el tiempo con su hermano. Mi yo a los catorce años lloraba. Siempre. Todo el tiempo. Y no ha cambiado mucho. Mientras tanto, Alejandro se había vuelto mi mejor amigo, y como siempre me llenaba la cabeza en contra de Rita y Ludmila. Para entonces Rocío ya se había ido, Alejandro se las arreglaba para hacerme sentar con Mauricio, mientras que Rita y Ludmila querían estropear la amistad que se formaba conmigo y Mauricio. Porque claramente pensaban que ellas podían estropearlo todo. Que dos personas no podían ser amigas sin tener ningún vínculo amoroso. Y como en aquella época las conversaciones con mis amigas eran del todo desbaratadas hormonalmente, nos poníamos a fijarnos en quienes eran los más lindos del curso; entre esos Mauricio. Los más lindos del curso según Rita, Ludmila y yo eran Mauricio, Alexis y Agustín. Y este último era solo porque tenía un buen culo según mis amigas. Yo no prestaba atención en el culo de alguien porque ni siquiera había despertado en mí las ganas de ficharle el culo a alguien. Con Mauricio terminamos siendo amigos y saliendo un mes en quinto año. Con Alexis terminamos andando casi dos años después de tercer año. Es algo loco para mí porque cuando Alexis estaba en mi curso en segundo, ni me lo hubiera imaginado. Una vez Alexis me tomó de la mano sin querer y Ludmila me dijo ''hija de puta...'' por eso. Quisiera volver a hablar con ella solo para contarle que Alexis quiere estar conmigo cada tanto y que mantenemos una relación abierta hace dos años, y que no somos novios solo porque yo no quiero. Sin embargo, cuando comencé a darme con Mauricio me había dado cuenta de que tenía cero materia gris, y considerando el hecho de que yo note que alguien es un idiota (no de los idiotas malos, claro, de los buenos; de los que no hacen daño ni a una mosca, solo a ellos mismos) siendo que yo como adolescente carecía de mucho sentido común (claro ejemplo el de que te den tu primer beso, y no haya querido comer en todo ese día por lo asqueada que me sentía del toque de los labios de un chico) es porque Mauricio, en serio era un idiota. Pero idiota o no, terminé llevándome muy bien con él. Terminé saliendo con él un mes en cuarto año, pero esa es otra historia. Ahora mismo la situación estaba así; Rita y Ludmila tirándome más mierda de la que me tiraban, mientras que Alejandro me aconsejaba que las mandase por donde nacieron. Mi situación sentimental estaba definida como inconclusa con el chico de mi primer beso, ya que no lo quería ver ni en figurita, y creo que no era tanto por la situación del beso, si no por el miedo que tenía y porque yo no podía salir de mi casa sin una escusa viable. Y mis círculos sociales estaban acortándose. Demasiado diría yo. Rocío mi compañera de banco se fue, y por alguna razón agradezco a Alejandro de que me haya ayudado sentándose conmigo los primeros días, y posteriormente ayudó a que Mauricio se sentara conmigo y eventualmente nos hiciéramos amigos. Alejandro fue el vínculo para un medio. Alejandro fue el vínculo que yo necesitaba para salir de donde estaba. El poco ''amplio'' círculo social donde yo estaba metida gracias a Rita y Ludmila era una mierda. Ellas no se juntaban con nadie. No querían ni siquiera ir a lugares donde iban las grandes masas. Yo quería ir, no para ser parte de las masas, si no porque quería conocer a la masa. Uno nunca puede rechazar algo sin conocerlo. Yo quería conocer todo lo que podía del mundo. Yo quería resaltar. Yo quería...yo quería muchas cosas. Uno a veces se sorprende de lo delirante que puede ser el ser humano. En aquella época probablemente pasaba por los pasillos y no habría alguien que no estuviese riéndose de mí, era ridícula, era una imbécil, y tenía básicamente mierda en la cabeza. ¿Por qué querría ir a ridiculizarme en una plaza donde van no solo personas de mi instituto si no que también de otros? ¿Llevar la ridiculez a otro nivel? Esas cosas no las calculaba. Yo solo quería tener más amigos. De hecho los tuve. Cuando dejé de juntarme con Rita y Ludmila. Porque llegó un momento donde lo hice. Decidí despegar. Fue poco después de que ya me comenzara a sentar con Mauricio y a hablarle a Alejandro de las nimiedades más absolutas de mi vida y existencia. Alejandro, nuevamente, me vinculó con una chica que se llamaba Noelia. Ya que él se sentaba con ella, y yo con Mauricio, teníamos que juntarnos entre todos. Noelia resultó entonces algo nuevo, ella me trajo al resto. Entonces fue ahí cuando cambié. Rita y Ludmila se fueron alejando de mí poco a poco. Decían que yo las había cambiado. En parte sí. Pero no me arrepiento. Recuerdo que entre las últimas charlas que tuvimos con ellas, Rita había dicho algo como; —Ya se va a arrepentir, cuando las otras no la aguanten. No veo porque la gente piensa que puedo ser inaguantable. ¿Quién puede ser al cien por cien inaguantable? Todas personas encajan para alguien más, y todos terminan por entenderse al cabo de un tiempo. O quizás no. Quizás por eso yo no me llevaba con Rita y Ludmila aún incluso después de dos años. Aún incluso siendo parte de su pequeño grupo de amigas, yo no me sentía a gusto. Me había dado cuenta de que no solamente no me arrepentí después, si no de que también era agradable para las personas. Con el resto de las personas comencé a despegarme, y a dejar salir el humor, y otras cosas que salen cuando uno ya tiene confianza y que ni siquiera sabía que tenía. Porque yo sabía que era graciosa, pero no a nivel social. Ahora mismo no sabría decirte si en aquel momento yo carecía de confianza o la tenía en exceso. Porque si bien pienso que me faltaba confianza para ser más sociable, o para incorporar más naturalidad a mis conversaciones con las personas, para modular, para sacar temas, para mostrarme, porque finalmente de eso se trata las relaciones sociales; de mostrarse. Si a alguien no le gusta cómo te mostras ni siquiera se digna en conocerte, básicamente esto se convirtió en un problema para mí mucho mas adelante. Por otro lado no sé si tenía confianza en exceso, porque era capaz de vivir en una burbuja donde pensaba que todo estaba bien, y que podía ser lo que quisiera. Que el mundo no era cruel, y que no importaba si yo me vistiera como me vistiera, y fuera como quisiera, todos me iban a aceptar y sin juzgar. Por el contrario el mundo terminó siendo todo lo contrario conmigo, pero en aquel momento yo no lo vi. Vivía día a día haciendo caso omiso a todo y no porque quisiera, si no porque no me daba cuenta. Ingenuidad. En eso se basa todo. Dejé entonces de juntarme con aquel grupito de cuarta de amigas que yo creía que tenía. Ahora mis amigos eran Alejandro, Mauricio y Noelia. Alejandro siempre me escuchaba las cosas que tenía para contarle, y yo siempre lo escuchaba a Mauricio contarme sus cosas y sus estupideces. Me había dado cuenta con él, de que era buena escuchando y fingiendo interés, regla vital para caerle bien a alguien más. Normalmente la gente suele decir respuestas cortas, no tienen imaginación para lo que la gente desea escuchar. Se limitan a responder un ''ah, no sé qué decirte'' cuando no pueden lidiar con tus problemas. En cambio, yo era buena. Yo preguntaba cosas que hacían que desemboquen nuevas anécdotas. El mundo comenzaba a tomarme más confianza, a tal punto de confiarme cosas de delicada importancia. Cosas que después olvidaba, porque al no interesarme dejaba de retenerlo en mi memoria y pasaba a ser nada. Ese mismo año comencé a juntarme con Antonella. Una chica a la que conocí por una amiga en común, que se llamaba Carla. Ahí usé aquello de escuchar y preguntar cosas que no tenían mi interés. Después de un tiempo ya tenía un grupo de amigas que no eran del colegio, y ambas me contaban sobre todos sus amoríos. Era gracioso. Antonella tenía muchos chicos, y yo siempre decía ''quiero ser una variante de ella. Tener muchos chicos y que ninguno me importe'' después con el tiempo descubrí que eso era una mierda. Que era lo más vacío y hueco que pude desear. Y que una vez que tienes aquello, ya no puedes salir de ello. Ese mismo año Mauricio me presentó a un amigo suyo que se llamaba Gastón. Lo que fue un error en aquel momento porque Gastón era muy mujeriego para mí y yo era demasiado santa para él. Yo ni siquiera sabía besar. Él lo notó, y se burló de eso con Mauricio. Lo gracioso es que Mauricio después me tuvo tanta confianza como para contarme lo que su propio amigo decía de mí. Esa fue la primera vez que lloré por alguien. Por un chico para ser exacta. La primera vez que me destrozaron el corazón. A mí no me gustaba mucho Gastón, pero para lo que yo entendía gustar en aquel momento, si me gustaba. Y me había decepcionado mucho ver que se había burlado de cómo yo besaba. Si él hubiese sabido...si él hubiese sabido que fue el segundo beso de mi vida. Entonces no se habría burlado. 
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