La infancia de Lorenzo en los suburbios de Milán, moldeada por la rigidez y el silencio. El frío en los suburbios industriales de Milán no era meramente una condición climática que se colaba por las rendijas de las ventanas mal selladas; era una atmósfera densa, un peso moral que impregnaba los muros de piedra gris, las calles pavimentadas con adoquines perpetuamente húmedos y el aire viciado de una infancia donde el llanto estaba prohibido por decreto tácito y la ternura se consideraba un defecto estructural inadmisible. A mis treinta y cinco años, con un imperio financiero y criminal reposando sobre mis hombros, los recuerdos de aquellos primeros años siguen filtrándose en mi mente con la precisión milimétrica de una herida mal suturada. No recuerdo haber oído la palabra «te quiero» en

