Los novios fugitivos La puerta trasera de mi Ford Focus se abrió con un golpe tan violento contra el chasis que el retrovisor interior vibró como si tuviera parkinson. El aire helado y salino del muelle de los almacenes del Hudson se coló de golpe en el habitáculo, trayendo consigo un olor inconfundible: pólvora quemada, sudor frío y esa fragancia metálica y espesa de la sangre fresca que se derrama cuando las cosas escapan de todo control. —¡Mueve este maldito coche, ya! —gritó una voz masculina, un torrente de urgencia contenida con un acento apenas perceptible que rozaba la precisión quirúrgica. No me dio tiempo ni de parpadear, ni de maldecir, ni de echar mano al spray de pimienta que guardaba en la guantera junto a los recibos de gasolina. Dos bultos humanos se precipitaron al inte

