Al salir del ascensor, Malena sintió como si el aire le faltara por un segundo. Su corazón latía con una intensidad que no lograba explicar, y una extraña mezcla de nervios y curiosidad le recorría el cuerpo. Caminó unos pasos más, intentando sacudirse la sensación, pero la presencia de Ricardo seguía adherida a su pensamiento como un eco persistente.
No entendía por qué aquel encuentro breve había sido suficiente para desordenarla por dentro. No había pasado nada… y, sin embargo, todo parecía distinto.
Sacó su teléfono y revisó la hora. Iba justo, así que apresuró el paso. Mientras avanzaba por la calle, se repetía que debía concentrarse, que había ido hasta allí por sus estudios, no para distraerse con un desconocido de mirada intensa.
Horas más tarde, sentada en uno de los salones de la universidad, Malena observaba con atención al profesor cuando la puerta se abrió.
Y entonces los vio.
Ricardo entró primero, seguido de Sofía. Ambos tomaron asiento con naturalidad, como si aquel lugar les perteneciera. Cuando él levantó la mirada y la reconoció, una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Malena sintió un vuelco en el estómago.
—No puede ser… —pensó.
El murmullo de los estudiantes se apagó mientras el profesor continuaba la clase, pero para Malena nada volvió a sonar igual. El destino acababa de confirmarle que aquel encuentro no había sido casual.
Sofía, por su parte, la observó apenas unos segundos más de lo necesario, con una expresión difícil de descifrar. No era hostil… aún. Pero Malena sintió un leve escalofrío, como una advertencia silenciosa.
Mientras tomaba apuntes, una idea se le clavó en el pecho:
no solo compartían edificio… también compartirían caminos.
Y sin saberlo, Malena acababa de entrar en una historia donde el amor, los celos y el destino caminarían demasiado cerca.
El timbre anunció el final de la clase y Malena soltó el aire que llevaba conteniendo desde hacía rato. Recogió sus cosas con rapidez, intentando no mirar en dirección a Ricardo, aunque sentía su presencia como una sombra constante. No quería pensar en él. No debía.
—Oye, ¿eres nueva, verdad? —escuchó de pronto.
Malena levantó la vista y se encontró con una sonrisa sincera. La chica frente a ella tenía una energía cálida, cercana, muy distinta a la frialdad elegante de Sofía.
—Sí, acabo de llegar —respondió—. Me llamo Malena.
—Yo soy Caren —dijo ella, extendiendo la mano—. Tranquila, al principio todo es un caos. Si quieres, puedo ayudarte con los horarios, las aulas y… básicamente con sobrevivir aquí.
Malena sonrió con alivio. Agradeció esa normalidad, esa conversación simple que la devolvía a tierra.
Mientras caminaban por el pasillo, Caren le explicó el sistema de clases, los horarios, los profesores más exigentes y los edificios donde se impartían las materias. Malena escuchaba con atención, pero su mente, traicionera, volvía una y otra vez al ascensor, a la mirada de Ricardo, a la sensación inexplicable que le había provocado.
—¿Estás bien? —preguntó Caren al notar su silencio.
—Sí… solo es mucho para un primer día —respondió, intentando convencerse a sí misma.
Y ahí estaba el verdadero conflicto: Malena había viajado hasta allí con un propósito claro, con una promesa que cumplir. No tenía espacio para distracciones, ni para emociones que pudieran desviarla de su camino. Sin embargo, el destino parecía empeñado en ponerla frente a una tentación que no había pedido.
Mientras Caren hablaba, Malena entendió algo con claridad inquietante:
su mayor lucha no sería adaptarse a la universidad…
sino aprender a proteger su corazón.