CAPÍTULO 7

1527 Words
Bilogía KICKBACK Te encontraré Libro 2: ════ ♣♣♣ ════ Arlene continuó su camino, y lo primero que hizo, fue entrar en un restaurante de comida asiática. Se regañó, porque aunque el lugar estaba abarrotado de gente, el ambiente era oscuro. Pero necesitaba hacer algo primero antes de cualquier cosa.  Entró al baño para hacer una llamada telefónica. «Todo estará bien», se repitió más de un par de veces para darse valor. Marcó el número con las manos temblando. Al momento en que la persona al otro lado del aparato le contestó, las palabras salieron atropelladas de sus labios: —Prepara todo y mantente alerta, mañana te daré instrucciones. Nos vamos a América.   No recibió respuesta, solo un suspiro de alivió y luego silencio. No tenía que decir nada más, la instrucción fue clara y precisa. En ese momento se comenzaba una carrera contra reloj.  Debía actuar rápido. Decidió llamar a otro de sus contactos, para que le consiguiera dos identificaciones más, y vuelo privado a casa. Por si no lograba comunicarse con su hermano o su mejor amiga. Quería llamar también  a su hermano, por una parte sentía vergüenza, y no sabía cómo enfrentarlo. Aidan no la juzgaría, pero si le daría un sermón que estaba segura de que duraría dos veranos.  El miedo se la estaba comiendo viva, no tenía a quién recurrir en ese momento. Todo por su terquedad.  Después de colgar aquella llamada, caminó hasta el lavamanos y vio su rostro en el espejo. Lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, pero necesitaba ser fuerte en ese momento.  Respiró profundo para tratar de controlarse, se recogió el cabello en una cola de caballo algo inusual, pues aún no lo tenía tan largo como aplacar sus rebeldes rizos. Luego se lavó la cara, y salió del baño. Se sentó en la barra del restaurante y pidió una cerveza, creyó que con eso sus nervios se calmarían un poco. Cuando se sintió un poco más tranquila, salió del lugar y se dispuso a caminar de nuevo por las calles de Dublín.  Si algo había aprendido de Rowdy; quien era un paranoico de la seguridad. Era tener más de un lugar para esconderse. Por eso ella hacía lo mismo, tenía un par de sitios en la ciudad, por si las cosas se ponían un poco peliagudas.  Miró hacia el cielo, lo mejor era buscar uno de ellos, pues ya había oscurecido. Buscó la hora en su celular, para ella eran las once de la noche. En América serían alrededor de las seis de la tarde. Su amiga Jessica estaría con Ryan, su primo. Si la llamaba las cosas se podían complicar más de lo que ya estaban. Sin embargo; le envió un mensaje diciendo que volvía a casa el día siguiente a como diera lugar. Pero que no dijera nada aún. Aceleró el paso. «Solo un par de calles más, Arlene. ¡Tú puedes!», se animó. Dejó escapar un suspiro de alivio, al notar que a pocos metros estaba el viejo edificio con mini supermercado en la planta baja. Solo tenía tres pisos, miró de un lado a otro. Agradeció a Dios, porque ya faltaba un poco menos. Ni siquiera necesitó abrir la puerta de la recepción, prácticamente corrió por las escaleras.  Mientras corría como si el mismo demonio la estuviera persiguiendo hasta el último piso. Iba sacando de la mochila que llevaba de lado las llaves antes de llegar. Casi lo logra, solo casi. Cuando sintió que un gran cuerpo la presionó contra la puerta. Le tapó la boca, y con tan solo presionar un músculo sobre uno de sus hombros, supo que la oscuridad vendría rápidamente por ella.  Solo un pensamiento cruzó por su cabeza en ese momento: «Debo volver a casa», sus ojos se cerraron.   No supo cuánto tiempo pasó inconsciente. Si fueron cinco minutos, o diez horas. Lo cierto es que se despertó con un terrible dolor de cabeza, que era lo que realmente le había despertado.  El dolor era tan fuerte que la sien le palpitaba, y sentía como si tuviera el sol sobre el rostro. Eso quería decir, que la luz en el lugar era blanca y le molestaba. Muy pronto vendrían las náuseas, la migraña estaba presente. Decidió emplear todo su esfuerzo para mover la cabeza de un lado a otro. Fue cuando se dio cuenta de que estaba sobre un suave colchón. El olor a limpio inundó su nariz.  Poco a poco se animó a abrir los ojos. Solo vio un techo blanco con detalles elegantes en yeso. Respiró profundo, y se masajeó un poco la sien. «¿En dónde se supone que estoy?», se preguntó al mirar detenidamente el lugar.  No pudo evitar sentir de nuevo miedo, pues recordó en ese momento, el altercado con Lolar. Lo último que le había dicho el investigador que había contratado:       «Sé todo acerca de mis clientes». En ese momento mil cosas pasaron por su cabeza, una de ella era que fácilmente Andy Jones todo el tiempo la había engañado. Puede que también fuese un espía de su tía.  «Tal vez, esa era la razón por la cual nunca avanzaba su investigación», se dijo.  Después recordó, lo que le había dicho él mismo en aquel restaurante: «Me temo, que alguien no quiere que siga investigando este caso. El día de ayer tuve un inconveniente, que me dejó un amargo sabor». Le había mostrado el moretón en su rostro.  El dolor en su cabeza se intensificó, por no decir que sentía que le iba a explotar. No entendía nada de lo que estaba pasando. Solo sabía una cosa, debía salir del lugar.  De nuevo reunió todas sus fuerzas para levantarse, pero todavía todo le daba vueltas. Giró la cabeza y observó que en la mesita de noche había un frasco de pastillas para la migraña, con una botella de agua pequeña. De manera casual, era la que siempre utilizaba porque le eran efectivas.  Aunque tenía un poco de recelo, tomó  dos pastillas de un solo golpe. Con esa cantidad se le pasaría en cuestión de veinte minutos el dolor. Pero al tomar la botella, abrirla y beber el líquido. Casi escupe todo.  Había cometido un grave error, pues quién le garantizaba que era el medicamento correcto. Pero cuando tenía migraña, lo mejor era no dejarla avanzar. Ya que le podía durar, hasta treinta y seis horas. Todavía no le había pasado del todo el mareo, pero necesitaba usar el baño. Se sintió aliviada cuando pudo dar un paso hasta la ventana, además de ver la completa oscuridad, se enteró de que estaba en un piso alto de algún edificio. Ajustó la vista, para ver si reconocía algo. Tal vez, aún estuviera en la ciudad.  Paso a paso regresó a la cama, para sentarse a la orilla. Cuando alzó la vista, vio encima del pequeño sofá de frente a la cama. Una muda de ropa.  Quiso ver más, se tapó la boca para mantener el gemido de terror. Tomó la ropa en sus manos, jeans oscuros, una camiseta de algodón sencilla. Ropa interior, pero no cualquiera. Un culote de blonda elástica negra, y unos sujetadores media copa, a juego. Todo era de su talla, y también iba a tener que usarlo.  A tropezones fue hasta el baño, arrugó la cara cuando encendió la luz. Tuvo que parpadear dos veces. Pero aún así iba a darse una ducha, eso más las pastillas que había tomado. La ayudarían a calmar el dolor de cabeza. De nuevo sintió miedo, porque encima del tanque de agua del inodoro, estaban los productos de aseo personal que ella utilizaba. Por supuesto, antes de llegar a Irlanda. Mientras se lavaba el cabello que en ese momento era oscuro, pensó: «Espero que no sea Fiona, quien esté detrás de todo esto». Unos cuantos minutos debajo del agua tibia, y la migraña desapareció por la magia del analgésico. Cerró la llave, y a tientas tomó la toalla para secarse.  Se secó, y tomó otra toalla para el cabello, de nuevo se miró en el espejo, tenía ojeras rojas. Algo normal después que pasaba el dolor de cabeza.  Al salir del cuarto de baño, estaba distraída secando su cabello con la toalla. Cuando se paró en seco, la ropa que iba a ponerse estaba sobre la cama, y estaba segura que ella no la había cambiado de sitio. El corazón comenzó a latir a mil por hora, sentía una opresión en el pecho. Estaba a punto de conocer a quien la tenía en aquella habitación. En una situación desfavorable para ella, porque prácticamente estaba desnuda.  No pudo evitar que su cuerpo temblara de miedo, cuando sintió que no estaba sola en la habitación. Sabía que no tardaría mucho en castañear los dientes. Con tanta fuerza, que sería audible.  Se quedó inmóvil, tratando de pensar rápidamente en lo que iba hacer. Después de unos segundos que parecieron una eternidad, de manera lenta fue girándose poco a poco, la respiración quedó atorada en sus pulmones. Cuando detalló a la persona que estaba apoyada en la ventana, con las piernas cruzadas al igual que sus brazos sobre el pecho. Observándola detenidamente cada uno de sus movimientos. 
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