Comida y venganza

1938 Words
Llegué a casa casi corriendo; ya era demasiado tarde y no conseguí ningún trabajo. Al entrar, Felipe me fulminó con la mirada. —¿Dónde estabas, Alina? —preguntó con voz severa, cruzando los brazos. —Estaba buscando trabajo, se me hizo tarde —respondí, tratando de mantener la calma. —No me digas, te dije que no quiero que trabajes. Agradece que te permito ir a la escuela —replicó, su tono goteando condescendencia. Reí amargamente. —¿Que tú me permites? Soy mayor de edad, puedo hacer lo que yo quiera —dije, tratando de ocultar la rabia en mi voz. —Sin mí no serías nada. Deberías estar agradecida conmigo. Te recuerdo que te abandonaron, ni tus padres te quisieron —espetó, con dureza. —Lo sé, no tienes que recordármelo —dije, conteniendo las lágrimas que amenazaban con salir. —Parece que sí, mi amor. Entiende que todo lo hago por tu bien, Alina —dijo, suavizando su tono mientras acariciaba mi rostro. —Estoy muerta. Hasta mañana —me giré, queriendo terminar la conversación. —¿No comerás? —preguntó, visiblemente preocupado. —No —negué con la cabeza y me dirigí a mi habitación. [...] —¡Príncipe! — Grité, despertándome de repente, sudada y agitada. Me observé y noté que estaba empapada de sudor. Me levanté, sintiendo el calor pegajoso de mi piel, y tomé una toalla para secarme. Mientras pasaba la toalla por mi frente y cuello, levanté la vista y vi a Felipe. Estaba parado en la puerta, mirándome dormir con una expresión seria y preocupada. —¿Qué haces? —le pregunté, sorprendida y algo molesta. —Te escuché gritar. ¿Quién es príncipe? —inquirió, con una mezcla de curiosidad y preocupación. —No sé, tonterías de mis sueños. ¿Me permites dormir? —respondí, deseando evitar el tema. —No me gusta pelear contigo, Ally —dijo, recostándose a mi lado. —No me gusta que me controles, Felipe. Yo quiero estudiar y ser alguien —respondí, con firmeza. —Esas ideas te las mete Eliana —dijo, frunciendo el ceño. —No es así. Siempre lo he pensado. Quiero estudiar una carrera —insistí, decidida. Él rió con desdén. —Eso es ridículo, Alina. Quítate esas tonterías de la cabeza. No hay dinero, o además de mantenerte, ¿debo pagarte la carrera? —Claro que no. Yo puedo trabajar —dije, tratando de mantener la calma. —Duerme y no digas tonterías —respondió, condescendiente. —Vete, Felipe. No dormiré con un imbécil como tú —dije, dándole la espalda. El fin de semana no tardó en llegar. He estado buscando trabajo toda la semana, pero nada. Tal vez considere la propuesta de Pato, que de algo sirva ese niño rico. Hoy es sábado. Todo el día preparé comida y nos dirigimos a la plaza a venderla. Teníamos mucha competencia. —No venderemos nada, Ally. Hay mucha competencia —dijo Jaqui, preocupada. —Confía en mí, claro que venderemos todo —dije con determinación, comenzando a gritar—. ¡Lleven sus empanadas! Me percate de que el niño rico se acercaba a nosotras con un ramo de flores blancas. Patricio era realmente guapo, con su cabello rubio que brillaba bajo el sol y esos ojos en tono café que parecían siempre iluminados. Su sonrisa era constante, y hoy vestía una camisa y unos jeans que resaltaban su estilo casual pero evidentemente caro. Era fácil imaginar que, en nuestro barrio, alguien como él llamaría la atención y, sin duda, se lo comerían vivo por su aspecto y su evidente origen privilegiado. No entendía por que me perseguía. —Hola, Alina. ¿Cómo va la venta? —dijo, acercándose con una sonrisa encantadora. Jacqueline lo miró con desconfianza, pero yo intenté mantener la calma. —Horrible, a este paso nos tardaremos mucho en vender todo —admití, suspirando. —Al menos que compres algo —intervino Jacqueline, cruzándose de brazos. —Jacqui... —la regañé suavemente, sabiendo que su actitud no ayudaría. Patricio rió, mostrando su encanto natural. —Soy un hombre de negocios. ¿Qué propones? —preguntó, levantando una ceja de manera inquisitiva. Rodé los ojos, sabiendo que tenía un plan en mente. —¿Y cuál es tu propuesta? —Compro toda la comida si tú sales conmigo —dijo, sin perder su sonrisa. Jacqueline me dio un golpe en el hombro. —Dile que sí, así voy a ver a Felipe —dijo, animándome. Ella está enamoradisima de mi hermano, pero él no la presta atención. Suspiré, sabiendo que esto era solo un juego para él. —No estoy a la venta, Lucas —le respondí, usando el apodo que le había puesto. Patricio rió. —Soy Patricio, no Lucas. —Por eso, el pato Lucas —dije, sin poder evitar sonreír un poco. —Me saliste cómica, bonita. ¿Me tienes miedo? ¿Por eso no quieres salir conmigo? —provocó, acercándose un poco más. Reí, negando con la cabeza. —¿Yo, miedo a ti? —Entonces... —alzó una ceja de nuevo, esperando mi respuesta. Jacqueline me dio otro empujón, esta vez más insistente. —Está bien, solo ayudo a mi socia —dije, cediendo finalmente. —Yo puedo sola. Así tengo una excusa para ver a Felipe —dijo Jacqueline, riendo. —No cambias más —le dije, sacudiendo la cabeza con una sonrisa. Finalmente, me fui con Patricio. Su auto era un sedán de lujo de color n***o reluciente, con una carrocería impecable y líneas elegantes que reflejaban las luces de la calle. Aunque no sabía mucho de carros, podía decir que era costoso y bien cuidado. Los asientos de cuero eran suaves y acogedores, el interior olía a nuevo y tecnología avanzada. El tablero de instrumentos brillaba con pantallas digitales y botones sofisticados, y el sonido del motor era suave pero poderoso. Sentarme en ese auto me hizo sentir como si estuviera entrando en otro mundo, uno de lujo y comodidad que no conocía bien. —Mi padre es policía, por si acaso —le advertí, medio en broma, medio en serio. Patricio rió a carcajadas. —El mío es abogado. Nos subimos al auto y nos dirigimos a un lugar desconocido para mí. —¿Y qué harás con tanta comida, un banquete? —pregunté, curiosa. —Mi primo tiene una fundación. A los niños les encantará tu comida —respondió, con una sonrisa. —¿Tu primo el gruñón que casi me mata? —recordé el incidente. —Discúlpalo, tuvo un mal día —dijo, disculpándose por él. —Esa es una excusa para matar gente —rodé los ojos, aún resentida. Patricio me llevó al cine. La película estaba aburridísima. Intentó hacer la clásica técnica de fingir un bostezo para abrazarme, pero me aparté discretamente. —Fue una pésima idea. La película está aburridísima —dije, bostezando de verdad. —¿Por qué tuviste que elegir una cursilería de amor? —pregunto, rodando los ojos. —Eso le gusta a las chicas —dijo, como si fuera obvio. Reí. —Pues a mí no. Vamos a hacer algo más divertido. Sus ojos brillaron con interés. —No hablo de eso —aclaré rápidamente. —No dije nada —respondió, fingiendo inocencia. —Tu cara de baboso habla por ti —dije, riendo. —Alina, no puedo estar cinco minutos contigo sin que me insultes —dijo, sonriendo. —Acostúmbrate, Lucas. —¿Es decir que esta cita se repetirá? —preguntó, esperanzado. —Yo no dije eso —respondí, riendo. —Tampoco lo negaste —replicó, con una sonrisa de satisfacción. Salimos del cine y lo llevé a una plaza cercana donde tocaría una de mis bandas favoritas de reggaetón. La plaza estaba llena de vida y color, con luces vibrantes que iluminaban el ambiente nocturno y una multitud animada que se movía al ritmo de la música. Puestos de comida y bebida bordeaban el perímetro, llenando el aire con el olor tentador de tacos, empanadas y churros recién hechos. La banda ya estaba en el escenario, afinando sus instrumentos y preparando el espectáculo. El escenario estaba decorado con luces LED que parpadeaban al ritmo de la música de fondo, creando un ambiente electrizante. La gente se aglomeraba cerca del escenario, ansiosa por ver a la banda en acción. Los sonidos de risas, conversaciones y música se mezclaban, creando una atmósfera de celebración y energía. —Este lugar está increíble —dijo Patricio, mirando a su alrededor con una sonrisa de asombro. —Te dije que te gustaría —respondí, guiándolo hacia un lugar donde pudiéramos ver mejor. La banda comenzó a tocar, y la multitud estalló en vítores y aplausos. Los tambores retumbaban, las guitarras eléctricas vibraban, y la voz del cantante resonaba con fuerza y pasión. Las luces del escenario parpadeaban y cambiaban de color, sincronizadas con la música, creando un espectáculo visual impresionante. —Son mis amigos, tienen mucho talento —le dije a Patricio, tratando de hablar por encima del ruido. —Ya veo, son geniales —respondió, asintiendo con la cabeza al ritmo de la música. Mientras la banda tocaba, la gente a nuestro alrededor bailaba y cantaba, creando una sensación de comunidad y alegría. Las vibraciones de la música se sentían en el suelo, y el entusiasmo de la multitud era contagioso. Patricio y yo nos dejamos llevar por el ritmo, disfrutando del momento y la compañía. —Eres muy fresa para este lugar, Lucas —dije, observando su ropa cara. —Claro que no —respondió, riendo. —Si te intentan robar, di que vienes conmigo —le advertí, bromeando. Él tomó mi cintura. —O mejor lo demuestro. —Quita la mano o la pierdes —le dije, apartándome. —Qué quisquillosa, Alina. Mira al lugar que vine por ti. —Si quieres irte, ya sabes dónde está la salida —le dije, un poco molesta. —No te enojes, preciosa. Solo bromeaba. Tomé la mano de Patricio y lo guié entre la multitud hacia la primera fila para que pudiéramos escuchar mejor. Había mucha gente bailando y gritando. —Son unos amigos. Tienen mucho talento —le expliqué. —Ya veo —respondió, observando a la banda con interés. —Si no te gusta, podemos irnos —dije, preocupada. —Me encanta, Alina —dijo, sonriendo. Cuando terminó el concierto, me acerqué a los muchachos. En total, eran cuatro. Cameron, que tocaba la guitarra y cantaba; Rulo, en la batería; y Dalia, en el bajo. —Ally —me saludó Dalia, seguida por los chicos. —Felicidades, tocaron genial. Este es Lucas —dije, presentándolos. Él rió. —Soy Pato. —¿Qué haces con este fresa, Ally? —preguntó Cameron, con una sonrisa burlona. —¿Tú me dirás con quién salir? —reí. —No seas mala onda —dijo Rulo. —¿Se quedan a la fiesta? —nos preguntó Dalia. —Tenemos planes —dijo Patricio. —Solo vine a felicitarlos. Y ni una palabra de mi amigo fresa a mis hermanos —le advertí a Cameron. —Entendido, muñeca —respondió, con una sonrisa. Nos dirigimos en el auto de Patricio hacia un lugar que desconocía. Dijo que era una sorpresa. —¿Ese tal Cameron es tu novio? —preguntó, de repente. Reí. —No, nada que ver. Es muy amigo de mi hermano. ¿A dónde me llevarás? —Vamos en busca de comida y venganza. Sé que te encantará —dijo, con una sonrisa traviesa. No me imagino qué pasará por la maquiavélica cabecita de Pato.
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