Dante Beltrán:
Me desperté temprano. Anoche volví a tener pesadillas de esa horrible tarde. A pesar de que han pasado quince años, me sigue atormentando. La culpa me invade. Le prometí a mi padre que siempre cuidaría a Regina. A ella le prometí que siempre estaría para ella.
Todavía recuerdo el día que nació. Era la niña más hermosa del mundo, mi niña hermosa, con esos ojos verdes grandes, iguales a los de mi madre. Yo la nombré Regina. Durante años les pedí a mis padres un hermanito. Todavía recuerdo sus primeros pasos, sus primeras palabras, porque su primera palabra fue mi nombre. Me pregunto dónde estará, si seguirá con vida.
Quisiera decirle que mis padres ya no están, pero me tiene a mí, que no hay día que no piense en ella ni en el juramento que le hice: "Yo siempre te cuidaré, princesa, pase lo que pase".
Luego de la muerte de mi padre, mi tía Catalina se hizo cargo de mí. Yo era un niño de diez años. Ella es la hermana de mi madre, no de sangre porque mamá era adoptada, pero a pesar de eso, ella es la única familia que tengo, además de mi abuela paterna, mi tía Margarita, hermana de mi papá y mis primos.
Ellos son como mis hermanos, pero no es lo mismo. Pato tiene la edad de Regina. De hecho, de niños me pidió permiso para ser su novio. Obviamente me negué; siempre fui un hermano muy celoso.
Luego está Sabrina, una adolescente rebelde de diecisiete años y la caprichosa de la casa. También está mi tío, quien ha sido como mi padre. Me apoyo cuando escogí estudiar medicina en lugar de continuar con las empresas de la familia.
La familia tiene varios negocios, entre ellos una clínica privada que manejo. Sé que algún día será mía. También participo en varias organizaciones que ayudan a niños en la calle. Tengo la esperanza de encontrar a Regina, aunque veo esa posibilidad cada vez más lejana.
A pesar de que hoy es mi día libre, tuve una emergencia por lo cual me urgía llegar a la clínica, pero dos niñas se atravesaron en mi camino.
Habían dos chicas en el pasto: una de cabello castaño y ojos oscuros, y la segunda de cabello ondulado y ojos verdes. Algo en esos ojos verdes me recordó a Regina y me quedé momentáneamente fascinado, como si una pequeña chispa de esperanza se encendiera dentro de mí.
Sin embargo, descarte la idea de inmediato. Me suele ocurrir muy a menudo que veo a una chica parecida a mi hermana y me imagino que puede ser ella.
Detuve el carro de golpe, con el corazón acelerado. Pato bajó inmediatamente, movido por la preocupación. No tuve opción, tuve que bajar yo también, aunque mi mente seguía tratando de entender por qué esos ojos me afectaban tanto.
Pato ayudó a una de las chicas a reincorporarse y recoger una canasta con comida. Se quedaron mirándose como tontos enamorados.
—¿Estás bien, guapa? ¿Te lastimaste?— Le pregunta a la ojiverde
—No, estoy bien —contestó la chica sonriente. Miró a su amiga, quien ya estaba parada—. Jaqui, ¿estás bien?
Ella asintió, sin embargo su amiga estaba llena de rabia.
—¡Casi nos matas! —me gritó la niña de cabello ondulado y ojos verdes, con una voz que me pareció demasiado fuerte para su pequeña estatura. Algo en su atrevimiento, sumado a su estatura que apenas llegaba a mi hombro, me irritó profundamente. Era casi un metro más baja que yo, y sin embargo, no dudaba en levantar la voz.
Es una cínica. Vi perfectamente cómo esa niña se metió en mi camino. Seguro es una estafadora que quiere dinero. No es la primera vez que me ocurre.
Reí con desdén, tratando de ocultar mi confusión y la extraña fascinación que sentía.
—Tú te atravesaste, niña. El semáforo estaba en verde. ¿Quieres dinero? No tengo tiempo, tengo cosas importantes que hacer.
—Lo único que quiero es una disculpa.
—Y echaron a perder la canasta, Ally. ¿Qué hacemos? —dijo su amiga. Ella la fulminó con la mirada.
Pato sacó su chequera. Ya cayó en la trampa de estas niñas.
—No es necesario, tú no hiciste nada.
—Claro que sí, Ally. Es lo menos que puedo hacer.
—De verdad, no.
—Al menos dejen que las llevemos al hospital. De todas formas, vamos para allá. Mi primo es doctor., se llama Dante .Suban.
—Con este tipo, ni a la esquina —me fulminó con la mirada, y sentí una punzada de enojo. ¿Cómo se atrevía a hablarme así?
Me subí al auto, tratando de recomponerme.
—Están perfectas. Vamos, Pato.
Finalmente, se dejó de hacer el galán y se subió al auto. Pero esos ojos verdes seguían en mi mente, perturbándome de una manera que no podía explicar.
Notas del autor.
¿Les está gustando la novela?... Solamente subiré algunos capítulos. La verdadera actualización comenzará en una semana.