16 LA NOCHE SIN RETORNO

1115 Words
TESSA El espejo me devolvía una imagen que no reconocía. Llevaba un vestido n***o, sencillo pero que se ajustaba a mis curvas con una elegancia que me hacía sentir expuesta. Me toqué el cuello, buscando el collar que Brett me regaló en nuestro primer aniversario, pero mis dedos se detuvieron en el anillo que todavía colgaba de una cadena. Recordé las palabras de Preston: “No te pongas el anillo de Brett. Solo por una noche, intenta ser tú misma”. Con las manos temblando, me desabroché la cadena y guardé el anillo en el joyero. —Es solo una cena Tessa, solo una cena —me repetí, aunque el recuerdo de Logan llamando papá a Preston seguía retumbando en las paredes de la alcoba. Jessi llegó puntual para quedarse con el niño, me miró de arriba abajo con una sonrisa que intentaba ser alentadora, pero que solo aumentó mi ansiedad. —Estás espectacular Tess, disfruta. Te lo mereces después de dos años de estar de luto —me dijo, empujándome suavemente hacia la puerta cuando escuchamos el motor de la camioneta de Preston. Bajé los escalones del porche y lo vi. Preston no llevaba el uniforme, vestía un pantalón oscuro y una camisa gris con las mangas remangadas, revelando sus antebrazos fuertes. Se quedó inmóvil junto a la puerta abierta del copiloto, recorriéndome con una mirada tan intensa que sentí un calor repentino subir por mis mejillas. —Te ves... peligrosa, Tessa —murmuró, y su voz sonó más profunda de lo habitual—. Sube, el restaurante está a cuarenta minutos de aquí. El trayecto fue un intercambio de silencios cargados, Preston manejaba con una mano, la otra descansaba cerca de la palanca de cambios, rozando apenas la tela de mi vestido cada vez que hacía un movimiento. No hablamos de Logan, ni de la base, ni de Brett. Hablamos de música, de libros, de cosas que no tenían nada que ver con la guerra. Por un momento, olvidé que el mundo era verde oliva y gris acero. Llegamos a una pequeña cabaña convertida en restaurante, oculta entre los árboles y con luces tenues que colgaban de las vigas de madera. El vino llegó pronto, un tinto robusto que empezó a aflojar el nudo de mi pecho. —Gracias por esto, Preston —dije, bajando la mirada hacia mi copa—. Hacía mucho que no sentía que el aire no pesaba. —Te lo dije, necesitabas recordar que eres mujer antes que cualquier otra etiqueta —él se inclinó hacia adelante, invadiendo mi espacio personal—. Durante dos años te he visto cargar con el mundo sobre los hombros, ya es suficiente. —No es tan fácil soltarlo, siento que si dejo de sufrir, él dejará de existir. Preston dejó su copa y tomó mi mano sobre la mesa. Su piel estaba caliente, firme. No la retiré. La soledad es una bestia hambrienta y esa noche, yo estaba demasiado débil para luchar contra ella. —Él siempre existirá en Logan, pero tú... tú te estás consumiendo —su pulgar acarició mi nudillo, justo donde solía estar el anillo—. Te amo, Tessa. Lo sabes desde hace mucho, aunque Miller lo haya escupido como un insulto. Te amo desde que te vi entrar a esa primera fiesta de oficiales y me ha matado cada segundo tener que mantenerme al margen. El aire se volvió pesado, no era una confesión de un amigo, era la declaración de un hombre que había esperado en las sombras su momento de atacar. El vino y la luz de las velas empañaron mi juicio, lo miré a los ojos y no vi al rival de mi marido; vi al hombre que me sostuvo cuando me desmayé en el entierro, al que cargó a mi hijo en el bautizo, al que nunca me dejó sola. —Preston... no sé si puedo darte lo que buscas —susurré, aunque mi cuerpo decía lo contrario, inclinándose hacia él. —No busco nada que no quieras darme —respondió él, levantándose y rodeando la mesa. Me tomó del brazo y me ayudó a levantarme. Estábamos en un rincón apartado, protegidos por la penumbra. Me rodeó la cintura con sus manos, pegándome a su cuerpo. Podía sentir el calor de su torso, el ritmo de su respiración agitada. Levantó mi barbilla con el pulgar y me obligó a sostenerle la mirada. —Solo una noche Tessa, solo por hoy deja de ser la viuda de Dalton y sé mía. No pude responder, el hambre de ser tocada, de ser vista como algo más que un objeto de lástima estalló dentro de mí. Cerré los ojos y permití que sus labios buscaran los míos, fue un beso cargado de una urgencia salvaje, con sabor a vino y a una traición que me quemaba la lengua, sus manos bajaron por mi espalda, presionándome contra él y por un segundo, me permití perderme en esa sensación de ser deseada con furia. De pronto, la imagen de Brett sonriendo en la cabina de su F-18 cruzó mi mente como un relámpago. Me separé de Preston de un tirón, jadeando, con los labios hinchados y el corazón martilleando contra mis costillas. —¡No! ¡Dios mío, no! —exclamé, llevándome las manos a la boca—. No puedo hacer esto. —Tessa, espera... —intentó decir él, dando un paso hacia mí con los ojos oscurecidos por el deseo. —¡Llévame a casa, Preston! ¡Ahora mismo! —mi voz salió como un graznido roto. El viaje de regreso fue un calvario de silencio frio, Preston apretaba el volante hasta que sus nudillos estaban blancos y yo me encogí contra la puerta, sintiendo que el vestido me quemaba la piel. Al llegar a la casa, bajé del coche antes de que él pudiera decir una palabra y entré corriendo, cerré la puerta con llave y me apoyé contra la madera, sollozando con una fuerza que me dobló las rodillas. Caminé hacia la cómoda de la sala, donde la foto de Brett presidía el lugar. Sus ojos azules parecían atravesarme, juzgando cada centímetro de mi piel que Preston había tocado. Me derrumbé frente a la imagen, enterrando la cara en mis manos. —Me dejaste, Brett —gemí, con el sabor de Preston todavía en mis labios—. Me dejaste con una tumba llena de nada... y hoy te traicioné con el hombre que fue tu rival. Lloré hasta que no quedaron lágrimas, sintiendo que la mancha de ese beso no se iría nunca. Pero en la oscuridad, una parte de mí, la más primaria y egoísta, seguía vibrando por el contacto.
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