BRETT
El goteo del agua sobre el suelo era lo único que marcaba el paso de un tiempo que ya no sabía medir. En esa celda, enterrada bajo lo que alguna vez fue un complejo militar en las afueras de Alepo, el día y la noche eran conceptos abstractos. Estaba a oscuras, con el olor a moho y a mi propia sangre impregnado en las paredes.
Intenté mover el hombro izquierdo y un grito mudo se quedó atascado en mi garganta. La herida de bala, producto de aquel fuego aliado que me derribó, supuraba y quemaba. Cerré los ojos, luchando contra el delirio de la fiebre, y busqué la única ancla que me impedía rendirme: los ojos de Tessa.
—Aguanta, Dalton —susurré, y mi voz sonó como el crujido de hojas secas—. Solo un poco más.
El recuerdo de su rostro, la forma en que se despedía de mí en la pista de aterrizaje antes de cada misión, era lo que me mantenía los latidos del corazón rítmicos. No sabía si habían pasado meses o años, pero sentía que mi vida se estaba filtrando por las grietas del suelo.
La oportunidad llegó con el descuido de un guardia novato. Escuché el tintineo de las llaves y el chirrido de la puerta, el hombre entró con un cuenco de agua turbia, pateando mi costado para ver si seguía vivo. Me hice el muerto, conteniendo la respiración mientras mis dedos, entumecidos por el frío, buscaban la piedra afilada que había logrado desprender de la pared durante semanas.
Cuando el guardia se inclinó para agarrarme del cabello, ataqué. Fue un movimiento puramente instintivo, cargado de la furia de un hombre que se niega a ser borrado. La piedra encontró su objetivo y el hombre cayó sin un grito. Me tomó una eternidad ponerme de pie; mis piernas temblaban como las de un recién nacido y el mundo daba vueltas, pero la adrenalina me inyectó una fuerza prestada.
Le quité el arma, una vieja pistola que pesaba y sus botas. Salí de la celda arrastrándome por el pasillo en sombras, guiado por una corriente de aire fresco. Cada paso era un calvario, cada centímetro avanzado me recordaba que mi cuerpo estaba al límite, pero la imagen de Tessa me empujaba hacia adelante.
—Voy por ti, nena —murmuré, apretando los dientes para no desmayarme.
Logré salir a la superficie justo cuando el sol comenzaba a teñir de naranja el horizonte sirio. Estaba en medio de un desierto de escombros, rodeado de edificios colapsados que parecían esqueletos gigantes, no tenía brújula ni mapa, pero sabía que el oeste era mi única salvación.
Caminé durante horas, ocultándome entre las ruinas cada vez que escuchaba el ruido de un motor o disparos lejanos. Mi motor era el hambre de verla, de tocar su piel, de decirle que nunca me fui del todo. Por fin, tras lo que pareció una eternidad, divisé un campamento improvisado de la resistencia local en la periferia de una carretera destruida.
Me acerqué con las manos en alto, mostrando la placa de identificación que todavía colgaba de mi cuello, sucia y abollada. Un hombre joven con un fusil al hombro me interceptó, mirándome con una mezcla de lástima y asombro.
—Americano... —dijo él en un inglés precario—. Estás muerto, el mundo dice que tú muerto.
—No estoy muerto —respondí, cayendo de rodillas frente a él—. Necesito... necesito una radio, necesito contactar a mi base.
El hombre me ayudó a levantarme y me llevó a una tienda donde un operador de radio fumaba con parsimonia. Me permitieron usar el equipo bajo su vigilancia, mis dedos temblaban tanto que casi no podía ajustar la frecuencia de emergencia de la Base Sterling. El pulso me golpeaba en las sienes.
—Base Sterling, línea de recuperación 4-Alpha. Identifíquese —respondió una voz desde el otro lado, a miles de kilómetros de distancia.
—Aquí Capitán Brett Dalton, matrícula 77-41-09 —dije, y por primera vez sentí que las lágrimas ganaban la batalla—. Estoy vivo, repito, Dalton está vivo y necesito extracción.
Hubo un silencio del otro lado, un silencio que se prolongó hasta volverse insoportable.
—Espere, Capitán. Verificando datos... —la voz cambió. Ya no era el operador de turno. Era alguien con un tono frio que me heló la sangre—. Aquí el oficial de guardia. Capitán Dalton, su estado en el sistema aparece como KIA (Muerto en combate) desde hace catorce meses, el caso está cerrado y sellado por el Pentágono. No hay protocolos activos para usted.
—¡Me importa una mierda el sistema! —rugí, sintiendo cómo la herida de mi hombro se abría de nuevo—. ¡Estoy aquí! ¡Díganle a mi esposa que sigo vivo! ¡Hablen con el Coronel Callahan!
—Capitán, escuche —la voz del otro lado se volvió mecánica, desprovista de humanidad—. No hay registros de ninguna señal de vida en su sector, si intenta volver a usar esta frecuencia, será considerada una interferencia enemiga. Usted no existe, quédese donde está.
La línea se cortó con un chasquido, me quedé con el auricular en la mano, rodeado por el humo de la tienda y la mirada compasiva de los rebeldes. No me habían dado por muerto por error, me estaban borrando intencionalmente de la faz de la tierra.
—Catorce meses... —susurré, y la cifra me golpeó con la fuerza de un misil.
Tessa llevaba más de un año creyéndome polvo, ella estaba viviendo una vida de luto, sufriendo por un hombre que seguía respirando. La angustia de imaginarla sola, destrozada por mi ausencia, me dio una claridad brutal. Mi base me había abandonado, mis superiores me habían enterrado, pero ella seguía siendo mi norte.
—No necesito una extracción —le dije al operador de radio, poniéndome de pie con una dignidad que me devolvió la vida—. Solo necesito llegar a la costa.
No sabía quién me había borrado del mapa ni por qué, pero si mi propia gente me negaba la entrada, entraría por la fuerza. No era un héroe regresando a casa; era un fantasma que se negaba a descansar hasta recuperar lo único que el fuego no pudo quemar: a Tessa.