Minutos han pasado desde que ellos abandonaron el dormitorio. Tal vez cinco, o diez, o quince, no lo sé. Sólo sé que fueron varios. Unas cuántas vueltas de reloj y de silencio. De abrumador silencio y el resonante tic tac de las manecillas que poco a poco empiezan a desesperarme; porque éste tipo de mutismo en particular no me gusta. De alguna forma la angustia que envuelve y, oprime todo mi cuerpo me inquieta. Las palabras de Rashid tuvieron el efecto menos esperado en mí. No necesitó de un castigo físico, ni de abusos para lastimarme. La dura realidad que nunca quise ver, saliendo de su boca consiguió hacerme estragos. Un hombre que me conoce más de lo que me conozco a mí misma. Uno que se encargó de hablarme con sinceridad, frontalidad y la verdad impregnada en la voz. Un su

