*MARCO*
Una semana después…
Desde que traje a esta mujer conmigo, todo ha cambiado, incluso la propia Italia parece diferente. Mi venganza sigue en pie, pero, aunque intento ser cruel o indiferente con ella, todo me sale mal.
Cada vez que intento mantenerme distante, algo en su mirada o en su risa me desarma. La forma en que disfruta de las pequeñas cosas, como la música o la comida, me hace cuestionar mis intenciones. Me encuentro sonriendo más de lo que debería, y cada vez que trato de ser frío, ella logra romper esa barrera con su calidez.
Italia, con sus paisajes y su historia, siempre ha sido un lugar de recuerdos para mí, pero ahora, con ella a mi lado, todo parece tener un nuevo significado. Las calles que antes recorría con un propósito oscuro ahora están llenas de momentos inesperados y risas compartidas.
—¿Qué te parece este lugar? — le preguntó, señalando una pequeña trattoria que solía frecuentar.
—Es encantador, — responde ella, sus ojos brillando con entusiasmo. — Nunca había visto algo así.
Su respuesta me sorprende y me hace ver el sitio con nuevos ojos. La trattoria, con su ambiente acogedor y su comida casera, se convierte en un refugio, un sitio donde las barreras que he construido comienzan a desmoronarse.
A medida que pasan los días, me doy cuenta de que mi venganza, que antes era lo único que me impulsaba, ahora se ve eclipsada por algo más. La presencia de Sophie ha traído una luz inesperada a mi vida, y aunque intento resistirme, cada vez es más difícil ignorar lo que siento.
—¿Por qué me miras así? —preguntó ella un día, mientras caminamos por un viñedo.
—Solo estaba pensando en lo mucho que has cambiado todo, —respondió, sin poder evitar una sonrisa.
—¿Para bien o para mal? — pregunta, con una mezcla de curiosidad y preocupación.
—No lo sé, tendremos que averiguarlo — digo—. Y en ese momento, me doy cuenta de que mis planes de venganza ya no tienen el mismo peso. Sophie lo cambia todo, y aunque el camino no ha sido fácil, no puedo negar que ahora veo todo con una nueva perspectiva.
Mientras trabajaba en mi oficina, Loreta, una vieja amiga y socia en uno de mis negocios viñeros, me propuso organizar un evento para impulsar el nuevo vino que lleva su nombre. La idea me pareció excelente, ya que podría ser una gran oportunidad para dar a conocer nuestro producto y atraer a nuevos clientes.
Sin embargo, esta propuesta llevó a una serie de malentendidos. Sophie, a quien he presentado como mi esposa, aunque en realidad es un matrimonio por contrato para vengarnos de su padre, se sintió incómoda con la cercanía entre Loreta y yo.
—¿Qué demonios pretende haciendo escándalo?
Sophie y yo habíamos acordado mantener las apariencias para llevar a cabo el plan de venganza, pero la situación con Loreta complicó las cosas.
La tensión aumentó cuando Sophie me confrontó frente a mi madre, acusándome de tener sentimientos por Loreta. Intenté explicarle que mi relación con Loreta era puramente profesional y que el evento era crucial para el éxito de nuestro negocio. Sin embargo, Sophie no estaba convencida y la discusión se intensificó.
—Lo ha escuchado la suegra. —dice lloriqueando y me mira con media sonrisa—, esta mujer es un demonio.
—¿Qué pretendes?
—No quiero que me señalen como una cachuda.
—¿Te estás pasando, Sophie? —advertí.
—Hijo, es mejor que guarde distancia con Loreta, tu matrimonio es primero.
Finalmente, decidimos que lo mejor sería aclarar las cosas con Loreta y asegurarnos de que Sophie se sintiera cómoda con la situación. Loreta, al enterarse de la verdad sobre nuestro problema matrimonial, se mostró comprensiva y acordó mantener una distancia profesional durante el evento.
El evento fue un éxito rotundo. El nuevo vino de Loreta recibió excelentes críticas y logramos atraer a muchos nuevos clientes. Sophie y yo, aunque aun lidiando con nuestras diferencias, logramos mantener las apariencias.
Al llegar a casa, la confronté sobre el escándalo que había armado. Sophie, lejos de mostrarse arrepentida, reía a carcajadas, disfrutando de su impecable actuación. “¡Deberías haber visto tu cara!”, exclamaba entre risas, felicitándose a sí misma por lo bien que había fingido.
Mi molestia crecía con cada carcajada. No podía creer que se tomara la situación tan a la ligera, especialmente considerando lo delicado de nuestro acuerdo. “¿Te das cuenta del daño que podrías haber causado?”, le pregunté, tratando de mantener la calma. Pero Sophie, aun riendo, parecía no entender la gravedad del asunto.
—¿Crees que tus negocios me interesan? Te equivocaste, estoy viendo la manera de regresar a mi casa pronto.
—Pues sueña, porque de aquí no saldrás nunca. —le grité.
Finalmente, mi paciencia se agotó. Decidí que necesitaba tiempo para reflexionar sobre sus acciones y las posibles consecuencias. La encerré en la habitación, asegurándome de que tuviera todo lo necesario, pero sin permitirle salir durante dos días. “Espero que uses este tiempo para meditar en lo que has hecho”, le dije antes de cerrar la puerta.
Durante esos dos días, la casa se sintió extrañamente silenciosa. Aproveché el tiempo para reflexionar también, preguntándome si había manejado la situación de la mejor manera. Sabía que nuestro matrimonio por contrato era complicado, pero no esperaba que las emociones se mezclaran de esta forma.
Cuando finalmente abrí la puerta, Sophie estaba sentada en la cama, con una expresión más seria. “He pensado mucho en lo que pasó”, dijo, su tono más suave. “Entiendo que me excedí”.
—Cuando vuelvas a involucrarte en mis asuntos, las cosas irán peor para ti —dije, mi voz cargada de advertencia.
Sophie me miró con desafío, sus ojos brillando con una mezcla de ira y frustración. —Simplemente, déjame ir —respondió, su tono firme, pero con un matiz de súplica.
Negué con la cabeza, mi determinación inquebrantable. —Ya te dije que no, a menos que quieras a tu padre en la ruina —le recordé, sabiendo que esa era la única carta que tenía para mantenerla a mi lado.
Ella suspiró, su expresión cambiando a una mezcla de resignación y desdén.
—Siempre amenazándome —murmuró, más para sí misma que para mí.
Me acerqué, mi mirada fija en la suya. —Es la única manera en que entiendes —dije con frialdad, consciente de que nuestras interacciones siempre estaban teñidas de manipulación y control.
Sophie se quedó en silencio, su mirada perdiéndose en algún punto detrás de mí. Sabía que, a pesar de nuestras diferencias y el resentimiento mutuo, estábamos atrapados en este juego de poder y venganza. Ambos habíamos elegido este camino, y ahora debíamos enfrentarnos a las consecuencias de nuestras decisiones.
La tensión en la habitación era palpable, pero también había una extraña sensación de entendimiento. Sabíamos que, por ahora, estábamos atados por un propósito común, aunque nuestras motivaciones fueran completamente diferentes. La batalla entre nosotros continuaría, pero también lo haría nuestra alianza, frágil y compleja, hasta que uno de los dos decidiera romper el ciclo.
—Arréglate, tengo una reunión con unos socios, todos llevan a su familia —dije, mi tono autoritario, dejando claro que no aceptaría un no por respuesta.
Sophie, sentada en el borde de la cama, me miró con desdén.
—No quiero ir —respondió, su voz cargada de desafío.
Me acerqué y le tomé la quijada con firmeza, obligándola a mirarme a los ojos.
—Es una orden. Obedece —dije con frialdad, mi mirada penetrante.
Ella intentó apartar la vista, pero la mantuve fija en la mía. Podía ver la mezcla de ira y resignación en sus ojos; no obstante, también sabía que no tenía otra opción. Nuestro acuerdo, aunque basado en la traición de su padre, requería que mantuviéramos las apariencias en todo momento.
—¿Por qué insistes en hacer esto más difícil de lo que ya es? —pregunté, suavizando un poco mi tono, aunque sin soltar su quijada.
—Porque odio fingir, odio todo esto, te odio a ti… —respondió Sophie, su voz apenas un susurro—. Odio tener que pretender que todo está bien cuando no lo está.
Solté su quijada y me aparté un poco, dándole espacio para respirar.