DIFICIL DE CONTROLAR

1435 Words
*SOPHIE* A la mañana siguiente, su ausencia era evidente. Decidí desempacar, sin saber cuánto tiempo duraría la decoración de la supuesta casa. Con determinación, comencé a sacar mis cosas y a colocarlas sobre la cama. Justo en ese momento, él entró y me miró fijamente. Lo ignoré, no me importaba dónde había pasado la noche y estaba segura de que a él tampoco le importaba lo que yo hacía. —Esa ropa, la botas a la basura, vas a cambiar tu estilo de vestir —dijo con una frialdad que me heló la sangre. ¿Qué ha dicho? Me quedé paralizada por un instante, tratando de procesar sus palabras. ¿Quién se creía para decirme cómo debía vestirme? La indignación comenzó a hervir dentro de mí, pero me obligué a mantener la calma. No le daría el gusto de verme alterada. —¿Perdón? —respondí, con una voz que apenas ocultaba mi enojo—. ¿Desde cuándo decides tú sobre mi ropa? Él se acercó, su mirada dura y desafiante. —Desde ahora. Aquí se hacen las cosas a mi manera. Sentí un nudo en el estómago, pero no podía dejar que me intimidara. —No pienso cambiar mi estilo por ti —dije con firmeza—. Si no te gusta, es tu problema, no el mío. —Te di una orden, obedece. La tensión en la habitación era palpable. Sabía que este enfrentamiento era solo el comienzo de una larga batalla. Pero no estaba dispuesta a ceder. No permitiría que nadie, ni siquiera él, controlara mi vida. Mientras él se alejaba, me quedé mirando la ropa sobre la cama. Cada prenda era una parte de mí, de mi identidad. No las abandonaría tan fácilmente. Con renovada determinación, comencé a guardar mis cosas en el armario, preparándome para lo que vendría. Consideraba la complejidad del trayecto, no obstante, estaba preparada para enfrentarlo. —Señora, el señor me ha encomendado acompañarla a comprar su ropa —dijo una joven vestida con un impecable traje de oficina al entrar en la habitación. La miré con desdén, sintiendo cómo la indignación crecía dentro de mí. —¿De verdad? —respondí, mi voz cargada de sarcasmo—. ¿Y se supone que debo agradecerle por eso? La joven pareció incómoda, pero mantuvo su postura profesional. —Solo estoy cumpliendo órdenes, señora. Suspiré, tratando de mantener la calma. No era culpa de ella, pero la situación me resultaba intolerable. —Mira, no tengo intención de cambiar mi estilo de vestir solo porque él lo diga. Así que puedes decirle que no necesito su ayuda. La joven asintió, aunque su expresión mostraba que no estaba segura de cómo transmitir ese mensaje. —Entiendo, señora. Pero él fue muy claro en sus instrucciones. Me acerqué a ella, tratando de suavizar mi tono. —Lo sé, y aprecio que estés haciendo tu trabajo. Sin embargo, esto es algo que debo resolver yo misma. No necesito que nadie me diga cómo vestirme. Ella asintió de nuevo, esta vez con más comprensión. —Lo entiendo, señora. Haré lo posible por transmitirle su mensaje. La vi salir de la habitación, y me quedé sola con mis pensamientos. Volví a mis cosas, preparándome para enfrentar lo que viniera. No permitiría que nadie, ni siquiera él, dictara cómo debía vivir mi vida aquí. Él entra como un torbellino, acompañado de dos empleadas. Sin previo aviso, comienza a tomar mi ropa que está sobre la cama y a tirarla al suelo con furia. —¡Quemen toda esta ropa! —ordena a las empleadas, su voz llena de enojo. —¡No! —grito, intentando detenerlo. Pero antes de que pueda hacer algo más, él me sujeta del brazo con fuerza, su mirada llena de rabia. —Te dije que obedecieras —dice entre dientes, su voz baja pero amenazante. Siento el dolor en mi brazo, pero no me dejo intimidar. —No tienes derecho a hacer esto —respondo, tratando de mantener la calma—. Esta es mi ropa, mi vida. No puedes controlarme de esta manera. Él aprieta más su agarre, sus ojos ardiendo de ira. —Aquí se hace lo que yo digo. Y si no te gusta, te aguantas. Las empleadas miran la escena con nerviosismo, sin saber qué hacer. La tensión en la habitación es palpable, y sé que debo mantenerme firme. No puedo dejar que me manipule de esta manera. —No voy a permitir que destruyas mis cosas —digo con determinación, tratando de liberar mi brazo de su agarre—. Si tienes algún problema conmigo, lo resolveremos de otra manera. Pero no voy a ceder en esto. Él me suelta bruscamente, empujándome hacia atrás. —Haz lo que quieras, pero no esperes que esto termine bien para ti. Mientras él se aleja, las empleadas se quedan inmóviles, esperando instrucciones. Me acerco a ellas, tratando de recuperar la compostura. —Por favor, no quemen mi ropa. No tienen que seguir sus órdenes. Ellas nerviosas, visiblemente amedrentadas. —Lo sentimos, señora. Debemos obedecer, es nuestro trabajo. Me siento en la cama, tratando de calmarme. Sé que este es solo el comienzo de una larga batalla, pero no estoy dispuesta a rendirme. Con renovada determinación, ellas salen con mis cosas, y yo sin poder hacer nada. «¿Él quería a la esposa perfecta? Pues la tendrá», pensé mientras recogía mis prendas del suelo. Estaba decidida a jugar su juego, no obstante, con una diferencia: yo iba a volverlo loco. Primero, decidí que necesitaba un cambio de imagen. Me corté el cabello, algo que siempre había querido hacer, pero nunca me atreví. Accedí a la ropa nueva, prendas que reflejaban mi verdadera personalidad: fuerte, segura y decidida. Cuando él me vio, sus ojos se abrieron de par en par, pero no dijo nada. Sabía que estaba sorprendido. Luego, empecé a tomar decisiones por mi cuenta. Me inscribí en clases de pintura, algo que siempre había soñado hacer. No le pedí permiso ni su opinión. Simplemente lo hice. Cada día, encontraba nuevas maneras de desafiar sus expectativas. Organizar salidas, salir a correr. Cosas nuevas, no iba a encerrarme como él lo deseaba. Él estaba desconcertado. No entendía qué estaba pasando, pero no podía evitar sentirse atraído por esta nueva versión de mí. Yo estaba decidida a demostrarle que la esposa perfecta no era la que él había imaginado, sino una mujer segura, independiente y llena de vida. **** —¿Qué hace ella? —preguntó Marco, con una mirada fría y calculadora mientras observaba las cámaras de seguridad. —Sale a caminar y a conocer la ciudad. A veces la acompaña su madre —respondió su asistente, sin levantar la vista de su tablet. —Quiero que controles lo que habla con mi madre. No quiero que se te escape nada importante. —Sí, señor. Su asistente siempre está con ellas, no se preocupe. Marco frunció el ceño, claramente irritado. —Esa mujer es un dolor de cabeza —murmuró para sí mismo. No podía entender cómo alguien tan aparentemente dócil podía ser tan impredecible. Mientras tanto, Sophie disfrutaba de su paseo por la ciudad. Sentía la libertad en cada paso que daba, sabiendo que estaba bajo vigilancia constante. Pero eso no la detenía. Al contrario, la motivaba a ser aún más audaz. —Suegra, ¿se imagina vivir aquí? —preguntó Sophie, mirando los edificios antiguos y las calles llenas de vida. —Sería maravilloso, querida. Pero ya tienes dónde vivir —respondió su madre con una sonrisa. —Eso es cierto—dijo Sophie. Sabía que tenía que ser cuidadosa, pero también sabía que tenía el poder de cambiar su destino. De vuelta en su oficina, Marco no podía dejar de pensar en Sophie. Cada día se volvía más difícil controlarla, y eso lo frustraba. No obstante, también, en el fondo, sentía una extraña admiración por su valentía. Mientras que Sophie muy contenta del paseo, se despide de su suegra y sube a la habitación, al entrar se dio cuenta de las bolsas de diferentes marcas, llenas de prendas de vestir, las saco todas sobre la cama y analizo cada una de ellas. Muy decentes para su gusto, algunas eran de su gusto. Entra una empleada después de tener su permiso. —Vine a ayudarla a acomodar la ropa. —Gracias, haz tu trabajo, me daré un baño. — Si señora. Sophie se queda analizando cuál será su próximo paso, ya se ganó el favor de su suegra, aunque aún se mantiene al margen. No sabe qué le pasará cuando se mude a su verdadera prisión.
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