Subo la escalera del avión que nos trasladará a mi infierno, y la magnificencia del interior me deja sin aliento. Los asientos de cuero, la iluminación tenue, los detalles dorados… Es un mundo aparte. Supongo que finge ser amable para que nadie sospeche la verdad de nuestra relación. Pero yo no olvido su advertencia: un año juntos en esta farsa.
El avión ruge, y Venecia se acerca como un sueño inalcanzable. ¿Qué nos espera en esa ciudad de máscaras y canales? Solo el tiempo lo dirá. Por ahora, me aferro al reposabrazos, con el corazón en la garganta y la incertidumbre como compañera de viaje. Me muestra el avión.
Explica con claridad las diversas zonas del avión. Asiento en silencio, procesando la información.
—Gracias —respondo y camino hacia los asientos en el centro del avión. La lujosa cabina me envuelve, y me siento como una intrusa en este mundo de opulencia.
Una vez que todos han abordado y se han ubicado, abro el sobre que me entregó en el camino. El papel crujiente revela un contrato. ¿Qué más puede esperarse de esta farsa? Leo cada palabra con atención, y mi corazón se acelera.
Es un documento donde renuncio a cualquier beneficio que podría obtener como su esposa. La cláusula más destacada: su fortuna es intocable. ¿Por qué no me dio esto antes de la boda? ¿Por qué ahora?
—¿Por qué no me lo diste antes? —mi voz es un susurro, pero su mirada me atraviesa.
—Porque no es un contrato prenupcial —sentencia, sin titubear.
—¿Y qué es? —mi desafío es inevitable.
—Es un acuerdo donde tú voluntariamente renuncias a todo en caso de divorcio; lo cual sucederá en un año —se sienta en el asiento frente a mí, como un rey en su trono.
—¿Y si no quiero firmarlo? —mi voz tiembla, pero no cederé.
—Fácil, demandaré a tu padre por incumplimiento de contrato, te aseguro que harás más fácil mi venganza —su sonrisa es gélida, y el abismo se abre ante mí.
—¿De qué hablas, Marco? — consulto confundida.
—Es mi manera de protegerme de tu padre. Firma el documento. — me dice, y con toda la rabia que siento por él, toma el bolígrafo que me ofrece. Firmo sin titubear.
—Eres lo peor que me ha sucedido en la vida. — le hago saber con rabia y me pongo de pie.
—¿Dónde vas? — me pregunta mientras me alejo.
—A donde no tenga que verte — sentencio y entro a una de las habitaciones que él me ha señalado.
Cierro la puerta con llave y me siento en los asientos que hay allí dentro. No quiero verle al menos por unas cuantas horas. Es lo peor que me ha sucedido. No puedo esperar a que este año se pase rápidamente. Maldita la hora en que se cruzó en mi vida.
— Vas a hacer tu mejor actuación, de lo contrario recibirás un castigo.
Tenía otros sueños para mi vida. Soñaba con casarme con alguien que me amara sin límites, convertirme en madre, recorrer el mundo juntos. Pero no, estoy casada con alguien que me utiliza para su venganza.
Estoy sentada en uno de los asientos de esta habitación, observando cómo la ciudad se hace más pequeña a través de la ventanilla. Las nubes parecen algodón suave, y desearía poder flotar entre ellas y desaparecer.
Una vez que el avión se estabiliza, me acuesto en la cama, cerrando los ojos. Intento regresar a mi mundo imperfecto, aquel que era mejor que esta pesadilla. Me dejo llevar por la turbulencia de mis pensamientos.
Un roce en mi espalda me hace abrir los ojos. He estado dormida. Volteo para ver quién es, y allí está él, mirándome fijamente mientras sus dedos acarician mi piel.
Asustada, me siento en la cama y me recuesto contra el respaldo.
—¿Qué haces aquí? Yo había cerrado la puerta con llave. — exprese con miedo. No sé hasta dónde piensa llevar su venganza.
—Soy el dueño del avión, ¿lo olvidas? — me responde con una amplia sonrisa.
«Claro que no lo olvido» pienso, mientras mi corazón late con una mezcla de temor y desafío.
—¿Qué deseas? — inquirí, acurrucándome y encojo las piernas al cuerpo.
—No regresabas al asiento, y creí que te había sucedido algo durante el despegue. — se explica, y extrañamente, siento que es sincero.
Miro a mi alrededor, confundida. No tengo idea de cuánto tiempo me quedé dormida. —¿Qué hora es? — pregunto.
—Nos fuimos hace dos horas. — responde.
—Vaya… me he quedado dormida un buen tiempo. — comento, sintiéndome un poco avergonzada.
—Bastante. ¿Quieres algo de beber o cenar? — pregunta, y su amabilidad me desconcierta. «Esta actitud no es la que ha demostrado hasta ahora».
—¿Desde cuándo eres amable conmigo? — le pregunto, sin entender su cambio de actitud.
Él se sienta en la cama, mirándome fijamente, con esos ojos profundos que parecen descubrir todos mis secretos. —Estoy mostrándote mi lado bueno, porque si desobedeces conocerás mi lado malo. — aclara, y su voz no debería parecerme sensual, pero lo hace.
—Trataré de no provocarte — replico sin rodeos. La verdad está ahí, incómoda y dolorosa.
—Cambiemos de plática ¿Vas a querer cenar o beber algo, o no? — insiste, y es evidente que no me dará más información de la que él quiera compartir.
—Es cierto, tengo qué comer. — respondo, sintiendo el hambre que se ha acumulado durante el vuelo.
—Vamos al área principal del avión. — propone, poniéndose de pie y extendiendo su mano para ayudarme a bajar. La contradicción en su comportamiento me desconcierta. ¿Quién es realmente Marco?
Salimos de la habitación y llegamos a un área del avión con una mesa rodeada de asientos. —Pronto nos servirán la cena. — me explica mientras una de las auxiliares de vuelo se acerca con una botella de champán.
—No creo que debamos beber esto. — comento seriamente.
—¿Por qué no? — pregunta, entrecerrando los ojos.
—El champán se encuentra destinado a ocasiones específicas, y en este lugar no se encuentra ninguna celebración. — sentencio, desafiante.
—¿Acaso no es digno de celebrar que vas a Venecia? — su tono sarcástico me irrita.
—Para nada. Me estás mostrando a tu familia, pero eso no me gusta. Este matrimonio es un contrato, nada más. — mi voz es firme, y no entiendo por qué se ríe de mis palabras.
—Eres muy inteligente. Me gusta eso. — dice, sirviendo las copas de champán sin importar lo que le he dicho. —Si no te llevo con mi familia, no me creerán que me he casado contigo, espero que te sepas ganar a mi madre, quien es la que más ha sufrido por tu maldito padre. — explica, y su lógica retorcida me desconcierta.
—¿Y qué tanto te importa si te creen o no? — pregunto de manera poco amable. Mi paciencia se desgasta con cada palabra suya.
—Me importa porque, de lo contrario, no podría estar haciendo el negocio que estoy llevando a cabo con tu padre. La única razón por la cual mi padre invirtió en ese negocio y fue desechado. Ahora Edward era el padre de mi futura esposa. A ti también te conviene agradarle a mi familia porque ellos nos saben el nombre del culpable de la muerte de mi padre. — expone con firmeza, como si todo esto fuera un juego de ajedrez.
—¿O sea que debo fingir ser la esposa perfecta durante una semana? — indago, aceptando la copa de champán sin ánimo.
—Durante todas las veces que estemos en público durante este año. — sentencia con determinación.
—¿Y cuál es tu venganza si me tratas bien? — mi voz es un desafío, pero él no se inmuta. Me mira, arqueando las cejas.
—Cuando estemos solos no tengo por qué mirarte como mi esposa. — Su respuesta es evasiva, y me pregunto qué más oculta—Tú solamente preocúpate por hacer lo que yo te diga, y todo irá bien. — su tono de voz me hace querer golpearlo. Su soberbia es insoportable.
—Será el peor año de mi vida. — afirmo, sintiendo la carga de esta farsa.
—Bueno, yo la pasaré muy bien. — su sentencia triunfal me hace desear que el tiempo pase rápido.
Nunca tuve la oportunidad de convertirme en la esposa de nadie, pero esto es lo que él me está convirtiendo en una marioneta.
Venecia, una ciudad que parece tejida con hilos de ensueño. Sus canales, sus palacios antiguos y sus puentes susurran historias de siglos pasados. A pesar de la pesadilla en la que me encuentro, no puedo evitar maravillarme ante su belleza.
—¿Te puedes imaginar viviendo aquí? — me pregunta, y su voz me saca de mis pensamientos. Volteo para verlo, intentando descifrar qué es lo que realmente quiere decir con esa pregunta.