El resplandor naranja que teñía el horizonte de París no era el amanecer, sino el eco del sabotaje de Henry. En Versalles, el silencio era tan frágil que parecía que los espejos de la Galería de los Espejos estallaría en cualquier momento.
Madeleine observaba el incendio desde su balcón, con los nudillos blancos de tanto apretar la barandilla de mármol. El olor a pólvora quemada parecía haber viajado los kilómetros que separaban la capital del palacio, impregnando sus ropas de seda.
—¡Incompetentes! —el grito de la Reina no fue un alarido, sino un siseo cargado de veneno—. ¡He traído a los mejores hombres del Norte para que se dejen burlar por un estup*do niño y una insignificante ladrona!
A su espalda, el Conde Volkov permanecía impasible, aunque su mandíbula estaba tensa. El arsenal destruido significaba que sus mercenarios estaban desarmados en territorio hostil.
—Majestad, el sabotaje no fue obra de la chusma —dijo Volkov—. Fue una operación de precisión. Alguien conoce nuestras rutas.
Madeleine se giró, su rostro una máscara de odio puro.
—No solo nos están ganando la calle, nos están ganando el tiempo. Quiero que cada casa en el distrito de San Antonio sea registrada. Si encuentran a alguien con rastro de pólvora en las manos, júntelos a todos. Que París aprenda que el fuego de Henry tiene consecuencias.
Mientras la Reina se consumía en su propia bilis, en el ala norte del palacio, el Duque Alaric y la Condesa de Vaugirard se movían con la rapidez de los fantasmas. No había tiempo para protocolos. Sabían que, en cuanto Madeleine recuperara la compostura, usaría al Rey Philippe como escudo humano o, peor aún, como sacrificio.
—Está muy débil, Alaric —susurró Helena mientras ayudaba a los criados de confianza a subir al Rey, envuelto en pesadas mantas, a un carruaje sin insignias.
—Es nuestra única oportunidad —respondió el Duque, vigilando el pasillo con la mano en el pomo de su espada—. Si se queda aquí, morirá entre las llamas de la locura de su esposa. Lo llevaremos al monasterio de Saint-Denis. Allí estará seguro bajo la protección de los monjes y nuestros hombres.
El carruaje partió por la puerta de los jardines, perdiéndose en la niebla antes de que la guardia de Madeleine notara la ausencia del monarca. La pieza más importante del ajedrez había dejado el tablero, y Madeleine aún no lo sabía.
En el refugio de la resistencia, ahora reforzado por los hombres de Pierre Montague, la llegada de un grupo de jinetes con el barro de Flandes en sus capas trajo una nueva oleada de esperanza. Al frente cabalgaba el Conde Gerard de La Roche, un hombre cuya lealtad a la corona legítima era tan firme como el acero de su espada.
Gerard se desmontó y, al ver a Henry, se arrodilló con una reverencia que no se veía en París desde hacía años.
—Alteza... o debería decir, Majestad.
Henry lo ayudó a levantarse. —Gerard, amigo mío. Creí que Flandes se había olvidado de mí.
—Flandes nunca olvida a un líder justo —respondió Gerard, sacando un pergamino sellado de su jubón—. No vengo solo con mis hombres. Esta es una lista de veinte nobles del norte y del este. Han escuchado lo que hiciste en la Plaza de la Concordia, impresionante muestra de valor.
Han visto tu fuego. Están movilizando a su propia gente. Madeleine ha vendido Francia a los extranjeros, y eso es algo que la nobleza de sangre no perdonará jamás. Bajo tu bandera, Henry, la justicia tiene ahora un ejército.
Henry sintió un nudo en la garganta. Ya no era un forajido huyendo; era el centro de una tormenta que buscaba limpiar el reino.
Tras horas de estrategia y mapas, el agotamiento físico finalmente reclamó su lugar. Henry y Jeanne, cubiertos de hollín, sudor y el amargo residuo de la pólvora, se retiraron a una pequeña cámara oculta en los niveles inferiores de la curtiduría, donde Antonio había preparado un baño caliente, un lujo casi milagroso en medio de la guerra.
El vapor llenaba la habitación, suavizando las facciones endurecidas de ambos. Henry fue el primero en entrar, dejando que el agua casi hirviente le arrancara la suciedad del alma. Cuando Jeanne se unió a él, el silencio se volvió denso, cargado de una electricidad que no era política, sino humana.
Henry tomó una esponja y, con una delicadeza que contrastaba con las manos que acababan de encender una mecha, comenzó a lavar la espalda de Jeanne. Sus dedos recorrieron las cicatrices que ella llevaba, marcas de una vida de privaciones que él ahora juraba vengar.
—Jeanne... —susurró Henry, pegando su frente a la nuca de ella. El calor del agua los envolvía, creando un mundo donde solo existían sus respiraciones—. Todo esto, los nobles, las armas, el trono... no vale nada si no estás tú para verlo conmigo.
Él la giró en el agua para mirarla a los ojos. Jeanne, la mujer que se burlaba de la muerte, estaba temblando. Henry tomó su rostro entre sus manos húmedas y le recitó, con una voz que era puro sentimiento:
"No reclamo el oro, ni el mármol, ni el derecho divino, pues mi alma solo aclama el refugio de tu piel.
Si el destino es fuego y la corona es espino, prefiero ser un forajido, si tú me eres fiel."
Por primera vez en su vida, los ojos oscuros de Jeanne se inundaron. Una lágrima rodó por su mejilla, mezclándose con el agua del baño.
No era una lágrima de tristeza, sino de un terror nuevo y desgarrador: el temor a perder lo único que le había dado sentido a su existencia.
—Te amo, Henry —dijo ella, su voz quebrada—. Y eso es lo que más me asusta. Si te pasa algo... si este trono te arrebata de mi lado, yo no sabré cómo volver a ser solo una ladrona. Te has convertido en mi luz, y tengo miedo de que el sol de mañana se apague para ti.
Henry la besó, un beso que sabía a sal y a promesa, mientras fuera de esas paredes, el mundo seguía ardiendo, esperando a que el verdadero Rey reclamara su lugar.