El aire en el salón principal del pabellón se había vuelto denso, cargado con el aroma de las rosas marchitas y la inminente violencia. Jeanne había terminado de vendar la cabeza de Josephine, que seguía inconsciente pero respiraba con dificultad. Armand la observaba con una mirada de posesión, su locura girando hacia una nueva y aterradora fase. Armand se levantó y se acercó a Jeanne, su rostro, bañado por la luz vacilante de las velas, era una mezcla de deseo febril y control enfermo. —Mi Johanna... eres aún más hermosa de lo que recordaba —susurró, y sus manos se extendieron para tocar el hombro desnudo de Jeanne. La seda negra se deslizó bajo sus dedos, una caricia calculada. Jeanne sintió un escalofrío de puro asco. Cada fibra de su ser gritaba que se apartara, que lo golpeara, p

