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Cómo puede el día tener únicamente veinticuatro horas?
Mi día a día cada vez se hacia mas extenso y agotador.
Agotada. Sí, sí lo estaba y apagada.
Mis pies palpitan y sé que es culpa de estar todo el día parada detrás del mostrador. Pero no podía hacer mas nada. Era un deber laboral que exige.
Suspiro ordenando las cajas de los productos nuevos, verificando que cada unidad esté perfecta y en buen estado. Nada inusual, acostumbro hacer esto a diario, mis párpados caen de por sí y mi espalda duele mas que ayer.
¿Podía alguien pegarme un tiro?
Viva el humor n***o.
Soplo el mechón molesto que se escapa a todas horas de mi flequillo.
Como odio a ese mechón. Un día de estos lo quemo.
—¿Tienen cinta adhesiva? —oigo detrás de mí, giré, es la señora Stretched. Cliente fija del local.
Le doy una sonrisa y estiro mi delantal rojo, me percato de que está sucio y lo sacudo, la cantidad de polvo que salió de el no me lo vi venir, literal, no me lo vi venir porque me espolvoreo hasta los ojos.
¿Cuándo fue la última vez que lo lavé?
Toso un poco, el polvo todavía está en el aire y para mi desgracia soy alérgica a todo lo que se me crucen excepto las nueces. Loco, ¿no? Pero así es.
—Deberías de lavar mas seguido ese uniforme.
—Sí —digo alargando mi jadeo desanimado—. Y sí, sí tenemos cinta adhesiva.
No permito que el polvo ni la vergüenza que acabo de pasar dañen mi actitud, pero si hay algo que sí lo arruine todo y me ponga de un genio de mierda; eso es no recordar el lugar es ciertas cosas.
¿Dónde había puesto las cintas adhesivas?
Oh, no.
¿En dónde?
No entres en pánico, seguro están en la sección de papelería.
Suspiro y le doy una sonrisa nerviosa a mi cliente antes de irme al almacén.
—Ojalá que estés donde creo que estás. —me susurro preparándome para una larga búsqueda exhaustiva.
Una caja.
Dos cajas.
Y tres cajas vacías.
Nada de las cintas adhesivas.
Nunca había odiado tanto a una cinta.
¿Seguiría la señora Stretched ahí?
Lo dudo. Llevo media hora desperdiciadas.
—Diosito, te ruego porque la respuesta a eso sea negativa. —hablo con Dios muy a menudo.
Voy de regreso, mas cansada que antes, trasnocharme no fue lo mejor y ahora lo siento en mis párpados pesados. Pero lo valió.
Sonrío llegando a la recepción y no, la señora Stretched estaba ahí.
¿No tiene una familia que alimentar? ¿Una casa en donde vivir? ¿Unos pies que bien les podían servir para irse?
—Lamento mucho la espera, pero es más lamentable decirle que no encontré las cintas. —fuerzo una sonrisa apenada.
Me devuelve el gesto, y asiente.
—En la caja de allá, en el último estante. —indica un chico que ni le había visto entrar.
¿De dónde ha salido?
—¿Qué? —emito pestañeado, quizá el desvelo me ocasione visiones como las de un chico ardiente en mi tienda, porque era una visión ¿verdad?
¿Una visión luce así de bien? No es que tenga mucha experiencia con estas cosas, pero Dios mío. Cómo se los describo en una sola palabra: Ardiente, o lo que puede apreciar arde. Al menos los tatuajes que escapan de la polera oscura son sexys, rodea el indicio de su cuello y cubren su hombro derecho, allí se desvanece.
Oh, ya será que amo los tatuajes, por eso tengo dos, de hecho, he rechazado a varios chicos por no tener tatuajes, amo los tatuajes. Son como un requisito para considerar a un chico “Hot". No juego con eso. Sin tatuajes no hay nada.
Su gorra limita a su cabello caer, es lacio, y largo, oscuro. Sus lentes no me dejan ver mas allá de lo que quisiera. No importa, estoy alucinando con lo poco que veo. Sus brazos son fuertes y no exagerados. Y lo robusto de su dorso queda expuesto gracias a la polera holgada.
—En la caja de aquella esquina, en el último estante —repite creyéndome estúpida—. Y aprovechando la atención, ¿tienen discos de The Goo Goo Dolls?
¿Goo Goo Dolls?
Bueno esa no era la pregunta.
¿Cómo? ¿No es una visión? ¿Las visiones hablan?
—Querida, el chico tiene razón —exclama la señora Stretched, que al igual que el desconocido (no-visión. Repito: NO-ES-UNA-VISIÓN), apunta a dicho lugar al que recae mi mirada—. Ahí están.
Manejo mi cuerpo como un vehículo directo a estrellarse al último estante. Y sucede. Lo miro. Y a pesar de que sus lentes notaron que me mira. Nos observamos. Me pongo nerviosa. Me sonríe. Y pasa. Me caigo, no, caer no es la descripción. Estampar mi cuerpo de forma patética contra el último estante, sí, eso pasó.
Debajo de todas esas cajas que me han caído encima estoy bien, mucho mejor que estar viendo como ese chico se ríe de mí. Pero… PERO no oigo su risa. Solo oigo los zapatos de la señora Stretched rechinar contra el piso en cada paso.
—¿Estás bien, querida?
No quiero quitarme la caja de la cabeza, pero debo hacerlo.
—Sí —le sonrío—. Solo fue un resbalón. Aquí está su cinta. —le extiendo la cinta, aún con rostro preocupado la toma.
—Lo siento.
—No tiene nada por lo cual disculparse. —organizo las cajas, me levanto.
—Lamentos las molestias.
Awww… y aún me duele el trasero.
—Señora Stretched, para mí usted jamás será una molestia.
—¿Segura que estás bien?
Asiento.
—¿Cuánto? —saca su billetera.
—Ocho dólares.
Saca cuatro billetes de dos dólares y uno extra de diez, los deja encima de la repisa.
Frunzo mi ceño.
—Son solo ocho. —espero que note el billete extra.
—Esa es tu propina —me sonríe palmeando mi hombro—. Sr Frizplanck hizo un buen trabajo educándote.
Solo esa mención hace que mi animo baje, literal, mi sonrisa cae.
Mi padre.
No la ha pasado bien estos meses, ha decaído más que en los años anteriores, llevándose con él mi vida, me preocupa mucho a donde pueda terminar si continúa así. Mi padre últimamente solo le ha importado algo, y ese algo le está costando su vida y su salud. El alcohol, es increíble que le importe mas cuentas botella de alcohol tiene en su reserva que cuantos regalos de cumpleaños me han faltado.
—Bueno, muchas gracias, excelente servicio. —dice caminando a la puerta.
Trato de recomponerme, pero no es fácil.
Todo iba tan bien.
—Que tenga un genial día, señora Stretched. —digo en la espera de que la campana de la tienda suene para estar sola.
¿Cómo puede un nombre estropearme el día? Y aún peor ¿Lo iba a permitir? No. No le daría el gusto a la vida de verme mal.
—The Goo Goo Dolls. —leo la portada del álbum que está delante de mí.
¿Cómo llegó esto hasta aquí?
Detallo al grupo en la portada del álbum. Nunca le había prestado atención a este álbum.
Ahí todo conecta y funciona.
¡El chico!
—¿Los escuchas? —su voz es nueva, su vibra también lo es.
Es más suelto, más fluido que hace unos momentos.
Otea sus zapatos, unas converse negras. Buena elección. Pero si solo pudiera alzar su vista y poder ver su cara sería tan maravilloso. Quiero. Necesito verlo.
No deseo ser impertinente ni imprudente, regreso mi vista a la portada del álbum. Hago mueca. No me gusta esa banda, solo hacen canciones sobre babosadas.
—No, siéndote sincera no.
Me arrebata del álbum.
—Te lo pierdes.
—No me pierdo de mucho. —replico convencida.
—Entonces sí los has oído. —su voz se volvió dulce. Ame esa pequeña entonación melódica. De emoción.
—Algo. —encojo de hombros, y me cabrea que no tengamos contacto visual.
Detesto que no me vea.
—Ten un buen día. —se despidió sin llevarse ninguna imagen mental de mí, y claro, sin álbum de The Goo Goo Dolls.