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2105 Words
De verdad que no era mi día ¿Qué onda contigo, jueves? Ya déjame vivirte sin problemas. Ah, ya recordé porque me va tan mal, estamos a inicios de febrero. F.E.B.R.E.R.O con F de Feliz no se puede ser. Resoplo y creo que lo mejor por hacer es organizar la tienda por tercera vez, quizá ese intruso revolvió todos los discos buscando esta basura. Ugh, como detestaba este tipo de bandas. Solo hablan de estupideces. Solo hablan de cosas que ni existen. Y como supuse el estante de discos está hecho un desastre. Genial, a parte de no comprar nada desarma todo. Ese chico es un caos. Mientras organizo por género los discos me doy cuenta de que… ya están organizados, pero por banda. Los de The Queen, The Beatles, The Rolling Stone. Todos organizados. Qué raro. Muy raro. Mi mente pasa a ocuparse en algo mas, como atender mi teléfono. Y debido a la persona que llama no va a ser agradable. —Buenos días. —descuelgo mirando el álbum aún en mis manos. —Debes venir a mi trabajo hoy. Frunzo mi ceño. —¿Porqué debería? Si no quiero ir. No puedo ir. Listo. —No preguntes, solo ven ahora mismo. —No pienso... —me corta la llamada, me deja hablando sola. En momentos como estos echo de menos ser hija única. Respiro profundo, pongo en uso mis auriculares y confío en que una buena rola de Radiohead me hará feliz durante tres minutos. Ubico el álbum en su lugar y… siento ganas de oírlo, aunque sé que no me gustarán. Retiro mi delantal sucio, cojo mi bolso y patineta. Cruzo la puerta, cierro la tienda y mas que lista como Dora para la aventura. ¿Una aventura? ¿Ir al hospital en donde trabaja tu hermana se asemeja a una aventura? Ni un poquito, pero se puede ser optimista el día de hoy. Sonrío poniendo mi pie en la patineta. Veo la acera vacía, lista para que yo las divida con sus ruedas. Doy replay a End of the day de One Direction, un genial tema para disfrutar del día. No son los únicos que al saberse la canción la bailan como si fuéramos parte del videoclip, yo también pertenezco a ese 0,001% de las personas que se creen cantantes, pero no tienen talento. Pero ¡Ey! Se vale soñar despierto. Desplazo la patineta es ondas zigzagueadas, al ritmo de la canción. Me encanta tararear lo poco que me la sé, chasquear cada melodía que me hace vibrar, mover mi cuerpo junto al bajo. No pierdo el rumbo, mi playlist sigue marchando y las calles voy pasando. El hospital no queda tan lejos, para mí sí. Es un acontecimiento histórico que haya llegado tan lejos sin poder bostezar o querer regresarme. La fachada del hospital salta a mi vista y desacelero mis impulsos, bajo de la patineta, la meto en mi bolso, estoy orgullosa de que sea tan grande como para meter a un gato en el. Me quito los auriculares a la vez que pauso la playlist. Llegamos a nuestro destino. Reviso mi apariencia. Mis ojos recaen en mis zapatillas nuevas, les pongo mala cara. Son eso, nuevas. Intactas, limpias. Arruinan mi flow. ¿Por qué no opté por mis converse amarillas con dibujos? Ah, cierto, no sabía que vendría obligada al hospital. Prosigamos. Pantalones negros lindamente rasgados. Camiseta de uno de mis grupos favoritos. Es decir. Los The Beatles. El logo está un poco desgastado, pero lo amo, le da un toque vintage. ¿Vintage? ¿En serio pensé y dije Vintage? Niego, avergonzada. —Ya te pareces a Kenia. —me farfullo bajamente. Mi camisa no es Vintage, es… mediocre. Exacto. Alzo el mentón convenciéndome de ello. Soy mediocre, y eso me encanta. Soy tan mediocre que podría insultar a un guardia. Tan pero tan mediocre que… Puf, podría hasta robarme esa moto. Aguarda. ¡Que moto! ¿En dónde está el dueño? Para proponerle matrimonio. Que sortija. Yo quiero esta moto. Le silbo. Dios, le rezo. No, ya estoy exagerando. Mejor arreglemos esa oración. Dios, le rezo para que me bendiga con una así o similar. Viste, todo tiene solución. —¡Ariana! —una voz que rompe mis tímpanos. Giro despacio y realizo una sonrisa. —También me alegra verte, hermana. —Sí, sí, eso —masajea su cien, el trabajo debe de ser muy duro—. Sígueme. —Sí, mi comandanta. Obedezco. —¿Qué debo hacer? —pregunto cuando lleguemos a una sala. Nos adentramos, está desocupada. —Algo fácil: esperar aquí. —Me explicas el porqué. —tomo asiento en la primera silla que forma un círculo. —Es por tu bien. Me asusta la pizca de miedo que vibra en sus cuerdas vocales. ¿A que le teme? —Me estás preocupando, hermanita. —Espérame, volveré en cuanto termine el turno ¿Ok? —No ok, además, no lo sé, Rick. —hago mueca de no estar muy segura. —¿Rick? —Sí, él de los memes —explico, no entiende de que hablo—. Olvídalo. Una pregunta: ¿por trabajar aquí no te dan descuento en la cafetería? —Ya te traigo unos beagles. Le sonrío. —Con un expreso bien cargado. Asiente y advierte por última vez. —No salgas de aquí. Asiento sacando mi cuaderno de notas y acordes. Me reconecto con la música y dejo que mi vibra fluya. Amo esto, sentir los acordes, sonreír a cada entonación melódica de la guitarra y mover mis pies al son de la batería. Amo los solos de batería. Veo las últimas ideas en mi libreta, son un desastre. Lo vuelvo a cerrar junto a mis ojos. Estoy cansada, mi energía fue absorbida por el programa de radio de anoche. Fue épico pero agitador. La silla no es la más cómoda, pero se siente como un buen sitio para dormir o descansar. Y descanso. Dejo de pensar en que cosas tengo por hacer, en que problemas debo resolver. Dejo de pensar. Solo existo. Entonces algo toca mi cara, me hace cosquillas, me restriego el rostro y caigo en cuenta de que… no estoy sola, cuando hace muy poco lo estaba. ¿De dónde ha sacado estas personas? ¿Cuándo llegaron? ¿Porqué el chico a mi lado se ve tan bien con su ceño fruncido? ¿En serio me dormí en un hospital, peor aún en una silla? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde estoy? ¿QUIÉN SOY? Mejor dejo el drama y me desaparezco. Tomando mi libreta veo por fin lo que chocó con mi cara, una bola de papel. La arrojo al suelo y una voz me solidifica. —Vida —decía una mujer con aires de Aristóteles, en su persona, Aristótela—. La vida puede definirse como nuestro período de tiempo o duración aquí en la tierra. Desde que nacemos vamos siguiendo las fases que la sociedad nos dicta. Nacer, respirar, desarrollarse, procrear, evolucionar y morir. Pero ¿Ha tenido algún sentido estar por aquí? —pausa dramática—. Vivir es la magia que le da la razón a nuestra existencia y nos otorga la satisfacción de vibrar al lograr lo que deseamos. Lo que le da sentido a la vida es nuestro propósito en el mundo, la razón tras nuestra existencia. Y ustedes —nos inspeccionó a cada uno—, ¿conocen el propósito de su vida? Silencio épico. Sonrío por no ser la única perdida en el mundo. —Eso pensé —siguió Aristótela—. Mi nombre es Samanta, soy la psicóloga del hospital y les doy la bienvenida a mi grupo de apoyo. ¿Gru-po de A-po-yo? Mi hermana no puede es tan b***h como para hacerme esto. Oh, por supuesto que puede. Ya valí. Otra bola de papel cae en mi cara. Y ahora sé quien es él lanza porquerías. El chico que les pregunté por qué se veía tan bien con su ceño fruncido, pues retiro la pregunta, es insoportable, siquiera verse bien lo salva de serlo. ¿Porqué no me voy? ¿Porque quiero quedarme? —Buenos días. —escuché decir a la mayoría. —Mi grupo de apoyo tiene una a duración de un año. Su única actividad será un proyecto en pareja.... —la palabra pareja deshizo el enlace de su mensaje a mi receptor. Mejor llevemos nuestra mediocridad a otro lugar. —¿Tan poco aguante tienes? —me sonríe burlón, continúo guardando mis cosas en mi bolso, no le contesto—. Ariana, puedes tener intentarlo una vez en tu vida. Ahí le veo. —¿Cómo sabes mi nombre? —¿Qué haces aquí? —¿Porqué hablas como si me conocieras? —¿Y si en verdad te conozco? La voz de Aristótela, digo, ahora con respeto, la voz de Samanta se hace oír más cerca. —Deberán aprender, conocer y saber lo más que puedan sobre su compañero, además deberán ayudarse mutuamente para descubrir su propósito en este mundo, esto con la finalidad de fomentar la empatía y fortalecer lazos afectivos. —asignó Aristótela, a la chingada el respeto, nunca fue ni será lo mío. Vamos a intentarlo. Seamos audaces y tomemos a la vida por sus cojones. Sin embargo, hay algo que me obstaculiza. Contar mis problemas a los cuatro vientos, a estas nueve personas. Quebrarse en público no es ni un poco bueno para los optimistas, yo ni soy optimista, demostrémoslo. —¿No nos vamos a presentar, contar historias tristes y deprimentes para terminar llorando? —pregunto sarcástica, cruzando brazos. Mi sarcasmo es bien recibido. Samanta me sonríe. —Cada uno de ustedes está aquí por razones íntimas y privadas, no voy a atosigarlos ni obligarlos a que las cuenten, el hecho de que haber venido de forma involuntaria me es suficiente. En cuanto a sus prestaciones solo digan sus nombres el resto lo harán al finalizar el proyecto, las presentaciones serán invertidas, es decir, su compañero dará a conocer los datos recopilados en su investigación y viceversa. ¿Entendido? Me parece aceptable. Apoyo esto. —Sí. —grita el resto, yo solo asiento. El chico a mi lado carraspeo muy fuerte, repentinamente todas las miradas me apuntaban. ¿Qué? Fruncí el ceño, no entendía nada. —Tu nombre. —me susurra el tedioso chico. —Ariana. —me presento cruzando brazos. Todos se fueron presentando de acuerdo al orden en el que estaban sentados. Y la verdad no les presto tanta atención. Quiero salir de aquí, pero necesito quedarme por mi hermana. Por mi hermana, no vayan a pensar que es por el chico molesto a mi costado, Nick, creo que se llama. —¡Bien! Ahora elijan a su pareja definitiva para realizar su proyecto. —ordenó con entusiasmo, Samanta. ¿Pareja? Ya valí otra vez. No me pienso mover ni buscar pareja, si hacia el proyecto como la chica solitaria que soy es mil veces mejor que hacerlo con otro ser humano molesto. Una mano abierta en la espera de una buena estrechada se hace notar delante de mí, sigo el camino que me da esa extremidad alcanzada a conocer a quien le pertenece. Me sonríe. Frunzo mi ceño. —No. —dije secamente cruzando brazos, negándome a aceptar su mano. —¿Porqué no? —No recuerdo tu nombre. —ladeando mi cabeza, enarco una ceja, le miro mal. ¿Odiosa? A mucha honra. Me sonríe y empiezo a hacerle un examen psicológico, quizá le diagnostique algún trastorno. —Nick —menciona su patético nombre que le hacen competencia a su patética sonrisa encantadora—, alias el chico más guapo que has visto. Diagnóstico: Delirios. Me retuerzo de la risa. ¿Él? ¿El chico mas guapo? Tenía sus encantos, pero no me gusta los chicos que caen peor que la migraña. Y él era uno de esos. No veo la mas mínima posibilidad de ser siquiera su amiga. —O el loco que se fugó del manicomio. —Aún no he perdido la cabeza. —dice y se me une en eso de "reírse de lo patético". Paro de reír, no quiero compartir ni la risa con ese tipejo. —Sí, eh, Nick —digo iniciando mi discurso de “No eres tú, soy yo" pero me interrumpe. —Seremos un gran equipo. —se voltea a Samanta con una gran sonrisa. —Harán un buen trabajo. —confía Samanta. Yo sigo fría analizando lo que acaba de pasar. ¿Cuándo acepté? ¿Porqué aún sigo sin querer irme? ¿Qué tiene Nick que me intriga a quedarme?
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