Irene, Mar, Carolina, Dana, Lis y Paloma.
—Seguro que se han entretenido en la tienda de los chinos mirando las cosas —se quejó Irene al grupo.
Mar miró con una sonrisa pícara a Irene creyendo saber lo que de verdad molestaba a su amiga. Todas sabían que Irene era una compradora empedernida de las tiendas de chinos o moras, siempre que entraba en una, que podía ser a diario, salía con algún objeto, que después regalaba o pasaba a formar parte de su colección de objetos que acababan en un cajón olvidado o rincón de la casa de adorno.
—Podían haberte avisado y te hubieras parado con ellas también en el pueblo.— Le señaló Mar.
—¡Claro, a mi también me hubiera gustado comprar algunas cosas que me harán falta estos días!— Mar sonrió ampliamente cuando sus sospechas se confirmaron.
Carolina miró a ambas sonriendo ante la familiaridad que le resultaba ese escena. Esas dos siempre estaban igual, una quejándose por casi todo y la otra tomándole el pelo siempre que podía.
—¡Chicas, ¿a qué no sabéis que me ha pasado?! ¡ Por Dios que vergüenza he pasado!—
Carolina miró en dirección de donde venía la voz y vio acercarse al grupo a su amiga Dana, que quince minutos antes se habia ido en busca de un cuarto baño para hacer pis.
—¡Me he metido sin querer en el vestuario de los trabajadores del parque y había tres hombres cambiándose de ropa! —soltó al detenerse delante del grupo, con los ojos brillante de alegría y los mofletes colorados, señal de que no hacía mucho que acababa de sufrir una emoción intensa.
Carolina no pudo contenerse y soltó una carcajada al saber que su amiga no estaba para nada avergonzada, más bien parecía excitada por lo que acababa de ver en el vestuario de los operarios.
Lis miró con el ceño fruncido a Carolina por reírse de Dana. Todas sabían que la pobre tenía una pésima orientación y por culpa de ello solía meterse en muchos problemas. También se había dado cuenta que esta vez su falta de orientación la estaba disfrutando, pero solo de pensar que podía haberse visto en otro tipo de situación más desagradable, le quitaba la gracia a la situación que acababa de vivir.
—¡Vamos Lis, no me mires así, se ve perfectamente que Dana está muy feliz con lo que le ha ocurrido! —se defendió con risa Carolina.
—No es para reírse, podía haberse buscado un problema con ello. ¿Y si esos hombres la hubieran insultado o dicho cosas soeces? —la regañó.
—Gracias a Dios eso no ha pasado ¿verdad Dana?— Intervino Paloma mediando entre las dos amigas.
Dana se apresuró a contestar al ver que su pequeña aventura había puesto a dos de sus amigas en desacuerdo.
—¡No, que va, si a los pobres no le han dado tiempo ni de abrir las bocas! Solo entré por equivocación pensando que era el cuarto baño de mujeres y los vi allí en medio, en calzoncillos, poniéndose los pantalones. Dije que lo sentía y salí súper ligera de allí.—
—¡Entonces es peor de lo que pensaba, seguramente cuando se vistan te buscarán enfadados!— Soltó Lis llevándose una mano al pecho con susto y mirando alterada en dirección por donde había aparecido Dana.
Por inercia, el resto de las mujeres miraron en la misma dirección.
Lis observó atentamente el lugar con temor, en su mente la imagen de varios hombres vestidos con uniformes azules de trabajo, saldrían en cualquier momento de entre las cabañas del parque en dirección a ellas, tendrían aspecto de estar bastante enfadados. Su corazón comenzó a latir muy deprisa por el miedo.
Dana observó con curiosidad la misma dirección por la que había venido y que ahora miraban todas. En su mente apareció la imagen del joven trabajador que había pillado subiéndose los pantalones de trabajo y que había sido el primero en verla. Lo que más había llamado su atención de él había sido su cara, era un muchacho de unos veinte años bastante guapo, de pelo castaño y piel morena, lo segundo había sido su torso bien marcado, aunque para su gusto demasiado delgado, le gustaban más anchos y fuertes, lo tercero su entrepierna, marcada por unos boxes azules. Por lo que pudo observa, tamaño normalito. No es que ella tuviera mucha experiencia con los tamaños de la entrepierna de los hombres, pero si no la había sorprendido al verla ni para bien ni para mal, es que debía de ser normalita, según su opinión.
El ruido de un coche acercándose hizo que automáticamente las seis mujeres miraran hacia la izquierda, por donde efectivamente se acercaba uno, precisamente el de Esme.
—¡Por fin, ya es la hora! —exclamó Irene feliz de ver el coche.
Aunque el resto de amigas no habló, todas pensaron lo mismo y suspiraron de alivio. Con Esme y Olivia ya allí, cualquier cosa que surgiera sería resuelta sin problemas por ellas. Sin haber un acuerdo verbal, todas en su interior respetaban a Esme como la líder del grupo y a Olivia como su segunda. Ambas eran las fundadoras del CLUB DE LAS LOBAS, y a la vez se podía decir que también las salvadoras de todas ellas. El Club les había dado amistad, comprensión, algo por lo que ilusionarse cada mes cuando se reunían. Les permitía hablar de los Hombres lobos, pasión que todas compartían y fantasear con ser cada una de ella una heroína, a pesar de no cumplir con los estándar de belleza de las mujeres protagonista de los libros que leían. En definitiva, el Club le había dado color a la triste vida que habían llevado cada una de ellas antes de que Esme le propusiera unirse a su grupo de mujeres rellenitas y amantes de los hombres lobos.