Castigo

1863 Words
El salón del trono estaba en silencio. Las noticias sobre el incidente en la villa llegaron al amanecer, y el ambiente en el castillo era tenso. Trevan, el rey de las hadas permanecía de pie frente a la ventana, su mirada fija en el horizonte. La mención de "la niña maldita" había causado un revuelo entre su consejo, quienes susurraban con temor y desaprobación. ― Majestad, su hija ha asesinado a varios guardias. Su magia se manifiesta. Si no hacemos algo, la maldición podría extenderse ― comentó uno de los consejeros ― Debería ser eliminada antes de que cumpla los diez años. Todos sabemos lo que sucede cuando la magia de un hada madura por completo ― el general del ejercito apoyaba la idea de destruir la maldición antes de que fuera más grave Trevan apretó los puños, su mandíbula tensa. Había intentado ignorar a Nyxara durante años, relegándola a una villa lejana para evitar que su existencia afectara al reino. Pero ahora, su poder había comenzado a crecer, y con él, el peligro para todos. ― Si la dejamos vivir, su magia traerá el caos. No puedo permitirlo. Ordenaré su ejecución inmediata ― aceptó finalmente el Rey, su voz era firme y decidida… Ella podría ser su hija, pero tenía un deber con su reino Los consejeros asintieron, satisfechos con la decisión del rey. Para ellos, Nyxara no era más que una amenaza que debía ser erradicada. Mientras tanto, en su celda improvisada en la villa, Nyxara permanecía encorvada en un rincón, rodeada de cristales negros que drenaban su energía mágica. Las sombras, aunque débiles, aún se mantenían cerca de ella, envolviéndola como un manto protector. Ella no entendía por qué seguía viva después de todo lo que había sucedido. Sentía el peso de las miradas de los guardias, llenas de odio y desprecio. ― No quiero ser mala... no quiero que nadie más sea lastimado... ― susurraba para sí misma Pero sus súplicas internas no parecían importar. Pronto los soldados entraron en la celda con armas y herramientas diseñadas para acabar con cualquier criatura mágica. Uno de ellos, armado con una lanza bañada en hierro, se acercó lentamente. ― Esto termina ahora. El Rey ha ordenado tu ejecución ― informó el capitán Nyxara sintió un terrible hueco en el estómago, a su corta edad no entendía la situación. Se había esforzado por ser buena, pero no había importado. Mientras los soldados se acercaban con armas, el miedo se apoderó de Nyxara. Las sombras comenzaron a moverse instintivamente, aunque débiles por los cristales negros. Cuando la lanza se acercó a Nyxara, estas reaccionaron con una fuerza inesperada, bloqueando el arma y empujando al guardia hacia atrás ― ¡¿Qué es esto?! ¡Incluso con los cristales no podemos detenerla! ― gritó uno de los soldados con temor en su voz Afuera de la celda, los demás guardias se miraron entre sí, aterrados. Uno de ellos salió corriendo hacia el castillo, dispuesto a informar al rey que la niña maldita no podía ser asesinada. En los días siguientes a la decisión del rey, los intentos de ejecutar a Nyxara se volvieron constantes. La niña, debilitada por los cristales negros que la rodeaban, apenas podía mantenerse consciente, pero las sombras no la abandonaban. El siguiente intento fue brutal: un soldado intentó atravesar su corazón con una daga de hierro con cristales negros incrustados en la hoja, un material letal para cualquier criatura mágica. La daga nunca llegó a su destino. En el instante en que el arma se acercó, las sombras se materializaron como tentáculos negros, envolviendo el brazo del guardia y retorciéndolo hasta romperlo, haciendo que la daga cayera al suelo. ― ¡Esto es demoniaco! ¡No hay forma de que siga viva! ― gritó el soldado adolorido Los demás guardias observaron, aterrados, mientras las sombras regresaban al rincón donde Nyxara se encontraba acurrucada. Ella apenas levantó la cabeza, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. Realmente no quería comprenderlo, eso la llevaría a aceptar que su magia era cruel… y ella también ― No... yo no hice nada... por favor, deténganse ― trataba de defenderse ella, suplicando por una oportunidad. Pero su voz no era suficiente para calmar a los hombres, quienes ahora veían en la niña a una criatura maldita, imposible de matar. Los días siguientes, los métodos se volvieron más despiadados. Intentaron quemarla con fuego encantado, pero las llamas parecían apagarse antes de tocarla, devoradas por un abismo de oscuridad que surgía a su alrededor. Probaron encantar flechas con maldiciones antiguas, pero estas nunca encontraban su objetivo, desviadas por sombras invisibles que rodeaban a Nyxara como un escudo En su celda, Nyxara lloraba en silencio cada noche. No entendía por qué la odiaban tanto ni por qué todos querían verla muerta. Las sombras, las únicas compañeras que tenía, parecían reaccionar a su miedo y su dolor. En la oscuridad, cuando nadie miraba, se dirigía a ellas como si fueran sus únicas amigas ― ¿Por qué me protegen? No soy especial... Solo quiero que todo esto termine, por favor deténganse ― Una de las sombras se alzó, tomando la forma de una figura humana que intentó consolarla. Aunque carecía de rasgos definidos, Nyxara sintió su calidez y comenzó a acariciar la sombra, como si fuese un amigo que realmente la entendía. Sin embargo, sus momentos de consuelo eran breves. Cada día, los guardias regresaban con nuevas ideas para acabar con ella, pero nada funcionaba. Finalmente, los rumores de estos fracasos llegaron al rey. En el salón del trono, el monarca escuchó los informes con creciente desesperación. La idea de una niña tan poderosa que ni siquiera podía ser asesinada lo llenaba de temor. Los consejeros hablaban con cautela, evitando sugerir que Nyxara era algo más que una simple hada. ― Majestad, está claro que la maldición es más poderosa de lo que imaginábamos. Ningún método convencional puede detenerla ― ― Si no podemos matarla, debemos contenerla. Antes de que cumpla los diez años, su magia podría alcanzar su máximo potencial ― El rey golpeó el brazo del trono con fuerza, su rostro tenso por la frustración ― No puedo arriesgarme a que ese poder crezca. Si la muerte no es una opción, la encerraré donde nunca pueda ser una amenaza. En el bosque oscuro... lejos de todos ― Los consejeros intercambiaron miradas de preocupación. El bosque oscuro era un lugar temido incluso por las criaturas mágicas más poderosas. Sin embargo, asintieron, sabiendo que no había otra alternativa. ― Prepárenla para el traslado. Y asegúrense de que esté encadenada. Si no podemos destruirla, la convertiremos en un prisionero de su propia maldición ― ordenó el Rey Nyxara fue llevada al centro de la ciudad, debilitada por los cristales negros que rodeaban su celda y las cadenas de hierro que sujetaban sus muñecas, tobillos y cuello. Su pequeño cuerpo, de apenas nueve años, parecía aún más frágil bajo la mirada de los habitantes, quienes habían sido convocados para presenciar el castigo. A su lado, varias hadas con magia de luz recitaban hechizos para contener las sombras que siempre la protegían. Una esfera de luz pura rodeaba a Nyxara, aislándola de la oscuridad que intentaba acercarse. Las sombras golpeaban la barrera una y otra vez, desesperadas por alcanzar a la niña, pero por primera vez parecían impotentes El Rey se acercó a la pequeña niña que temblaba, y anunció a su pueblo ― Esta niña ha traído la oscuridad a nuestro reino. Su existencia misma es una amenaza para todos nosotros. Pero como su rey, he decidido actuar antes de que su poder nos consuma ― La multitud vitoreaba, como si estuviesen presenciando el mejor de los espectáculos. Nyxara, con los ojos llenos de lágrimas, miraba a su padre, incapaz de comprender por qué él le hacía esto. Aunque apenas tenía fuerzas para hablar, su voz temblorosa rompió el silencio. ― Padre... no soy mala... Por favor, me portaré bien... ―su dulce voz suplicante El rey no respondió. En sus manos sostenía una daga de hierro, un arma que quemaba a las hadas al contacto. La luz de la esfera brilló más intensamente mientras las sombras redoblaban sus esfuerzos por atravesarla. Las alas de Nyxara, antes cristalinas pero ahora teñidas de un n***o iridiscente, temblaban débilmente mientras Trevan levantaba la daga. El Rey tomo las alas de su hija. La hoja tocó la base de una de las alas, y Nyxara gritó de dolor ― ¡No! ¡Por favor, no me las quites! ¡Prometo ser buena! ― lloraba desesperada. Pero sus súplicas no sirvieron de nada. El hierro cortó lentamente, emitiendo un brillo cegador mientras la magia de Nyxara intentaba resistirse. Las sombras, furiosas, comenzaron a romper la barrera de luz, pero las hadas que las contenían reforzaron su hechizo, sudando por el esfuerzo. Finalmente, el primer ala cayó al suelo. Nyxara gritó con un dolor que no era solo físico, sino también emocional. Las alas eran una parte esencial de cualquier hada, una conexión con su magia y su identidad. Cuando Trevan cortó la segunda, la niña dejó de luchar, cayendo de rodillas, rota. Con las alas de Nyxara en el suelo, la barrera de luz comenzó a debilitarse. Las sombras, en un acto de furia, se abalanzaron sobre la esfera, rompiéndola en pedazos. Las hadas de luz cayeron al suelo, agotadas, mientras las sombras cubrían el cuerpo de Nyxara como un manto, protegiéndola del mundo exterior Por un momento, la multitud retrocedió, aterrorizada por lo que las sombras podrían hacer. Sin embargo, estas no atacaron. Se limitaron a rodear a Nyxara, murmurando como si intentaran consolarla. Debilitadas por la ausencia de las alas de Nyxara, había perdido una fuerte conexión con su magia y con sus sombras Trevan, a pesar del temor que sentía en su interior, mantuvo una expresión fría. Levantó una mano para silenciar los murmullos de la multitud y habló con voz autoritaria ― Ahora, esta criatura será encerrada en la torre del bosque oscuro. Que nadie vuelva a pronunciar su nombre. Para este reino, Nyxara está muerta ― Los guardias se acercaron con cautela, encadenando nuevamente a la niña, quien permanecía inmóvil, con la mirada perdida. Las sombras no resistieron esta vez, permitiendo que la llevaran, pero no la abandonaron del todo. En los bordes de la celda de hierro que la contenía, se movían como si esperaran una oportunidad para liberarla. Nyxara fue escoltada por un grupo de guardias armados. Los cristales negros que la rodeaban drenaban lo poco que quedaba de su energía mágica, y las cadenas de hierro quemaban su piel a cada movimiento. Aunque las sombras la seguían a distancia, no podían atravesar la barrera que los cristales generaban a su alrededor. Los habitantes del reino, al ver la procesión, se aglomeraban en los caminos para observar. Algunos susurraban palabras de miedo, otros de burla. ― Ahí va la niña maldita... Ni siquiera sus sombras pueden salvarla ahora ― ― El rey ha sido demasiado indulgente. Deberían haberla eliminado en el acto ― Nyxara mantenía la mirada baja, sus lágrimas silenciosas caían al suelo, pero no emitía sonido alguno. Había aprendido que llorar o suplicar no cambiaría nada.
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