Dos propuestas

1876 Words
El viaje al bosque oscuro duró varios días. Durante ese tiempo, los guardias apenas le daban agua y comida. Su cuerpo comenzó a debilitarse más de lo que ya estaba, y las heridas de sus hombros, donde antes estaban sus alas, no cicatrizaban debido al hierro que mantenían cerca. Una noche, mientras acampaban cerca de la entrada al bosque oscuro, Nyxara reunió las fuerzas para hablar por primera vez desde que le habían cortado las alas. ― ¿Por qué hacen esto? Yo... no pedí ser así ― preguntó con la voz quebrada Uno de los guardias, el más joven, dudó por un momento antes de responder ― Porque si no lo hacemos, todos pagaremos el precio. Eres un peligro, niña, aunque no lo entiendas ― su mirada parecía más benevolente, pero aún contenía miedo Pero antes de que pudiera continuar el capitán de la guardia, lo interrumpió ― Calla. No tienes por qué justificarte con esta criatura. Solo cumples órdenes ― Nyxara no insistió. Apretó los labios y se abrazó a sí misma, dejando que las sombras se acercaran lo suficiente para proporcionarle un leve consuelo. La torre en el bosque oscuro era un lugar que incluso los guardias temían. Antiguamente usada como prisión para criaturas mágicas peligrosas, estaba hecha casi en su totalidad de cristal n***o y reforzada con hierro y hechizos para mantener a los prisioneros debilitados. Su ubicación, en el corazón del bosque, la hacía aún más inhóspita. Cuando llegaron, los guardias no mostraron compasión alguna. La empujaron al interior de la celda más profunda, un espacio estrecho, oscuro y helado. Allí, Nyxara fue encadenada nuevamente, esta vez con grilletes de hierro que rodeaban sus muñecas, tobillos y cuello. El capitán la miró con desprecio ― Aquí te quedarás, niña maldita. Si tienes suerte, la oscuridad te devorará antes de que cumplas diez años ― La puerta se cerró con un eco metálico que resonó por toda la torre. Nyxara quedó sola, rodeada únicamente por sus sombras, que se arremolinaban alrededor de ella como si intentaran crear una barrera contra el frío y el dolor. A pesar de todo, las sombras no la abandonaron. Aunque no podían protegerla de las quemaduras del hierro ni del hambre que sentía, se movían suavemente a su alrededor, proyectando figuras en las paredes, como si intentaran distraerla. Nyxara, acurrucada en un rincón, cerró los ojos y dejó que la oscuridad la envolviera. En esos momentos de soledad absoluta, comenzó a hablar con las sombras, como si fueran sus únicas amigas. ― ¿Soy realmente malvada? ¿Por qué no me dejan desaparecer? Si soy un peligro, ¿por qué siguen protegiéndome? ― lloraba tratando de entender porque debía existir en un mundo tan cruel con aquellos que eran diferentes En la soledad de la torre, Nyxara comenzó a percibir que la oscuridad no solo era su refugio, sino también una extensión de sí misma. Aunque no podía usar su magia por completo debido al cristal n***o, su conexión con las sombras parecía fortalecerse lentamente, como si estuvieran esperando el momento adecuado para manifestarse plenamente La torre se convirtió en el mundo de Nyxara. Los días y las noches eran indistinguibles, y su única compañía eran las sombras que nunca la abandonaban. A medida que pasaban los meses, Nyxara empezó a notar algo extraño: aunque el cristal n***o y las cadenas de hierro bloqueaban su magia, las sombras parecían ignorar esas barreras cada vez más Al principio, Nyxara usaba las sombras para entretenerse, creando pequeñas figuras y formas que se movían por las paredes de la celda. Jugaba con ellas como lo haría una niña con muñecos, inventando historias para distraerse del dolor de sus heridas y la frialdad del lugar ― Tú serás la reina, y tú... tú serás el caballero que la proteja. Nadie podrá hacerte daño... el caballero siempre te protegerá… ― Pero, con el tiempo, las sombras comenzaron a actuar por su cuenta. En lugar de esperar a que Nyxara las moldeara, se movían a su alrededor, envolviéndola en un abrazo intangible cuando lloraba o creando formas para advertirle cuando algún guardia se acercaba a su celda Una noche, Nyxara sintió que las sombras intentaban comunicarse con ella. Mientras dormía, se despertó sobresaltada al escuchar un leve susurro, como el viento entre los árboles, aunque no había viento dentro de la torre ― No estás sola... ― Nyxara se sentó, con el corazón acelerado, mirando a su alrededor ― ¿Quién... quién eres? ― Las sombras no respondieron con palabras, pero una figura más grande que las demás se formó frente a ella, una silueta que parecía un guardián hecho de oscuridad pura ― Somos tú, y tú eres nosotros. No temas, pequeña reina de la noche ― Desde ese momento, Nyxara comenzó a entender que la oscuridad no solo era algo que la protegía: era una extensión de sí misma, un eco de su propia alma. Aunque su magia estaba contenida, su conexión con las sombras seguía creciendo, y empezaba a percibir su poder como algo más que una maldición. Sin embargo, esta comprensión también trajo consigo una nueva sensación: el miedo ― ¿Por qué me proteges? Todos dicen que soy malvada... ¿Es porque tú también lo eres? ― preguntaba directo a la oscuridad Las sombras no respondían, pero su presencia constante era reconfortante. En los momentos más oscuros, cuando Nyxara se sentía al borde de la desesperación, las sombras la envolvían en un abrazo cálido, recordándole que no estaba completamente sola *** Fuera del bosque oscuro, el mundo estaba sumido en un equilibrio frágil, sostenido por alianzas quebradizas y una guerra que nunca parecía terminar del todo. El conflicto principal se desarrollaba entre dos fuerzas titánicas: los vampiros, liderados por su imponente príncipe, y los hombres lobo, organizados bajo el mando estratégico del Príncipe Alfa. Ambos bandos competían por dominar no solo territorios, sino también la influencia sobre las naciones vecinas, y ahora sus ojos estaban puestos en el reino de las hadas Los vampiros habían consolidado un vasto imperio a través de la conquista. Su magia oscura les daba una ventaja que ninguna otra r**a podía igualar. Cada batalla que libraban terminaba con la caída de un reino humano, cuyas tierras y recursos se sumaban al poderío vampírico. El príncipe vampiro, conocido por su astucia y crueldad, comandaba personalmente su ejército, siendo tanto estratega como combatiente en el campo de batalla. Sus victorias eran rápidas y devastadoras, dejando un mensaje claro a quienes se resistían: la oscuridad no podía ser detenida Por otro lado, los hombres lobo no buscaban conquistar tierras, sino asegurar alianzas que los hicieran invulnerables. Su fuerza, combinada con la sabiduría de los elfos y la magia de los magos, les había permitido formar un bloque sólido capaz de desafiar a los vampiros. El Príncipe Alfa Kaelor, era un líder carismático y feroz, había ganado la confianza de sus aliados demostrando que, aunque los lobos no poseían magia propia, podían neutralizarla con cristales y conjuros diseñados específicamente para ese propósito. Sus ejércitos se movían como una sola unidad, y su presencia era suficiente para disuadir cualquier ataque El reino de las hadas, aunque pequeño en comparación, era un punto estratégico invaluable. Su magia, especialmente la de luz, era extremadamente rara y codiciada. Al ser un reino neutral, no había participado en los conflictos, pero su ubicación y sus recursos mágicos lo convertían en un objetivo atractivo para ambos bandos Los consejeros del rey Trevan sabían que el tiempo era limitado. Si no elegían un bando pronto, corrían el riesgo de ser considerados enemigos por ambos. El dilema era evidente: aliarse con los vampiros significaría aceptar la magia oscura y posiblemente poner en riesgo la seguridad mágica del reino, pero unirse a los lobos podría desencadenar la ira de un imperio que ya había demostrado su fuerza implacable. El ambiente en la corte del reino de las hadas era tenso, con el aire cargado de murmullos y especulaciones. Dos delegaciones habían llegado casi simultáneamente al palacio, cada una encabezada por figuras que exudaban poder y peligro. La llegada de los príncipes, ambos conocidos por su crueldad y ambición, sumió a la corte en una mezcla de temor y expectativa Por un lado, el príncipe vampiro, Killian, descendió de su carroza con una presencia magnética que hacía que toda la luz retrocedía ante él. Su armadura negra y sus ojos carmesí reflejaban su naturaleza depredadora, y aunque su porte era impecable, había algo en su sonrisa que hacía que hasta los más valientes sintieran escalofríos. Killian no solo era un líder militar formidable, sino también un manipulador astuto. Llegaba con una propuesta clara: una alianza que garantizaría la protección del reino de las hadas a cambio de la mano de la princesa Olyvier Por otro lado, el Príncipe Alfa, Kaelor, irradiaba una energía completamente distinta. Su fuerza física era evidente incluso en reposo, su aura inundaba el lugar compitiendo con la oscuridad de su enemigo. Su mirada dorada era penetrante, y su porte, aunque menos refinado que el de Killian, transmitía una autoridad indiscutible. A diferencia de los vampiros, los lobos no ofrecían protección inmediata; proponían una unión estratégica basada en la fuerza colectiva de sus aliados, siempre y cuando el rey Trevan aceptara que Olyvier se convirtiera en la compañera del Príncipe Kaelor Ambos príncipes fueron recibidos con toda la formalidad que la corte podía ofrecer, pero la incomodidad era palpable. La princesa Olyvier, sentada junto al rey en el trono menor, mantenía la cabeza alta, aunque sus manos temblaban ligeramente sobre su regazo. Las historias de las anteriores prometidas del príncipe Killian resonaban en su mente: mujeres que habían desaparecido, exiliadas o sometidas a destinos peores que la muerte. Aunque no lo decía en voz alta, el miedo se reflejaba en sus ojos cada vez que Killian posaba su mirada en ella. Si estaba en su poder elegir, definitivamente se quedaría con Kaelor El rey Trevan escuchó ambas propuestas con cuidado, ocultando su conflicto interno. Sabía que cualquiera de las decisiones podría llevar a la ruina. Un rechazo al príncipe vampiro podría provocar una invasión inmediata, mientras que aceptar la propuesta sería aceptar la oscuridad de los vampiros, y eso no era algo que estuviera en sus planes… Sin embargo, Kaelor no podía ofrecerles una protección inmediata La sesión de negociaciones fue larga y agotadora. Killian ofreció riquezas, tropas y acceso a su magia oscura, insinuando que con su ayuda el reino de las hadas podría convertirse en un centro de poder inigualable. Kaelor, en cambio, apeló a la fuerza y la tradición, prometiendo respeto y seguridad a cambio de su lealtad Sin embargo, ambos príncipes compartían algo en común: un interés que iba más allá de una simple alianza. El reino de las hadas no solo era valioso estratégicamente, sino también por su magia. Killian no podía evitar notar algo extraño en la atmósfera del lugar, una presencia oscura que resonaba con su propia magia. Aunque no lo expresó, su interés en las hadas no se limitaba a la princesa Olyvier; estaba seguro de que el reino ocultaba algo, los rumores eran más rápidos que la luz y sabía que solo presionando podría poner sus manos en aquella hada oscura de la que escucho
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