LA MAÑANA DESPUÉS DEL FUEGO

1311 Words
La luz del amanecer se colaba por las cortinas de la suite como un acusador silencioso. Sofía despertó con el corazón acelerado, la mente nublada, el cuerpo adolorido en lugares que no sabía que podían doler tan exquisitamente. Estaba sola. La cama de seda seguía tibia en el lado donde Adrián había estado, pero él ya se había ido. Sofía no sabía qué la molestaba más: haber despertado en un penthouse privado con la ropa esparcida por toda la habitación, o el hecho de que, por un segundo, esperaba encontrarlo ahí. Se incorporó lentamente, sintiendo cómo cada músculo protestaba. En el espejo del tocador, vio su reflejo: cabello revuelto, cuello marcado de rojo, ojos que ardían como fuego sin control. Se veía como lo que era: una mujer que había cometido un error monumental. Su teléfono rugió. Diecinueve llamadas perdidas de su hermana. Mensajes de Miranda que decían en mayúsculas: ¿DÓNDE ESTÁS? ¿ESTÁS VIVA? ¿QUÉ PASÓ CON EL TIPO GUAPO? Sofía no tenía respuesta. Lo que sí tenía era la confirmación de que toda la boda había visto a Adrián besarla como si la devorara. Sabía que Lucas los habías visto. Sabía que su hermana los había visto. Sabía que, en este momento, probablemente todo su maldito círculo social estaba cotorreando sobre el CEO oscuro y hermoso que había arrastrado a la hermana de la novia fuera de la pista de baile. Se envolvió en la bata del hotel y caminó hacia la sala. La botella de champagne seguía en la mesa, casi vacía. Sus zapatos estaban en el piso, uno cerca del sofá, otro—Dios—cerca de la ventana. Su vestido estaba hecho jirones junto al balcón. Literalmente jirones. —Maldita sea. La voz llegó desde detrás de ella. —¿No duermes? Sofía se giró tan rápido que casi se cae. Adrián estaba en la puerta de la habitación, solo con pantalones negros ajustados, sosteniendo dos tazas de café. Su pecho estaba desnudo, musculoso, marcado con los rastros de lo que ella le había hecho: arañazos, marcas de uñas, evidencia de pasión sin filtro. Sobre su cuello, un moretón que ella había dejado en un momento de locura. —Yo... —Sofía intentó ajustarse la bata—. Necesito irme. Adrián sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de alguien que sabía exactamente qué había hecho y disfrutaba cada segundo. —Toma tu café primero. —Caminó hacia ella con la confianza de quien no necesitaba permiso para invadir un espacio—. Es Lavazza. Importado. Lo menos que puedo hacer es ofrecerte un café decente después de pasar la noche desgarra... bueno, ya sabes. Sofía tomó la taza con dedos que temblaban. Fue automático. Fue defensa. Su cuerpo no sabía cómo rechazarlo. —Esto fue un error. —Las palabras salieron, pero sonaron falsas incluso para ella. —¿De verdad? —Adrián se recostó contra el bar, sorbiendo su café con los ojos clavados en ella—. Porque desde donde yo estoy parado, fue la mejor mala decisión que has tomado en una década. —No sabes nada sobre mis decisiones. —Sé que viniste a esa boda huyendo de un hombre llamado Lucas Rivera. Sé que ese hombre rompió tu corazón hace diez años y lo hizo de una forma que aún no sabes cómo cicatrizar. Y sé que, cuando te besé, durante exactamente tres minutos y cuarenta y siete segundos, olvidaste por qué tenías miedo. Sofía lo miró. Había exactitud en sus palabras. Precisión en su análisis. Como si la hubiera estado estudiando, descifrando, mapeando cada cicatriz emocional que llevaba. —¿Me estabas investigando? —Estaba observando. —Se acercó, pero se detuvo a una distancia que no le permitía tocarla, pero sí hacerle sentir su presencia—. Durante toda esa boda, vi a una mujer hermosa intentando ser invisible. Vi a un hombre que la besó como si tuviera derecho de propiedad. Vi a otro hombre que no podía apartar los ojos de ti, incluso cuando besaba a alguien más. —No es asunto tuyo. —No. No lo es. —Adrián sorbió más café—. Pero ahora tienes un problema. Lucas sabe que te besé. Tu hermana sabe que te besé. El 40% de la ciudad de alta-sociedad sabe que te besé. Y si te vas de aquí caminando como alguien que simplemente pasó una noche de sexo desenfrenado, van a asumir exactamente eso: que fue una conquista. Una más en tu lista. Sofía abrió la boca para protestar, pero él continuó. —Pero si tú y yo salimos de aquí juntos, cuidadosamente, estratégicamente, si hacemos que esto se vea como algo real, como algo más que fuego de una noche... entonces cambia todo. De repente, no eres la mujer que se acostó con un tipo en una boda. Eres la mujer que encontró algo. —¿Esto es un juego para ti? —Sí. —No vaciló—. Pero es un juego donde ambos ganamos. Sofía dejó la taza en la mesa. Tenía las manos demasiado inestables para sostenerla. —¿Por qué? ¿Por qué haces esto? ¿Quién eres realmente? Adrián caminó hacia el balcón. La ciudad de abajo pulsaba con vida, todavía despertándose. La lluvia de la noche anterior había dejado todo limpio, mojado, nuevo. —Soy alguien que también está huyendo. —Su voz fue diferente. Más baja. Más verdadera—. Soy alguien cuyo nombre viene con demasiado peso, demasiadas expectativas, demasiados secretos. Y cuando te vi anoche, cuando vi a una mujer que estaba ardiendo desde adentro hacia afuera... Se giró hacia ella. —Reconocí mi propio fuego. Sofía sintió que algo se movía dentro de su pecho. Algo peligroso. Algo que sabía que la consumiría si lo dejaba. —No puedo hacer esto. No puedo arriesgar mi corazón nuevamente. —No te estoy pidiendo tu corazón. —Adrián se acercó, una mano se extendió, sus dedos encontraron su barbilla, levantó su rostro—. Todavía no. Primero, permíteme quemarte de otras formas. Permíteme ser la distracción que necesitas. Permíteme ser la razón por la que Lucas Rivera pasará las próximas semanas preguntándose qué me estas dando a mí que nunca le diste a él. El beso vino sin advertencia. Sus labios encontraron los de ella, urgentes, hambrientos, como si el café y la madrugada no hubieran sido suficientes. Sofía quiso resistirse. Su mente gritaba que lo hiciera. Pero su cuerpo ya había tomado una decisión. Se encontró presionándose contra él, sus manos viajaron por su pecho desnudo, reconociendo las texturas que había aprendido en la oscuridad. Cuando se separaron, ambos respiraban acelerado. —Tu hermana te llamará en quince minutos. —Adrián hablaba contra su boca—. Dile que estás bien. Dile que estoy contigo. Dile que nos vemos en la cena esta noche. —¿Cena? —Necesito presentarte adecuadamente. No como la conquista de una noche, sino como la mujer que estoy decidiendo que sea mía. —sus ojos grises la taladran—. ¿Puedes hacer eso? Sofía sabía que debería decir no. Sabía que esto era fuego puro, el tipo de fuego que consume casas enteras y deja solo cenizas, pero cuando lo miraba, cuando sentía el latido de su corazón contra su pecho, cuando reconocía en sus ojos la misma desesperación que ella sentía... —¿Y si me quemo completamente? —Entonces arderemos juntos. —sonrió, y fue sincero—. Y créeme, hermosa, algunos incendios merecen la pena. Cuando su teléfono sonó quince minutos después, Sofía respondió la llamada de su hermana. Sí, estaba bien. Sí, estaba con Adrián. Sí, lo vería esta noche. Con cada palabra, sabía exactamente qué estaba haciendo: cruzando una línea que no tenía retorno. Y por primera vez en diez años, no le importaba si se quemaba en el intento.
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