LA CONFESIÓN DEL PELIGRO

1274 Words
La penthouse de Adrián se sentía diferente ahora. Las luces de la ciudad que antes parecían románticas ahora eran acusadoras, iluminando cada sombra, cada mentira cuidadosamente construida. Sofía estaba de pie bajo la ducha con el agua tan caliente que apenas podía respirar, intentando lavar la sensación de su cuerpo. Todo era mentira. O nada lo era. Esa era la parte que la quemaba desde adentro: no sabía qué era peor. Cuando salió envuelta en una bata de seda blanca, encontró a Adrián en la sala, de espaldas a ella, mirando la ciudad como si quisiera quemarla. Llevaba los pantalones negros ajustados y nada más. Su espalda estaba tensa, los músculos contraídos bajo su piel bronceada. —Hace tres horas que estamos aquí y no hemos hablado —dijo él sin girarse—. Llevo tres horas imaginando exactamente todas las formas en que me odias en tu mente. Sofía no respondió. Simplemente lo miró, intentando reconciliar al hombre que le había hecho el amor como si fuera la última noche en la tierra, con el hombre que había guardado un secreto que cambiaría todo. —¿Quieres saber lo peor? —continuó Adrián, finalmente girándose para encontrarla con esos ojos grises que parecían haber envejecido una década en las últimas horas—. Que si pudiera borrar lo que hizo mi padre, si pudiera deshacer una década de dolor, lo haría en un segundo. Pero no puedo. Así que en su lugar, he estado aquí, contigo, intentando ser alguien diferente. —¿Y quién eres exactamente? —preguntó Sofía, su voz temblaba a pesar de su intención de sonar fuerte—. ¿Eres el hombre que me besó en la lluvia? ¿O eres el hombre que ha estado jugando conmigo desde hace días? —He estado obsesionado contigo desde hace años —dijo él, y su voz fue tan baja que ella apenas lo escuchó—. Desde que vi tu nombre en un artículo hace tres años. Desde que descubrí que eras la hija de Alfonso Torres. Desde que comprendí que habías superado el infierno que mi padre te dejó. Sofía sintió que algo en su pecho se contraía. —¿Y tu madre...? —Mi madre investigó. Ella es así. Cuando descubre algo, lo persigue hasta el final. Me mostró artículos sobre ti, Sofía. Vi fotos de tu compañía de moda. Te vi reconstruyendo tu vida desde cero. Y pensé... —Se detuvo, pasándose una mano por el cabello—. Pensé que eras increíble. —No quiero tu admiración —susurró ella—. Quiero la verdad. —La verdad es que el primer momento en que tu mano tocó la mía en esa barra, olvidé todo lo que había planeado. Olvidé los años de investigación, los cálculos, la estrategia. Eras solo tú, ardiendo desde adentro hacia afuera, y necesitaba conocerte. Necesitaba tocarte. Necesitaba probar que eras real. Sofía caminó hacia la ventana. El alcohol en su sangre se había evaporado hacía horas, dejándola completamente clara, completamente consciente de lo que estaba sucediendo. Se estaba enamorando del hijo del hombre que mató a su padre. No. Ya se había enamorado. —Mi teléfono —dijo de repente, girándose hacia él—. Revisaste mi teléfono. Encontraste a Miranda. Ella es la que te dijo sobre mi padre. Adrián no negó. —Necesitaba saber todo sobre ti. Y cuando conecté los puntos, cuando vi tu apellido conectado al de tu padre, casi te pierdo en ese momento. Casi te dejo ir. —¿Entonces por qué no lo hiciste? —preguntó—. ¿Por qué viniste a la cena? ¿Por qué me tocaste sabiendo la verdad? —Porque no podía dejarme perderte. —Adrián redujo el espacio entre ellos en tres zancadas, su movimiento fue tan rápido que ella apenas tuvo tiempo de respirar—. Porque cuando descubrí quién eras, lo único que sabía era que no podía perderte. Que todo lo que había estado haciendo estos años significaba nada si tú no estabas aquí. —¿Y qué habías estado haciendo exactamente? La pregunta colgó entre ellos como un cuchillo. Adrián abrió la boca para responder, pero su teléfono sonó. Una y otra vez. Su mandíbula se apretó. Contestó sin revisar quién llamaba. —¿Sí? —su voz cambió. Se volvió más fría, más controlada—. ¿Qué pasó? —hizo una pausa—. ¿Dónde estás ahora? —Su expresión se endureció como el acero—. Entiendo. Voy para allá. Colgó y ya estaba buscando su camisa. —¿Quién era? —preguntó Sofía, aunque algo en su instinto ya sabía que la calma estaba a punto de romperse. —Lucas. —el nombre salió de su boca como veneno—. Fue a la casa de mi madre. La amenazó. Le dijo que si ella no ayuda a destruirme, él se asegurará de que pague como cómplice en los secretos que guardo. Sofía sintió que toda la sangre abandonaba su rostro. —¿Cuáles secretos? Adrián la miró, y en ese instante, ella vio la guerra completa que se libraba dentro de él. Un hombre que estaba a punto de perderlo todo, pero que estaba más preocupado por proteger a la mujer que amaba. —Secretos sobre tu padre, Sofía. —Su voz fue tan baja que casi no lo escuchó—. Secretos que Lucas guardó durante años. Secretos que lo incriminan completamente. El teléfono de Sofía sonó. Un número desconocido. Cuando contestó, escuchó la voz de Miranda, jadeante, asustada. —¿Dónde estás? Lucas está aquí. En tu apartamento. Dijo que encontró documentos. Dijo que Adrián sabe exactamente lo que pasó. Sofía, creo que está fuera de control. La línea se cortó. Sofía miró a Adrián. —Tenemos que ir —dijo ella. —Sofía, es peligroso... —Dijiste que harías cualquier cosa por mí. —su voz cortó el aire como vidrio—. Entonces demuéstralo. Vamos a mi apartamento. Ahora. Y vamos a enfrentar esto juntos. Adrián se vistió en menos de treinta segundos. En el elevador, de pie uno al lado del otro sin tocarse, ella podía sentir su tensión, su miedo. Por primera vez, no parecía el CEO invulnerable. Parecía un hombre que estaba perdiendo todo lo que importaba. Cuando salieron del edificio, la lluvia los golpeó como una confirmación. Mientras el coche de Adrián se movía a través de las calles vacías de la noche, Sofía se giró para mirarlo. —¿Qué encontraron exactamente? ¿Sobre mi padre? Adrián mantuvo los ojos en la carretera. —Pruebas de que Lucas no solo fue un testigo. Fue un participante. Las palabras cayeron como bombas. —¿En qué? —En cómo tu padre murió, Sofía. —Sus manos se apretaron alrededor del volante—. Lucas fue quien lo mató. Y mi padre fue quien le pagó para hacerlo. Sofía sintió que el mundo se detenía. Se detenía y ardía y se desmoronaba simultáneamente. Cuando llegaron al edificio de su apartamento, vieron el coche de Lucas en la calle. La puerta de su edificio estaba abierta. Y cuando subieron en el elevador, Sofía supo con absoluta certeza que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. No por el secreto de Adrián. Sino porque, incluso sabiendo todo eso, incluso comprendiendo que estaba caminando hacia un incendio, aún tomaba su mano. Y cuando sus dedos se entrelazaron con los suyos, supo que estaba eligiendo quemarse con él, sin importar el costo. Porque a veces, los fuegos más ardientes son los únicos que pueden cauterizar las heridas. Y ella ya estaba completamente herida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD