EVA
Viernes, 15:32 pm.
Ya habíamos regresado de Francia, un lugar mágico que no pudimos explorar completamente, pero prometimos volver cuando tuviéramos unos días libres.
Ese día, me dirigí en autobús a casa de mi padre para visitarlo.
Esa vez, fui sola, ya que Matías tenía asuntos que atender en la oficina y no pudo acompañarme.
— Hola, papá. ¿Cómo estás?
Xavier: — Hola, hija. Estoy bien, ¿y tú? Hace mucho que no te pasas por aquí
— Lo sé. Mi vida ha estado llena de muchas cosas
Xavier: — Me enteré de lo que pasó con Pablo
— Eso ya no importa, papá. Lo importante es el presente — dije, y él sonrió.
Xavier: — ¿Has almorzado?
— No, esperaba comer contigo
Xavier: — Buena decisión, porque hoy he hecho estofado de ternera
— Menos mal que vine
15:45 p.m.
Ya estábamos sentados en la mesa disfrutando de la comida.
Xavier: — Hija, te veo feliz, y eso me alegra. ¿Me vas a contar por qué estás sonriendo tanto?
— ¡Ay, papá! Estoy muy feliz, eso es todo
Xavier: — ¿Y eso?
— Es que…
Estaba a punto de explicar cuando el timbre de la casa sonó.
Xavier: — ¿Quién será?
— No lo sé
Xavier: — Iré a ver
Matías: — ¿Está aquí Eva Ladislau?
— ¿Matías? — exclamé sorprendida mientras él entraba por la puerta.
Matías: — Hola
— Cariño, me dijiste que no vendrías
Me emocioné al verlo y corrí para abrazarlo.
Matías: — Bueno, quería darte una sorpresa — mencionó, y mi padre carraspeó la garganta.
— Lo siento, papá. Él es Matías, mi novio — dije, y mi padre abrió los ojos como platos.
Xavier: — ¿Él es el que te tiene sonriendo tanto?
Matías: — Un placer, señor — dijo estrechando la mano de mi padre.
Xavier: — El gusto es mío
— ¿Qué les parece si nos sentamos a comer?
Minutos después, nos sentamos a la mesa y continuamos comiendo.
Xavier: — ¿Y a qué te dedicas?
Matías: — Soy abogado
Xavier: — ¡Oh! Interesante, ¿y cómo se conocieron? — preguntó mirándonos a ambos.
Matías: — Nos conocimos en un evento en Alemania, pero fue principalmente porque fui el abogado de Eva
Xavier: — ¡Ah! Me alegro. Bueno, al menos conseguiste un buen partido
— ¡Papá!
Xavier: — ¿Y dónde vivís?
— A las afueras de Barcelona, en Pedralbes
Xavier: — Bueno, si me permiten, iré a visitaros con mucho gusto
— Siempre serás bienvenido, papá, no lo dudes
Después del almuerzo, seguimos charlando con mi padre, quien hizo muchas preguntas a Matías, como cualquier padre preocupado por el bienestar de su hija.
21:56 p.m.
Xavier: — ¿Os vais a quedar?
— Pues no lo habíamos pensado
Xavier: — Yo no tengo problema. Hay una habitación libre, y si queréis, partís mañana para Barcelona y os quedáis esta noche aquí
— ¿Amor, qué piensas?
Matías: — Lo que tú decidas
— Está bien, nos quedaremos aquí
Xavier: — Perfecto, allá está la habitación — dijo señalando una puerta blanca.
— Vale, gracias, papá. Buenas noches
— dije y le di un beso en la mejilla.
Xavier: — Buenas noches, hija. Buenas noches, Matías
Matías: — Buenas noches
Fuimos a la habitación y nos acomodamos en ella. A pesar de ser pequeña, tenía una cama en la que los dos podíamos descansar cómodamente.
— Parece que le has caído bien a mi padre
Matías: — Es un paso más
— Gracias por venir
Matías: — Lo hice por ti, porque quería acompañarte y no dejarte sola. Además, quería conocer a tu padre — dijo sentándose en el borde de la cama.
— No sabes cuánto te amo — mencioné mientras me movía para sentarme en su regazo.
Matías: — Y yo
Dicho esto, nos besamos con pasión, agradeciéndonos mutuamente, hasta que la pasión entre nosotros empezó a aumentar con cada beso.
— ¿Qué te parece si hacemos algo ahora? No tengo sueño y todavía está temprano para dormir
Matías: — Me leíste la mente — dijo y yo sonreí.
— Pero déjame hacerlo todo yo
Le volví a besar la boca en tanto buscaba su cinturón y habría la hebilla. Después, le besé el cuello y me puse de rodillas en el suelo, quedando frente a sus rodillas.
Me metí en el hueco que había entre sus piernas que estaban separadas.
Luego, le desabotoné el pantalón, bajándole el bóxer también y su m*****o saltó, quedando liberado.
— ¡Vaya! Alguien ya está despierto
Matías: — Siempre lo está si tengo delante — mencionó con una voz grave y cuando tomé la base de su pene con mi mano él lanzó un pequeño gemido.
Comencé a bajar y a subir mi mano lentamente durante varios segundos, desde el tronco hasta su cabeza, preparándolo para la acción.
Pasé mi lengua por todo su m*****o, como si me estuviera comiendo un helado y después, me lo metí a la boca, succionando varias veces su pene y ayudándome con la otra mano, estimulaba sus testículos.
Seguí un ritmo constante dándole sexo oral y cada vez que le miraba a los ojos se le notaba en la cara que lo estaba disfrutando.
Finalmente, apuré el paso cuando noté que él se iba a correr y ahí fue cuando un líquido caliente y espeso tocó mi campanilla y bajó por mi garganta.
Procedí a deshacerme de mi ropa y él me miró con unos ojos llenos de excitación.
Así pues, me subí encima de su cuerpo tumbado en la cama.
Matías: — Eres una diablilla — mencionó cuando empecé a frotar mis labios sobre la punta de su m*****o, pero sin llegar a penetrarme.
— ¿Y eso no te gusta? — pregunté sonriendo y él también sonrió, pero no respondió. En cambio, me inclinó a él haciendo que me penetrara yo misma.
Lancé un gemido y él empezó a penetrarme con velocidad.
— ¡Ahh!
Matías: — ¿Eso responde a tu pregunta? — preguntó con la voz agitada y aun siguiendo con sus fuertes, constantes y rápidas embestidas.
— ¡Ahh! — lancé otro gemido y no podía ni hablar de la tremenda satisfacción que percibía.
— ¿Por qué tienes que ser tan bueno en esto?
No controlaba mis palabras, solo salía por mi boca lo que pensaba y con lo que dije, con un movimiento rápido que hizo me puso debajo de él, sin dejar de penetrarme.
Matías: — ¿Y tú por qué tienes que estar tan buena?
Los dos sonreímos con lo que dijimos, pero volvió a meterla con profundidad y ya no pude hablar. Se sentía demasiado bien que solamente quería disfrutar de ese momento.
— Matías, me voy a correr
Matías: — Hazlo, no lo pienses
— susurró en mi oído y no pude más, me vine, pero ahí no terminó nuestro encuentro, seguimos follando, solo que la velocidad había reducido hasta que minutos después volvimos a lo de antes.
Era una tremenda locura los cambios de aceleración porque sentía demasiado placentero para ser real.
Miércoles, 19:24 p.m.
— ¿Y cómo vas con el niño?
¿Tiene con quién quedarse?
Paula: — Su tía lo cuida a veces
— Mejor vete, ¿qué tal si empeora?
Paula: — Bueno, Julián lo está cuidando ahora y si no me ha llamado, es porque no se ha puesto grave
— Cariño, si quieres irte vete.
Yo y Josep nos encargaremos de la peluquería, ¿no es así Josep?
Josep: — ¡Claro! — respondió mientras le alisaba el cabello a una chica.
— ¡Ves! Es mejor que tú y tu marido cuidéis al niño porque está enfermo
Paula: — Vale, iré. Avísame si ocurre algo que tenga que saber
— ¡Lo haré! ¡Que se mejore tu hijo!
Paula: — Gracias cariño, nos vemos
— Hasta luego
Paula salió de la peluquería y me quedé con Josep, el otro estilista y peluquero que había.
Matías: — Hola
— ¿¡Amor, qué haces aquí!?
Me puse contenta cuando vi a Matías entrar a la peluquería porque no me lo esperaba.
Matías: — Tenía pensado en ir donde mi peluquero, pero me dijeron que aquí había una que lo hacía bien
Se acercó a mí con las manos en los bolsillos y con una actitud confidente.
— Estás en buenas manos.
Espérame un momento que acabe y ahora te atiendo a ti
Cuando terminé de arreglarle el cabello a un hombre, ya que la peluquería era unisex, dejé que Matías se sentara en la silla para atenderlo.
— Ya tienes el cabello largo
Metí mis dedos en su sedoso cabello para despeinarlo y para ver cómo se lo cortaba.
— ¿Hay alguna parte de tu cuerpo que tengas corta? — pregunté con ironía y él rio.
Matías: — Creo que los hechos ya te lo han demostrado — respondió mirándome a través del espejo, y yo me mordí el labio inferior.
20:13 p.m.
Más tarde, le recorté un poco el cabello, eliminando lo que sobraba. No obstante, no lo peiné, ya que él solía llevarlo suelto y despeinado, y aun así se veía guapísimo.
— Espérame un rato, que me falta un cliente más
Matías: — Está bien. ¿Después vamos a cenar?
Asentí a su pregunta, y al terminar mi jornada laboral, fuimos a un elegante restaurante con poca gente.
— ¿Cómo va?… Bueno, al menos ya está bien… Sí… Ahora mismo cenando. Vale, hasta luego. Cuídate y cuida a todos. Vale, gracias
Colgué la llamada y coloqué el teléfono en la mesa para continuar disfrutando de la comida en compañía de Matías.
— Lo siento, era mi amiga Paula. Su pequeño se enfermó, tiene fiebre y está malito
Matías: — ¿Qué edad tiene?
— Ya casi cumple dos años. Es una lindura; algún día lo conocerás — dije y me llevé un bocado a la boca.
Matías: — ¿Te gustaría tener hijos?
— Antes sí, pero ahora no puedo
— respondí, evitando mirarle a los ojos.
Matías: — ¿Por?
— Tengo insuficiencia cervical, es decir, que mi útero es débil y si quedo embarazada tengo el riesgo de que mi hijo nazca prematuro o en el peor de los casos, que no nazca y tenga un aborto. Sinceramente, no quiero pasar por ello
Matías: — ¿Por qué no me lo dijiste antes?
— Porque no creo que esté en nuestros planes tener hijos ahora, ¿o sí?
Matías: — De mi parte, no
— ¿Pero te gustaría? — pregunté, mirándolo a los ojos mientras él seguía comiendo.
Matías: — No lo sé. Nunca lo pensé
— Bueno, dejemos eso a un lado. Si llega ese momento, será en el futuro
Matías: — Ajá
— Cambiando de tema, aún no hemos estrenado tu patio de juegos…
Matías: — Ya lo haremos algún día. ¿Por qué, estás desesperada?
— Las noches que he pasado contigo son adictivas, y tengo ansias de saber lo que haces ahí dentro — mencioné mientras subía mi pie, recorriendo su pierna con mi tacón.
Matías: — Te veo con ganas — dijo y tomó un sorbo de su copa de champán sin apartar los ojos de mí.
— No hay día que no las tenga
Lo dije con una voz sensual y removí el champán de mi copa mientras le miraba a los ojos.
Matías: — ¿Y si te follo ahora mismo?
— ¿Aquí?
Matías: — Aquí, justo encima de esta mesa — respondió, poniendo su mano sobre la mesa y señalándola.
— No serías capaz, hay mucha gente
Matías: — ¿No crees? — preguntó inclinándose sobre la mesa y como sus brazos eran largos, sentí sus dedos tocar mi rodilla.
— ¡Para! Hay gente al lado — susurré, mirando a la pareja que estaba a mi derecha. Cuando volví a mirar a Matías, ya no estaba en su silla. Entonces, sentí unos dedos deslizarse por mi pantorrilla izquierda y vi bajo la mesa que él se había agachado.
— ¡Matías! — susurré de nuevo, inquieta. Él se levantó sonriendo, y cuando volví a mirar a la pareja a mi lado, nos miraron extrañados.
Matías: — Quítate las bragas — pidió como si nada, tomó de su copa y yo puse mis ojos como platos con su petición.
— ¿Aquí? Esa es una propuesta indecente
Matías: — Aquí y ahora
— Pero no puedo, ¿y si alguien me ve?
Matías: — Hazlo — exigió, dejando la copa en la mesa y mirándome con intensidad.
Eché un vistazo a mi alrededor para asegurarme de que nadie nos observara, y luego comencé a deslizar mi braga hacia abajo, lo cual resultó sencillo dado que llevaba una falda ese día.
Matías: — ¿Terminaste? — preguntó, extendiendo la mano.
— Aquí está, tu premio — dije en tono juguetón. Él tomó la prenda y la apretó en su puño, sonriendo de lado, satisfecho con la situación.
Matías: — Buena chica, pero a partir de este momento quiero que seas mala