Todos podían creer que tenía una familia amorosa, y en realidad la tenía, su familia era considerada funcional, pero eso no significaba que estuviera exenta de problemas y discusiones.
Cuando era un niño no entendía muchas cosas, no entendía por qué sus padres discutían tanto en ocasiones solo por dinero, pero al crecer entendía que pasar por crisis económicas podía llegar a alterarlo todo.
Como si eso no fuese suficiente, su madre era bastante intensa, era una artista y no era como si lo justificara, pero lo cierto era que la mayoría de los artistas tenían emociones fuertes. Kesean entendió a su madre solo cuando creció y se dio cuenta lo que significaba tener emociones saturantes, pero cuando era niño le llenaba de frustración escucharla discutir con su padre.
Los días más tormentosos ocurrieron cuando tenía nueve años, aunque en realidad hubo momentos agobiantes desde años más atrás que eso, solo que esos eran los recuerdos más fuertes a causa de la edad.
Tuvo entonces el recuerdo vívido de una de tantas noches en que se despertó a causa de los gritos y el estruendo de un jarrón rompiéndose, en ese entonces estaban discutiendo por varias noches seguidas.
No pudo evitar asustarse, sentirse enojado y frustrado al mismo tiempo, estaba solo en su habitación escuchando los gritos, atormentado por las palabras que se decían hasta que la puerta se abrió y Kerensa entró sigilosamente.
—Hey, chico — recordó a Kerensa llamarle al verle sentado en la cama —, estás despierto.
—Sí, me despertaron — había contestado mientras ella cerraba la puerta con cuidado.
—Bueno, no tienes de qué preocuparte demasiado ¿está bien?
Recordó a Kerensa tan claramente acercarse a la cama que casi sintió que la estaba observando de nuevo.
—¿Me das un espacio? ¿Puedo dormir aquí?
Kesean solo había asentido y se había rodado en la cama dándole espacio a su hermana.
—Ten, escuchemos un poco de música.
Kerensa colocó un audífono en su oído y juntos escucharon música, recordaba claramente que se trataba de Imagine Dragons, pero no recordaba la canción. El caso fue que su hermana lo había protegido del mal rato, de sentirse abrumado y agobiado, le había recordado que no estaba solo y que ella estaba con él.
Y lo que sí recordaba claramente fue algo que ella le dijo, quizás había muchas cosas que pudo haber dicho que fuesen mejores, pero en aquel momento, y aun ahora, eran perfectas:
—La vida siempre será abrumadora, pero no tengas miedo — dijo quitando cabello de su frente —, nunca estarás solo mientras yo viva.
Y cada vez que lo recordaba le llenaba de frustración saber que la había tenido por muy poco tiempo y lo había dejado solo a la corta edad de catorce años, cuando la estaría necesitando más.
Pero lo cierto era que Kerensa no había sido buena en muchas cosas, era bastante torpe, pero siempre se aseguró de cuidar de él. Cuando esas discusiones iniciaban, ella siempre trataba de estar a su lado, a veces lo llevaba a otro lugar o solo le hablaba para distraerlo, aun cuando ella solo tenía trece años.
Ahora que lo pensaba, Kerensa siempre fue muy madura para su edad, probablemente por los problemas que los acompañaron en aquel entonces.
Y es que nunca entendió por qué sus padres discutían tanto y luego estaban tan bien, suponía que se debía a que al final de cuentas se amaban y ellos se entendían entre sí y eso era suficiente. Con el paso de los años las discusiones fuertes disminuyeron y el amor creció, convirtiéndose en una familia más amorosa y cercana, aunque de vez en cuando los problemas aparecían no eran tan graves.
Por lo menos hasta que Kerensa desapareció y luego de unos días… bueno, hasta que el Suceso, tuvo lugar.
Fue cuando muchas cosas comenzaron a desplomarse de nuevo.
—¿Kers? — la voz de su profesor le sacó de sus pensamientos.
Estaba sentado en la parte trasera del auto de ese profesor, el cual había llegado unos cuantos minutos atrás al enterarse de lo sucedido.
Al levantar la mirada se dio cuenta que no se había acercado solo, junto a él estaba un hombre de unos treinta y tantos, alto y rubio.
—¿Sí, profesor?
—¿Estás bien? — volvió a preguntar él.
Se lo había preguntado unas treinta veces ya y aun cuando ya los paramédicos le habían revisado y no tenía más que unas laceraciones y un par de hematomas y se lo había dicho.
Pero su profesor sabía cosas sobre él, y ya había escuchado su declaración de los hechos como testigo principal, así que sabía que él preguntaba por su condición emocional.
—Sí, lo estoy — respondió de forma puntual.
No quiso decir que en realidad estaba más abrumado de lo que quería admitir y su profesor parecía haberlo notado, pero no dijo nada, en cambio solo asintió.
—Está bien — dijo para luego presentar al hombre a su lado —. Kers, él es un colega, agente del FBI — explicó —, acaba de llegar a escena y parece que este caso está relacionado con unos en los que trabaja…
El hombre a su lado asintió y por alguna razón, Kesean notó que este le miraba con compasión, ¿tan rápido se había enterado de cómo estaban las cosas para él? Aunque en realidad había transcurrido más tiempo del que había notado, porque estaba pensando y repasando cada detalle.
—… así que agradecería tu colaboración, ya que estás aquí él quiere escuchar tu testimonio directamente de ti — preguntó cordialmente —, ¿estás bien con eso?
Kesean quiso decir que no, no estaba bien con repetir su ilusión al pensar que su hermana estaba viva, pero no pudo negarse tampoco porque no dejaba de pensar en que algo estaba fuera de lugar. ¿Por qué le dejaron una nota con lo que su hermana más le reclamaba en los últimos meses antes del Suceso? ¿Por qué precisamente había sonado la canción que ella le cantaba?
Podían ser coincidencias, pero eran demasiado específicas.
—Sí, claro, lo repetiré — contestó saliendo del auto y colocándose de pie.
—Muchas gracias por tu colaboración — habló el hombre al fin, con tono amable —. Primero permíteme presentarme…
El hombre extendió la mano hacia Kesean para que la estrechara. No estaba seguro del por qué, pero Kesean sintió que ya se había ganado su respeto.
Aparentaba ser un agente con experiencia, que no se dejaba intimidar y del que tenía mucho que aprender.
—… Soy el agente Lennon — se presentó al fin —, Damián Lennon.