Poniendo el último de sus objetos personales dentro de la caja sobre su mesa, la joven suspira sabiendo que éste es el final. Seis años, seis malditos años de ese estúpido tira y afloja que, finalmente, no había llegado a nada más que ilusionarla a ella. Qué tonta había sido, debería haberlo visto venir; ¿él quedándose con ella? ¿En qué maldito mundo? Esto no era una novela de esas rosas, donde el amor triunfaba sobre todo y todos, de esas que amaba leer y escribir, no, ésta era la maldita y puta realidad, donde su jefe, o más bien ex jefe, se casaría en dos semanas y ella se iba solo para no tener que verlo con su futura esposa mientras él le daba todo lo que, alguna vez, le dio a ella.
Quizás era lo mejor, quizás era el destino diciéndole que, tarde o temprano, él la lastimaría y que era mejor que se marchara antes de que eso pasara, que era algo positivo para evitarse futuros dolores; el problema era que ya le dolía y no podía mostrarlo, porque debía mantener su fachada de que nada estaba pasando.
Desde un principio, había procurado manifestar su supuesta "falta de interés" por su jefe, algo así como que, por más atractivo que fuera, no le interesaba en lo absoluto. Su fama de mujeriego había hecho que deseara mantenerse lo más lejos posible de él, pero con el tiempo, el no ver un desfile de mujeres y su respeto para con ella, había hecho que, poco a poco, sus muros se derribaran y lo dejara acercarse. Supuestamente siempre manteniéndolo como algo meramente físico, habían empezado algo así como una especie de relación, una que no involucraba los sentimientos, mas no fue tan así, porque los suyos habían aparecido y los había metido en el fondo de su corazón para que no afloraran.
Seis años había sido tiempo más que suficiente para que el cariño se volviera algo más, sin embargo, agradecía jamás haber dicho nada, porque el que apareciera un día de la mano de ella (con la chica ostentando un ENORME anillo e compromiso), había sido un golpe muy duro, demasiado. Le había tomado todo de sí misma para no quebrarse ahí mismo. Había sido una puñalada directa y certera.
-Estos papeles son los que pidió el Sr. Crosst sobre la contabilidad del proyecto Rotzman.
Los ojos avellana de la joven se detienen por un momento en la carpeta que le es extendida desde el otro lado del escritorio y luego sube hacia la persona que se los ofrece, encontrando a una de sus mejores amigas de la oficina, la cual tenía una mueca que, supuso, intentaba ser una sonrisa apenada.
-Voy a extrañarte acá, esa pelirroja que conseguiste para que te reemplace, no va ni a llegarte a la suela de los zapatos. Se la va a comer viva.
Con esa última frase, la cabeza de la rubia apunta a la puerta doble que pertenecía al jefe y la chica no puede menos que encogerse de hombros, sabiendo que es una gran posibilidad. Su reemplazo no era ninguna incompetente, era una joven con buena preparación y predisposición al trabajo, no obstante, tenía el problema de que era bastante tímida y, si no se mantenía firme, él terminaría haciéndola llorar si no tenía todo lo que le pedía, cuándo se lo pedía y exactamente cómo se lo pedía. Casi que estaba orando por la salud mental de la chica.
-Espero que le vaya mejor que a mí.
-Lo dudo, sos la única que puede con él.
-Alguien más también puede.
-Si te referís a esa siliconada, dudo mucho que duren. Es una niña mimada, una nena de papi a la cual va a terminar haciendo llorar en uno de sus días malos. Y me refiero a uno de esos donde salís hecha una furia y terminás por poco volteándole la cara de una cachetada. Y no sos vos quien pide perdón en esas oportunidades, sino él, cosa que nadie jamás lo conseguirá aparte de vos.
-¿Qué tiene que ver?
-Nena, podés engañar al resto todo lo que quieras, mas no a mí.
Con eso dicho, la rubia le guiña el ojo, le da la carpeta y se va. Negando con la cabeza, la morocha la agarra del escritorio y se da media vuelta, enfilando a la oficina de su jefe por última vez. Tomando una respiración profunda, golpea dos veces como acostumbra y entra, enfilando directo al escritorio dejando la carpeta frente a su jefe, el cual está con la mirada fija en unos papeles entre sus manos. Ninguno dice nada, y ella solo da media vuelta, enfilando de nuevo hasta la salida, pero no llega a ella, porque antes de que dé tres pasos, la voz de él la detiene.
-Srta. Loopers, no se retire, por favor, necesito hablar un momento con usted.
Respirando profundamente para calmarse, la joven se da vuelta y lo observa fijo, juntando sus iris avellana, con los suyos de color casi n***o. Ese contraste que tenía, entre sus ojos tan obscuros (al igual que su pelo) y su piel tan pálida, le encantaba, le daba un aire malévolo que le hacía temblar por dentro, mas no lo dejaría saber eso jamás, era algo que se guardaría con ella para siempre.
-¿Sí Sr.? ¿Qué necesita?
-¿Ya tiene todo listo?
Sabía a lo que se refería, no necesitaba que lo aclarara.
-Si Sr. A partir del lunes, la Srta. Arterlya se encargará de todo lo que necesite; ella está capacitada, puede estar seguro de no tendrá ningún problema con su trabajo.
Un suspiro escapa del hombre y se masajea los ojos con cansancio, sabiendo que la situación en sus manos no es nada fácil.
-Lanna, ¿podemos hablar de forma extra-profesional?
-No hay nada de qué hablar, Connor, ya dejalo. No hiciste nada malo, ¿de qué es lo que querés hablar?
-¿De Natasha? ¿De la razón por la cual te vas?
-Natasha es tú prometida, eso es todo, nada más. Y en cuanto a por qué me voy, es muy simple: tengo la oportunidad de cumplir mi sueño, así de simple, y no voy a desperdiciarlo. Si me disculpás, mi turno terminó, me estaba por ir cuando Maya me alcanzó esos papeles para vos. Con permiso.
La joven vuelve a darse vuelta, felicitándose internamente por conseguir mantener su fachada por una última vez, no obstante, ya estando a punto de tocar la puerta, una mano la detiene del brazo, no de forma brusca, pero sí con la firmeza necesaria para evitar que siga avanzando.
-Lanna, por favor.
-¿Qué es lo que querés Connon? Yo hasta acá llegué.
-No, hay mucho más, yo lo sé.
-¿Qué es lo que se supone que sabés?
Sus pupilas se cruzan nuevamente sobre su hombro, ella luchando por no mostrar el cúmulo de emociones que la invaden y batallan en su interior en ese momento ante la situación de él deteniéndola.
-Sé qué hay más, sé que hay cosas que te guardás, sé que hay cosas que sentís por mí que nunca me dijiste.
-¿A sí? ¿Y cómo se supone que sabés eso? ¿Por qué estás tan seguro de que eso es verdad?
-Porque por más que lo intentás ocultar, en el último tiempo, cuando me mirás, veo en vos, lo mismo que en mí cuando pienso en vos.
Esas palabras la dejan muda, ¿se había dado cuenta? ¿Desde cuándo? ¿Cómo?
-Y si lo que decís es verdad, ¿por qué no dijiste nada?
Ya de frente, con la respiración entrecortada por la emoción y tan cerca como para que sus rostros se rocen, la joven está al borde de perder la cabeza por la confesión, deseosa de escuchar lo que tanto ha ansiado por quizás años, anhelando que la bese... Y todo se cae de un momento al otro, cuando la puerta suena.
-Sr. Crosst, su prometida vino a verlo.
El momento se corta de raíz, y ella se separa, escapando del agarre de su antiguo jefe, recuperando la compostura ante la mirada frustrada de éste, la cual no se retira de ella, ni aún habiendo dejado pasar a la que, muy pronto, se convertirá en su mujer.
-Adelante.
-Hola cariño.
Ante ambos, la chica de ojos azules, piel bronceada, de cabellera chocolate y cuerpo de modelo, obviamente vestida de Gucci y Gabbana, entra con una sonrisa y se acerca automáticamente al hombre, ignorándola olímpicamente a ella como todas las veces, haciendo como si no estuviera. No le molestaba, sabía que era una esnob descerebrada, lo que hiciera, no hiciera o dejara de hacer, le tenía sin cuidado.
-Bebé, ¿por qué no me contestabas el teléfono? Llevo rato tratando de comunicarme con vos.
-Perdón, estuve ocupado, ¿por qué no llamaste a mi secretaria? Pudiste dejar un mensaje.
-No gracias, seguro anotaba cualquier cosa y te lo decía mal o hasta ni te lo pasaba al mensaje.
-Natasha, Lanna no es ninguna idiota, es una asistente increíble y, como bonus, está parada justo detrás de vos. ¿Podrías ser más educada?
Su mirada pasa a la secretaria con una mueca, causando que ésta ponga los ojos en blanco ante su disculpa, obviamente falsa.
-Srta. Loopers, yo...
-Descuide, Sr., usted y la Srta. Olvers tendrán mucho de qué hablar. Con su permiso.
-Pero...
-Dejala, cariño, que se vaya a cumplir para lo que le pagás.
-Natasha.
No escucha nada más después del intento de regaño del pelinegro, la chica sale de la oficina y respira profundo un par de veces antes de agarrar sus últimas cosas, mirar el reloj y enfilar para la salida, observando por vez definitiva la puerta doble de su jefe antes de que las del ascensor se cierren.
La lluvia se escucha con fuerza contra la ventana de su pieza mientras la joven, con una taza de té caliente en su mesa de luz y su computadora sobre sus piernas, teclea cada tanto al tiempo en que relee lo que pasa en las hojas que hay en su archivo. Está tan concentrada que, si no fuera porque tiene un buen oído, el golpeteo en su puerta habría pasado desapercibido para ella por completo.
Curiosa, ya que el reloj marca las doce de la noche (lo cual la hace desconfiar), toma un arma paralizante que guarda en el cajón como protección y se acerca a la puerta, observando por la mirilla para quedarse de piedra al entender que, quien está del otro lado, no es otro que su ex jefe. ¿Qué demonios estaba haciendo ahí? Dejando el arma en la mesa, abre y se queda mirando.
-Connor, ¿qué hacer acá? Son más de media noche, ¿sos consciente?
-¿Puedo pasar, por favor?
-Sí, claro. Pasá, ahora te traigo una toalla, estás empapado.
Un tanto desconcertada aún, la pelinegra se hace a un lado y deja que el hombre pase, cerrando la puerta tras él y yendo por una toalla. En cuanto vuelve, se la entrega y se sienta observándolo.
-¿Por qué viniste hasta acá Connor? Y quiero la verdad.
El ojinegro se seca el pelo enérgicamente y deja la tela sobre sus hombros, sentándose en una silla metálica sabiéndose empapado, acomodándose frente a la chica que no deja de mirar el remolino que ha quedado en su pelo por su revoltijo con la toalla. Un suspiro escapa de sus labios antes de tomar las manos de ella, más cálidas, entre las suyas, mucho más frías por el agua de la lluvia, y obligarla a mirarlo a los ojos.
-Necesito que hablemos.
-¿Sobre qué? ¿No fue suficiente hoy?
-¿Hoy? ¿Te referís a ese insignificante momento donde, por fin, después de un día de comportarte como al inicio de nuestra relación laboral, o sea cuando solo eras mi asistente y me ignorabas para cualquier otra cosa que no fuera trabajo, me dejaste acercarme a vos y hablar del elefante que ocupaba nuestro alrededor?
-¿No se te ocurrió otra analogía?
-Eso no es lo importante Lanna.
-Entonces ve a lo importante, porque son más de media noche y has aparecido en mi casa, de la nada, bajo la lluvia, cuando deberías estar en la tuya con tu prometida en este momento, planeando los detalles de tu boda del siguiente mes.
-No es mi prometida.
-¿Qué?
-Que ya no lo es, nunca quise que lo fuera. Ella se obsesionó conmigo hace años, porque nuestras familias se conocen e hizo que su padre hiciera un trato con el mío donde las empresas de ambos grupos se fusionarían con nuestro matrimonio. Nadie nunca me preguntó si yo quería; Natasha, si bien es hermosa, jamás me atrajo de esa manera y por eso, al no conseguir lo que quería, lo intentó con esto. Hoy, cuando intentaba hablar con vos, trataba de decirte eso mismo, que no es a ella a quien quiero, sino a vos.
-¿Y eso qué? Vos lo dijiste, la fusión depende de su matrimonio, tenés que casarte.
-No, ya no. Antes de que todo esto pasara, yo iba a hacer algo que, a ojos de muchos, era una completa locura.
-¿De qué hablás?
Soltando la mano de la joven, el hombre busca algo en su bolsillo, sacando una pequeña caja de terciopelo negra, abriéndola y mostrando un simple y precioso anillo: un fino aro de plata, con un diamante cuadrado en medio, no demasiado grande ni llamativo, sino el tamaño justo y muy delicado.
-Sé que no te gusta lo ostentoso.
-Connor...
-Cuando nos conocimos, de inmediato supe que serías mi ruina, aunque no en el mal sentido, sino que serías la que cambiaría mi vida para siempre. Tenías ese algo que, aunque no lo sabía antes, siempre había buscado y nunca encontrado. Y quizás por eso nunca pasaba mucho tiempo con ninguna mujer, lo cual cambió cuando te conocí; tu forma de ser, tu belleza, tu carácter, todo de vos me cautivaba, me hacía querer más. Es verdad que, en un principio me sacabas de quicio, pero creo que era más que nada porque me desafiabas y no podía llegar a vos como con todas las demás, porque eras un enigma y, por falta de costumbre, me volvía loco.
La joven está muda, sus ojos amplios como platos al tiempo en que los dedos del hombre masajean suavemente las manos de ella en tanto habla y sostiene aún el anillo ante sus ojos.
-La primera vez que estuvimos juntos, creí que te podría eliminar de mi sistema, mas fue exactamente ese momento, donde me di cuenta que eso no sería posible, que me habías vuelto adicto a vos sin saberlo, que me habías arruinado para las demás. Sabía que conocías mi pasado y tu actitud me decía que no querías nada conmigo más que algo meramente físico, así que acepté lo que me ofrecías, con el objetivo de llegar profundo en vos, de hacer que sintieras por mi, lo que yo siento por vos. En el último tiempo, estaba perdiendo la esperanza, creí que no lo había conseguido, sin embargo, la aparición de Natasha y su plan, me dio lo que buscaba: esperanza. Sus apariciones y "muestras de afecto" conmigo, hicieron que, de forma inconsciente (obviamente), tus emociones te traicionaran y te dejaran al descubierto, mostrándome lo que deseaba, que había conseguido que sintieras amor por mí. Estoy seguro de eso, de lo contrario no estaría acá, al igual que de mis sentimientos, la única pregunta que falta responder ahora es: ¿eso es suficiente para que me respondas lo que tanto deseo escuchar?
Mirando el anillo, aún un tanto shockeada por la información que le acaba de caer encima como baldazo de agua helada y de semejante declaración, la pelinegra alza sus ojos hacia los del hombre, buscando la verdad en ellos, sintiendo su corazón acelerándose aún más, al notar que no hay rastro de mentira en ellos, solo pura sinceridad. No necesita más, sin necesidad de una sola palabra, la chica por poco y se lanza sobre el hombre frente a ella, arrojándose contra su boca para unirla con la suya en un beso que, como dicen, vale más que mil palabras.
Casi se caen de la silla por el impulso, pero no importa, él consigue estabilizarlos y la sienta sobre sus piernas, tomándola por la cintura, sintiendo sus uñas raspando su cuero cabelludo como le gusta. Ella conocía cada detalle de él, sus gustos, dónde tocarlo y cómo, qué hacer para que delirara de placer, y él sabía lo mismo sobre ella, esa noche iba a ser intensa. Mas había algo que tenía que hacer antes, no iba a permitirse seguir sin que eso estuviera en su lugar antes de proseguir, por lo que, aún con una protesta de ella, separa a la joven con cuidado de sí y, tomando el anillo, lo pone en su dedo.
-No dijiste que sí, sin embargo, interpreté eso como tu respuesta.
-Pues me alegro que lo hicieras, porque lo era.
-Prometo hacerte la mujer más feliz cada día de mi vida que estés a mi lado.
-Te tomaré la palabra.
Con una sonrisa, vuelve a besarlo, no obstante, él los levanta y los reacomoda en el sillón, sin importar ya si éste se moja o no, el no caerse mientras le da placer a su prometida, es más importante que la tela mojada. Si luego no podía sacarle el olor a perro mojado al mueble, buscaría otro para reemplazarlo, era lo de menos.
Con ella sobre él, se deja caer sobre los almohadones, con la cabeza sobre el brazo acolchado y ella sobre su cadera, subiendo las manos lentamente por sus costados, llevándose la tela que la recubre hasta quitarla del camino. Solo un bra de encaje rojo es lo que oculta esos redondeados y pesados senos, esos que tanto adoraba amasar y degustar con su boca. No tenía mucho trasero, era más bien redondito y pequeño, pero firme, mas del frente tenía bastante y le constaba que era natural. Tenía un poco de redondez en su vientre, una que a penas se notaba, sin embargo, no le molestaba, él no buscaba una modelo ni una muñeca de plástico, sino una mujer auténtica, una de carne y hueso, una que pudiera estar a su lado sin importar nada y sabía que Lanna era así. No tenía miedo, y si lo tenía, se enfrentaba a él, iba a ser una excelente compañera.
Dibujando círculos en su espalda, desabrocha el sostén y lo saca, dejando a la vista sus pezones ya endurecidos, con esas aureolas rosadas que le hacían agua la boca. No tardó ni dos segundos en llevárselos a la boca, estaba ansioso por degustarlos como si fueran el mejor postre que hubiera probado en la vida, y para él lo eran, su piel siempre tenía ese sabor único, que no tenía idea de por qué era así, no obstante, no lo cuestionaría, simplemente le encantaba y punto.
Los gemidos de la pelinegra se escuchan en el ambiente entretanto él se deleita con sus pezones, tirando suave de ellos, mordiéndolos con delicadeza y chupándolos como si de un bebé se tratara, el cual se está alimentando de su madre. Al mismo tiempo, sus manos también se mantienen ocupadas, pues la que no está masajeando el seno que no está siendo atendido por su boca, está acariciando y apretujando su trasero, generando que ella se mueva sobre él y frote su centro, aún guardado tras la tela de su pantalón de pijama y su ropa interior, contra la rígida erección de él, que también permanece restringida dentro de su ropa. La sensación era una tortura y una bendición a la vez.
-Connor, sabés perfectamente que necesito más que eso, y más aún, sintiendo lo que noto ahí abajo.
-Vas a tenerlo, te lo prometo, pero hace más de tres semanas que no me dejás tocarte, permitime que recupere el tiempo perdido.
-Vas a tener mucho tiempo para eso, ahora te necesito.
El tono suplicante en su voz, provocó que su erección por poco y saltara dentro de sus pantalones, lo que le hizo ahogar un gruñido, porque se notaba llena de necesidad, de ansias, su mujer lo necesitaba y él le daría todo lo que deseaba y más.
-¿Seguís tomando la pastilla?
-Sí.
-Entonces, sacate eso, princesa, y vení con papá.
Con una sonrisa divertida, la joven se levanta y se saca lo que le queda de ropa lo más rápido que puede, al mismo tiempo en que observa a su prometido el hacer lo mismo, exponiendo para ella una vez más, ese cuerpo que tanto le gustaba ver. Era una maldita bestia, que había hecho deportes brutos durante su adolescencia, que le habían dejado cicatrices por gran parte de su cuerpo, mas eso no le importaba, eso no lo afeaba en lo más mínimo, a sus ojos, él era la cosa más sexy que había visto. Como la mayoría de los hombre actuales de su edad, estaba con la onda de la salud y del crossfit, por lo que se mantenía en excelente forma, con un cuerpo fibroso y marcado, aunque no de forma exagerada ni grotesca que, junto a las cicatrices, se veía tan sensual...
Su erección era otra maravilla a sus ojos: no es que fuera un actor porno que la tuviera de medio metro, sin embargo, el largo y el ancho que poseía, eran perfectos para hacerla delirar y a ella era lo que le importaba, ¿quién necesitaba más? Tampoco la tenía chiquita, ojo, solo no le medía como una baguette de panadería.
En cuanto ambos estuvieron como Dios los trajo al mundo, la pelinegra se vuelve a acercar a él que le ofrece su mano, y se acomoda sobre su cuerpo, dejando cada pierna, una a cada lado de él. Al quedar su entrepierna expuesta, el pelinegro aprovecha para acariciarla en ese punto con los dedos, masajeándola para estimularla y que esté lo suficientemente húmeda para recibirlo sin que sienta ningún tipo de molestia, solo el más puro placer que él le podía proporcionar.
Los bajos gemidos de ella lo ponen cada vez más y más caliente, sintiendo cómo hasta sus testículos se tensan, ya no solo su erección. Con la mano que tiene libre, agarra su m*****o y, con suavidad, empieza a frotar lentamente su punta contra el botón húmedo de la joven en tanto separa más sus labios íntimos con sus dedos, haciendo que la pelinegra tenga deseos de retocerse como una culebra ante las sensaciones que la recorren desde ese punto.
Cuando ya nota que la humedad es suficiente, incluso para haberlo lubricado también a él, el pelinegro mueve su punto de roce más hacia atrás, encontrado el lugar de entrada de ella, ese que tanto disfruta penetrar y sentir que invade, y lentamente, empuja para adentrarse en él. Ella también lo ayuda, empujando hacia abajo al mismo ritmo para llegar más profundo y, poco a poco, el movimiento de sube y baja empieza a darse, aumentando paulatinamente la velocidad.
Ambos empiezan a gemir ante el placer negado durante casi un mes y, las ansias, los hacen moverse más y más rápido, queriendo más y más, anhelando todo el uno del otro. Era obvio para ambos, por el tiempo de abstinencia, porque sí, ninguno había hecho nada (por más que Natasha había hecho de todo para intentar que Connor la tocara), que ese primer orgasmo llegaría demasiado pronto, no duraría mucho. No importaba, habría muchos más, muchísimos, tenían esa noche y todas las que vendrían de ese día en adelante.
Caricias, empujones, saltos, penetraciones, apretones, mordidas, besos, todo los volvía locos, los hacía querer más, moverse en busca de más... Y tal como lo habían previsto, el orgasmo los alcanzó pronto, haciéndolos casi gritar en plena explosión de placer, para luego caer agotados ella sobre él, las manos del pelinegro acariciando la espalda de la joven.
-Había extrañado esto. Te necesitaba...
-Pues ya somos dos, y espero que el tiempo separados no haya hecho que te volvieras blando en cuanto a aguante.
-No me insultes, cariño, sabés que esto recién empieza.
-Es bueno escucharlo de tu boca.
De sorpresa, el pelinegro la alza en brazos y se encamina hacia el cuarto de su prometida, el cual conoce casi como la palma de la mano ya que, para su satisfacción, había pasado innumerables noches con ella entre esas cuatro paredes, disfrutando mutuamente de sus cuerpos tal y como planeaba hacer en ese mismo momento.
Depositándola en la cama, con una perezosa caricia por el frente de su cuerpo, él separa sus piernas y vuelve a jugar con los labios inferiores de la pelinegra, provocándola con su toque en su clítoris aún hinchado por el orgasmo reciente. Bajando su cabeza, su lengua se ensaña con ese punto en particular y con su ya nuevamente empapada entrada, hundiendo su lengua una y otra vez en una penetración que, aunque no es muy profunda, sí que es estimulante, y la joven casi grita de la explosión de puro placer, aumentado por lo sensible que se encuentra. Incluso hasta puede notar parte de su propio sabor entremezclado con el de ella por el orgasmo mutuo reciente.
No quiere que se venga, aún no, la quiere a su alrededor cuando eso pase, adora sentir la presión que ejerce sobre su m*****o cuando sus músculos se aprietan por su orgasmo. Es por eso mismo que, a pesar de sus protestas, trepa nuevamente por el cuerpo de la joven y la besa con pasión en cuanto tiene su boca al alcance, acomodándose nuevamente entre sus piernas, frotándose contra ella con la punta de su erección para lubricarse una vez más, antes de reingresar en sus apretadas y cálidas profundidades con una profunda satisfacción.
Lento, para que todo fuera mucho más intenso, los movimientos de él se hacen profundos, de impulsos fuertes que la hacen gemir con cada estocada, sintiendo sus uñas en su espalda cavarse en cada una de ellas.
-Connor...
-Shhh... Solo disfruta, ambos lo necesitamos, yo te he necesitado como no tienes idea.
Ella no contesta, solo lo besa con cada onza de sentimiento que posee en su corazón y lo acompaña en el movimiento que realiza contra su cadera, haciendo que llegue más y más profundo. Ansiosa de más, la pelinegra los hace girar sobre sí mismos y queda sentada sobre él y, apoyada sobre su pecho con ambas manos, salta sobre él mientras los dedos de él se hunden en su cadera, ayudándola en el movimiento.
Sus jadeos, de ambos, junto con el sonido de sus cuerpos chocando, el de sus pieles una contra otra, son lo único que suena en esos momentos en el lugar, haciendo que deseen el orgasmo con más ansias todavía.
Una de las manos de su prometido sube y pelliza uno de sus pezones, haciéndola gemir con mayor intensidad, para luego masajear el pecho entero, casi como si estuviera haciendo masa para pizza. Los adoraba, eran suaves, esponjosos, tan... perfectos. Su boca se acerca a él y lo chupa, mordiéndolo con cuidado al tiempo en que empuja más y más fuerte, haciendo que ambos griten estando al borde del orgasmo.
-Vamos cariño, dámelo, no te contengas, quiero escucharte, grita mi nombre.
-¡CONNOR!
No hace falta nada más para que ambos revienten, juntos explotan con el segundo orgasmo en pareja y quedan recostaos lánguidos en la cama, jadeando por la fuerza de lo que acaban de vivir.
-Jamás podría haber estado con nadie más que no hubieras sido tú, te amo desde el primer día en que te vi, aunque no me di cuenta antes. Ya lo dice el dicho, más vale tarde que nunca, ¿no?
-Eres un idiota, pero el idiota que amo.
Con cuidado, él se sale de ella y se acomodan juntos en la parte superior de la cama, él abrazándola a ella que se recuesta en su pecho, dejándole un beso en la frente.
-Podríamos casarnos el mes que viene, como tenía previsto, después de todo, la mayoría de las cosas ya están pedidas.
-Lo siento, pero puedes ir quitando eso de tu mente. El gusto de tu ex prometida es un asco y, sinceramente, nada de lo que eligió me gustó. Además, es demasiado ostentoso para mis preferencias, prefiero algo más simple, si no te importa.
-Gracias a Dios... Por algo te amo.
-¿A qué te refieres con eso?
-Pensaba igual que tú en todo lo que dijiste, mas como no me interesaba esa boda, no había dicho nada al respecto. Ésta vez sí que me interesa y, aunque secretamente esperaba que me dieras ésta respuesta, si me hubieras dicho que aceptabas lo que había elegido Natasha, habría estado bien.
-Menos mal que pensamos igual. De todas formas, ya dejemos eso para luego, ahora quiero descansar con el hombre que amo y con el que me casaré.
-Yo quiero lo mismo con la mujer que será mi esposa.
Con un beso de puro amor entre ambos, nuevamente se acomodan y se acuestan a dormir, soñando con lo que será su futuro, el que ambos estuvieron esperando por casi seis años. Mucho tiempo, ¿no?