Dante me esperó a la salida como si fuera lo más natural del mundo. No hubo mensaje previo. No hubo aviso. Estaba allí, apoyado en la verja, con la mochila colgada de un hombro y esa expresión tranquila que últimamente me desarmaba. —¿Te apetece dar una vuelta? —preguntó—. Sin prisa. Asentí. Caminamos sin rumbo fijo, hablando de cosas pequeñas. De una profesora que explicaba demasiado rápido. De una canción que sonaba siempre en la radio del coche de su padre. De nada importante… y, al mismo tiempo, de todo. Dante caminaba cerca, pero no me tocaba. Me miraba cuando hablaba, como si cada frase mereciera atención. Y yo me descubrí contándole cosas que no solía contar. Pensamientos sueltos. Dudas que nunca había puesto en voz alta. —Contigo es distinto —dijo en un momento—. No tengo que

