Salgo del edificio por la ventana por la que entré. Sí, he tenido que volver a pasar por este dichoso espacio porque si salgo por la puerta es muy probable que me vea la seguridad del lugar sin la entrada que llevan todos colgando de su cuello. Es evidente que quieren que esta sea muy visible para asegurarse de que ningún intruso se cuele como un loco para ver el desfile, también conocido como yo.
Así que me veo de nuevo con los pies colgando en el aire y con la mitad de mi cuerpo mirando el suelo de cemento que hay afuera. Me agarro como puedo a unas tuberías que hay cerca e intento no caerme de cabeza, no lo consigo.
—¡Ahhh!
Grito viendo a cámara lenta cómo mi cuerpo resbala y desciende hasta chocar contra el frío y duro suelo. Mi cabeza amortigua, llevándose una fuerte hostia. Joder, cómo duele esto. Me froto la parte dolorida con la palma de mi mano, sintiéndola algo hinchada. Genial, como este golpe me ocasione un tumor cerebral voy a demandar a todos los instaladores de ventanas por ponerlas tan altas.
—¿Te encuentras bien? —sigo tirada en el suelo, así que tengo que levantar la vista para observar a la persona que me acaba de hablar— Te has dado un buen golpe, no sé cómo no te has desmayado —se trata de un chico por la voz y la forma del cuerpo, el resto no puedo comentarlo porque va entero de n***o y tiene una capucha que no me deja apreciar mucho sus rasgos faciales.
¿Es un Ángel?
—Tengo la cabeza muy dura —hablo con mala gana por el dolor que cada vez me aumenta más.
—Ven, que te ayudo —me extiende la mano y yo se la doy por el simple hecho de que no creo que pueda levantarme sin ayuda.
—Gracias —me pongo en pie y continúo con la mano en mi cabeza.
—¿Duele?
—Mucho —suspiro algo aturdida y cayendo más en el contexto de todo esto. Estoy con un desconocido encapuchado detrás de un edificio y sin nadie a nuestro alrededor, mi parte paranoica y miedosa de activa—. ¿Eres un secuestrador?
—¿Tengo pinta de ser eso?
—Pues bastante, la verdad —apunto con mi dedo su indumentaria—. Y verte caminando por aquí solo no hace que piense mejor.
—Bueno, yo te acabo de ver salir por una ventana y caerte en el mismo sitio en el que estoy yo, puedo pensar lo mismo.
—Ya, pero lo mío tiene una explicación muy sensata.
—¿Sí? —asiento rápidamente— ¿Por qué no me la explicas mientras te llevo al hospital en mi coche?
—¿Hospital? —cómo se nota que no me conoce, yo los hospitales no los piso— No gracias, prefiero que me lleves a mi casa.
—O sea que te asustan más los hospitales que el que un desconocido te quiera meter en su coche, eres muy lógica.
—Ambos me pueden matar —me encojo de hombros.
—A ver —ríe y se quita la capucha para que le vea mejor. Veo a un chico guapo, muy muy guapo. Los ojos azules, el pelo castaño y cortito, unos labios con una forma bastante bonita y un lunar que le adorna la mejilla derecha que le da un toque tierno—. ¿Y? ¿Sigo pareciendo un desconocido que secuestra y mata a la gente?
—No, pero… —me tomo unos segundos para volver a la realidad y no quedarme babeando por su apariencia física— ¿Qué hacías por aquí y vestido de esta forma tan extraña?
—Te lo cuento mientras te llevo a tu casa. No quiero dejarte sola después del golpe que te acabas de llevar, te puedes marear o desmayar en cualquier sitio por una conmoción.
—¿En serio?
—No, o sea… —él rectifica en cuanto me pongo pálida por el miedo y la preocupación de que algo malo me ocurra— Solo es para prevenir, no digo que te vaya a pasar eso.
—¿Seguro?
—No soy médico, pero por tu manera de hablar y moverte, deduzco que es cierto que tienes la cabeza muy dura y que esto no ha sido nada —me sonríe y yo me tranquilizo, espero que esté en lo cierto—. Pese a eso, sigo queriendo llevarte a tu casa, si me lo permites.
—Pues es que yo vine con una amiga que… —miro a mi alrededor, notando que el coche de mi amiga Natalia no está en ningún lado— No está aquí.
—Avísala si quieres, no tengo prisa.
—Bueno, dame un momento —saco el móvil de mi mochila, le desbloqueo y me encuentro con varios mensajes de la traidora que me ha dejado sola.
Nat:
Nad perdona :( Me tuve que llevar el coche porque un tocapelotas de seguridad se acercó a mí y me dijo que le moviera de ahí.
¿Estás bien? ¿Conseguiste ver el desfile?
¿Te han pillado y te han llevado a la cárcel?
¿Sigues viva o te han mandado a la silla eléctrica para matarte y dejarte el pelo chamuscado?
¡CONTESTAAAA!
Me río internamente por sus palabras y preocupación, así que la respondo rápido para que se calme. Aunque seguro aquí parece muy preocupada, pero luego estará en casa tan tranquila devorando algún bollo que ha comprado por el camino.
Yo: Nat no te preocupes, ya salí del edificio. Enseguida llego a casa.
Me contesta casi al instante, puesto que ya me había dado cuenta de que estaba en línea.
Nat: Menos mal, no tendré que prostituirme para pagar el piso sola.
Yo: Esa era tu mayor preocupación?
Nat: Pues sí, porque tú estarías muerta, pero yo tengo que seguir consiguiendo dinero para vivir.
Yo: Hoy es tu día de suerte, no tienes que ir a un puticlub.
Nat: Genialll :D Entonces te espero en casa con muchas palmeritas de chocolate.
—Listo, podemos irnos —guardo el móvil y miro al chico que sigue a mi lado. Igual pensáis que estoy algo loca por aceptar que un desconocido me lleve en su coche, pero es que vivo muy lejos y no me gusta andar—. Mi amiga se llevó el coche en el que vine porque vinieron los de seguridad.
—¿Y viene a buscarte o te vienes conmigo?
—Está tirada en el sofá de nuestra casa comiendo palmeras de chocolate, creo que te toca a ti hacer de chófer.
—Perfecto, sígueme —comienza a caminar y yo le sigo de cerca por esta solitaria calle, hasta que llegamos a una esquina donde hay un coche n***o aparcado—. Ese es mi coche, sube —le abre con el típico pitidito que siempre me hace gracia y yo abro la puerta del copiloto para sentarme ahí.
—Vaya, es un buen coche —comento cuando ya estamos ambos metidos dentro de él.
—¿Sí? ¿Entiendes de coches? —gira la llave y arranca para comenzar a conducir.
—No, pero en comparación con el mío, todos son buenos.
—Eres una exagerada, seguro el tuyo tiene su parte buena.
—Sí, que es capaz de sobrevivir cientos de años, porque lo heredé de mi padre y este lo heredó de mi abuelo. No entiendo cómo ese cacharro puede seguir funcionando.
—Es bonito tener coches antiguos heredados, le da un toque familiar y diferente.
—Supongo, aunque últimamente me preocupa matarle mientras le conduzco, entre que yo soy pésima en la conducción y que él está demasiado viejo… No sé cómo seguimos vivos.
—Sois unos supervivientes —bromea mientras conduce por una carretera más conocida y no tan alejada del centro de Madrid. Este chico es demasiado agradable y simpático, me sorprende estar conversando con él como si fuésemos amigos de toda la vida—. ¿Dónde vives?
—En Madrid.
—Ya me imagino —ríe desviando la mirada de la carretera hacia mí—. Me refiero a la calle —me golpeo mentalmente por haber dicho esa estupidez, estaba un poco trabada mientras le miraba.
—Perdona, vivo en la Plaza San Andrés.
—Bien, vamos para allá —gira una rotonda y sigue conduciendo tranquilamente.
—¿Cómo te llamas?
—Pensaba que nunca me lo ibas a preguntar.
—Tú tampoco me lo has preguntado.
—Te llamas Nadia.
—¿Cómo lo sabes? —cuestiono con sorpresa— ¿No serás un acosador?
—Vas a batir el récord de la cantidad de cosas que me han llamado en menos de 1 hora.
—¿Eso es un no?
—No Nadia, no soy nada de lo que estás pensando —niega sin dejar de fijarse en la carretera. Yo, en cambio, no despego mis ojos de su perfil—. Tu nombre está en el colgante que llevas.
—Ah, cierto —sonrío recordando la cadena de plata que siempre llevo en mi cuello—. No me había dado cuenta.
—Yo soy Sergio, encantado —hasta su nombre es bonito y le pega—. Te daría la mano, pero prefiero darte dos besos cuando detenga el coche.
Dos o los que quieras.
—Encantada, Sergio —voy a dejar de mirarle, creo que ya le estoy causando algo de incomodidad.
—¿Y me vas a contar qué hacías saliendo por una ventana? Sabes que para salir de los sitios se usan las puertas, ¿no?
—Muy gracioso —ríe y me deja hablar—. En realidad quería ver el desfile de la diseñadora Chrystal Pascal… ¿La conoces?
—Un poco, sí.
—Yo la amo, es mi referente porque me encanta la moda y he estudiado diseño con el objetivo de convertirme en alguien tan famosa e influyente como ella.
—Seguro lo consigues.
—Sí, sobre todo porque la he conocido en persona —le explico con entusiasmo—. Yo no había sido invitada al desfile, así que me colé por la ventana por la que me viste salir. Allí coincidí con ella y, ¿sabes lo que pasó?
—¿Le mandó a su perro que te mordiera?
—Yo también pensaba que iba a hacer algo así, pero no —niego sonriendo ampliamente—. Vio mis diseños y me ha contratado para que trabaje con ella.
—¿De verdad? —gira la cabeza hacia mí por unos segundos— ¿Vas a trabajar con ella?
—Siiii —aplaudo y me controlo el dar saltitos de alegría—. ¿A que es genial?
—Pues sí, pero pensaba que esa señora solo contrataba a gente famosa o influyente… ¿Tú eres algo de eso? —levanta la mano tras la pregunta— O sea, no me refiero a que no parezcas alguien así, solo que por lo poco que he hablado contigo pareces alguien más… ¿Normal?
—No, tienes razón —le quito importancia a lo que dice, no me lo tomo como ofensa—. Soy una persona común y corriente, pero a ella la dije que había trabajado para varias diseñadoras y que había hecho alguna cosa de modelo.
—La mentiste —afirma.
—Sí, pero es solo para que me contrate. Después podré decirla que no era verdad, pero ya habrá visto todo el talento que tengo para el diseño de modas y me dejará quedarme aun así —digo con seguridad, seguro que pasa todo lo que he planeado en mi cabeza.
—Ojalá que sí.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Qué hacías en ese lugar y de incognito? ¿Ibas a robar?
—Secuestrador, asesino, acosador, ladrón… ¿Algo más?
Tío bueno.
—Puedes llamarme cosas a mí también para compensar.
—Por ahora te llamaría loca, habladora y... —hace una corta pausa— Linda.
—Oh, gracias.
—No hay de qué —para en un semáforo en rojo y comienza a contarme—. Estaba allí porque… Pues… Como tú, quería entrar al desfile y no me habían dejado. Así que estaba buscando alguna manera de entrar.
—¿También eres fan de Chrystal Pascal?
—Más o menos, en realidad mi jefe me mandó ir a fotografiar el desfile. Todo iba bien hasta que me di cuenta de que había perdido la entrada que había conseguido.
—Vaya, lo siento —me compadezco de él, seguro a mí me hubiese pasado algo parecido con la entrada—. No te despedirá por esto, ¿no?
—No, no va a pasar nada —acelera el coche cuando la luz verde indica que ya puede avanzar—. Al menos hice algo más entretenido que sacar fotos a unas modelos sin gracia.
—¿El qué?
—Socorrer y llevar a una chica agradable a su casa.
—Yo que tú hubiese preferido ver modelos, son mejores que yo.
—No lo creo —sonrío por sus palabras al mismo tiempo que veo que ya nos adentramos en la plaza donde vivo.
—Aparca delante del edificio azul, ahí es.
—Lo que la señorita me diga —hace lo que le indico, aparcando entre dos coches y apagando el motor para que el coche deje de rugir—. Listo, ya estás en tu casa sana y salva.
—Siento haberte llamado todas esas cosas, pero soy desconfiada y mis padres siempre me han metido ideas malas sobre gente desconocida.
—Ey, está bien —le resta importancia—. Era broma lo de antes, es normal que dudes sobre alguien que no conoces.
—¿Tú has dudado sobre mí?
—Curiosamente, no —dice sin dudar, valga la redundancia—. Me transmitiste buenas sensaciones y creo que no me he equivocado. Además, no iba a dejar a una chica herida en mitad de la calle, me daría cargo de conciencia.
—Gracias de nuevo.
—¿Cómo va el golpe? —sus ojos se posan en mi cabeza.
—Pues ya ni me acordaba de él, me has venido bien —hago como que bromeo, pero es la verdad—. No me duele.
—Me alegro, pero ponte hielo por si acaso.
—Pero el hielo está muy frío.
—Esa es la idea, el frío ayuda a bajarte la hinchazón.
—¿Puede ser un helado? También está frío y luego me le puedo comer.
—Sí, linda —asiente soltando una suave risa—. También sirve un helado.
—Mejor —me quedo en silencio observando sus ojos. Me da pena irme, estoy muy a gusto con él—. Bueno, yo… Tendría que irme.
—Sí, tú amiga te espera con una palmera de chocolate.
—Nah, ya se las habrá comido todas —agarro mi mochila y le doy una última mirada—. Eres un encanto Sergio, te agradezco todo lo que has hecho por mí.
—De nada, ha sido un placer —estoy haciendo tiempo para ver si me pide mi número de teléfono, pero se ve que no le he gustado tanto como para eso. Qué rabia—. ¿No me das dos besos de despedida?
—Ah, sí —sonrío cuando me detiene antes de que salga del coche, no puedo dejar de sonreír con él.
Me acerco a su cuerpo y pongo una mano en su hombro, la apoyo para poder besar sus dos mejillas con suavidad y lentitud. Su perfume me envuelve, un olor que me encanta y me revuelve todo el cuerpo por dentro. Su mano se apoya en mi cintura durante el poco tiempo que dura esta despedida y el contacto de sus labios en mi piel. Me quedo aturdida, mareada y un tanto exaltada por tanta cercanía, todo él me altera. Su porte tan masculino, su olor, su forma de moverse, su personalidad, su sonrisa, su cuerpo… Madre mía, qué hombre más perfecto tengo aquí al lado.
—Ya nos veremos.
—Lo dudo, pero bueno —pongo la mano en la manecilla de la puerta para abrirla.
—Cree en mí, nos volveremos a ver —frunzo el ceño cuando lo dice tan seguro. No entiendo por qué lo dice, pero ojalá esté en lo cierto.
—Adiós, Sergio.
—Adiós, Nadia.