—¿Vamos? —miro a Sergio cuando vuelve a mi lado. —¿Cómo que vamos? —Te llevo a tu casa, ya me sé la dirección. —Ah no, no me llevas —niego rotundamente mientras comenzamos a andar hacia el ascensor. —¿Por qué? —No hace falta que estés haciendo que mi chófer particular, yo puedo desplazarme sola. —¿Has venido en coche? —No, pero… —voy a dar al botón del ascensor para que se pare en nuestra planta, pero se adelanta a mi acción. —O sea, que has cogido el bus —asiento—. ¿Cuánto dinero te vas a gastar al día entre venir e irte? —Pues eso es cosa mía —entramos y pulsamos el botón del 0 para bajar en el ascensor. —Nadia, los días que no tenga prisa, puedo llevarte sin ningún problema. Sé que vives lejos de aquí y que los buses cada vez son más caros, además del tiempo que te ahorras —in

