Salón de Servicio

1870 Words
Sabrina sonreía curiosa por saber lo que pasaría a partir de aquel momento. Carlos la colocó de lado, le levantó una pierna y él se colocó en medio de las dos piernas, ella le miraba con excitación y cierta preocupación, nunca se la habían follado así. Él con tranquilidad, le apuntó de nuevo la polla en la entrada de la v****a, la penetración fue rápida, seguida y hasta el fondo, una estocada certera. El grito de placer extremo de Sabrina fue escuchado en todo el hotel, le miró a los ojos con los suyos muy abiertos, no se esperaba que al ser penetrada de esa manera le produjera tanto placer, un calambrazo de gusto le atravesó el cuerpo, esos pollazos eran muy profundos, la penetraba sin problemas ni obstáculos, estaba tan mojada que la polla resbalaba perfectamente dentro de su v****a, pero el placer que le producía cuando Carlos chocaba contra ella, teniéndola totalmente ensartada con su v***a, era tremendo. Él se movía como si estuviera cabalgando, levantaba el culo para sacarla y lo bajaba para penetrarla, con una mano le sujetaba la pierna en alto doblada por la rodilla, la otra la tenía libre para agarrarle el culo, para abrírselo, así le podía ver el agujerito y a la vez penetrarla más profundamente, o amasarle una teta, pasándole un dedo por el pezón poniéndoselo durísimo. Ella levantaba una mano, intentando pararlo, o al menos que Carlos follara más tranquilo, con menos velocidad, el gusto la estaba matando, era tan fuerte que dudaba que pudiera correrse, pero es que estaba sintiendo tanto, era como un orgasmo continuo sin llegar a explotar. Él no le hacía caso y seguía a lo suyo, sabía que Sabrina estaba disfrutando, solo había que verle la carita, como gemía, gritaba y respiraba. De pronto, le sacó la polla, la agarró por las caderas y de un tirón suave, la colocó a cuatro patas, tiró de ella para que se apoyara en las rodillas en el borde de la cama, él desde fuera, no le dio tiempo a nada a Sabrina, con la mano le levantó el coño, ella bajó la cabeza apoyándola en la cama, Carlos le metió la puntita de la polla en el coño y de un golpe, la atravesó empalándola, ella cerró los ojos, el cuerpo se le estremecía de gusto, no se podía creer que aquel hombre, el chico que le gustaba de la clase, con el que nunca pensó tener nada, solo buenas pajas por la noche, pudiera follar de aquella manera, la tenía loca. Cuando Sabrina no se lo esperaba, Carlos aflojó el ritmo, ahora se la metía de forma suave, acompasada, recreándose. Ella jadeaba, el gustito le estaba colonizando todo el cuerpo, era como un pequeño oasis en medio de un abrasador desierto, una pequeña tregua en el fervor de la batalla. Sabrina recuperaba la respiración, seguía sintiendo mucho, sentía como ese chico, su chico, hacía con ella lo que quería, jugaba en su interior, la metía, la sacaba, le daba vueltas abriéndole el coño, ella solo jadeaba y sentía, cerraba los ojos y se dejaba llevar por sus sentidos. En medio de ese momento zen, de esa pausa en la tempestad, un duro pollazo despertó a Sabrina de golpe, se le abrieron los ojos, un calambrazo de placer le recorrió la espina dorsal, haciendo que levantara la cabeza y arqueara la espalda, acabó con un grito tremendo de gusto, Carlos volvió a hacerlo, y otra vez, una vez detrás de otra la fue penetrando sin compasión, sujetándole con sus manos firmemente las caderas. En aquella situación, Sabrina no controlaba nada, todo era un placer muy intenso, como si su cuerpo no le perteneciera, le pertenecía a Carlos, Carlos hacía y deshacía lo que le daba la gana. Ella solo tenía que sentir, sentir por todo su cuerpo, dejar que la piel se le erizara, que los ojos se le pusieran en blanco, que sus manos se agarraran apretando los puños a la sabana, volver a notar el calorcito en sus mejillas sonrojadas, y como colofón, dejar que el orgasmo la abrazara, se apoderara de ella, que le invadiera su cuerpo, su mente y su alma. En ese momento de gritos de placer, de descontrol de todo su cuerpo, notó los gemidos y gruñidos de Carlos, podía sentir los disparos de semen en su coño, como la inundaban, como le salía y le resbalaba por la pierna. Y finalmente, como la polla de Carlos se iba aflojando, mientras él resoplaba y le acariciaba las caderas. Sabrina se dejó caer, apoyó su cabeza en la almohada cerrando los ojos, recuperándose. Carlos se colocó a su lado, le acariciaba la espalda. —¿Todo bien?— Le preguntó interesado por ella. —Todo perfecto.— Contestó Sabrina abriendo los ojos mirándolo. —¿Te ha gustado?— Insistía él. —¡Oye! ¿Me has follado como si estuvieras haciendo un pollo a la brasa? Primero boca arriba, después de lado y finalmente boca abajo, porque me has ido dando la vuelta. A Carlos se le escapó una carcajada tremenda, ella reía con él. —Creo que ha sido el mejor polvo de mi vida.— Le confesaba ya seria Sabrina. —¿Quieres decir? Alguno mejor tendrás por ahí guardado. Sabrina le sonreía, ni se lo confirmaba ni se lo desmentía, pero ella sabía que había sido el mejor, nada que ver con lo que había hecho antes. Había soñado muchas veces que follaba con él, que se lo pasaba muy bien, que él dominaba, pero tanto, que le hiciera disfrutar tanto a su cuerpo, ni en sueños, Carlos había superado todas sus expectativas. —¿Cómo es que follas tan bien?— Preguntaba curiosa Sabrina. —No lo sé, me sale así, yo solo intento que quien esté conmigo se lo pase bien.— Contestaba sin darle importancia Carlos. —Te aseguro que conmigo el intento te ha salido muy bien, me has hecho disfrutar mucho. —Me alegro.— Dijo Carlos acariciándole el pelo a su chica. Los dos se quedaron en silencio, incluso Sabrina cerró los ojos para dormir un poco. Carlos pensaba, él sí que sabía por qué follaba así. Recordaba cuando la vio por primera vez, su padre se la presentó, Catalina sería la nueva empleada del hogar, ella cuidaría de su hermana y de él, también limpiaría la casa. Su padre, en ese momento estaba divorciado de su madre, ocupaba el tiempo en trabajar y no disponía para ellos. Seguramente por culpa de esa falta de tiempo no calculó bien, Catalina no era la típica señora que se cuidaría de unos chicos ya con cierta edad, en cuanto la vio se enamoró de ella, le pareció una diosa, una mujer impresionantemente guapa, una chica que tendría en su casa a todas horas, viviría allí con ellos. En aquel momento pensó que como ellos ya no eran unos críos, su padre contrato a la primera chica que le pareció bien, o también podía ser, que la contratara por lo buena que estaba, igual su padre pensó que si en algún momento se le ponía a tiro se la follaría, eso nunca lo supo con seguridad. Catalina debía tener entre veinticinco y treinta años, o eso era lo que él calculó, nunca le preguntó la edad. Empezó a leer un libro, era la escusa para estar con ella en el salón cuando limpiaba, o en la terraza, o en su habitación, allí donde estaba ella, estaba él leyendo su libro. Esperando el mínimo descuido de Catalina para verle las piernas, y si tenía suerte le veía las bragas, eso desencadenaba varios acontecimientos, primero cerraba el libro, después se levantaba sin prisas, disimulando, daba varios pasos y salía corriendo para encerrarse en el baño y hacerse una paja celestial. Cuantas pajas llegó a hacerse ¡Joder! Si hubiera sido cierto, eso que le contaban los amigos de pequeño, que si se hacía muchas pajas se iba a quedar ciego, madre de Dios, ya no tendría ni ojos, se pajeaba hasta perder la cuenta de las veces que lo hacía al día, como le ponía Catalina. Cuando pasó un tiempo, pensó que eso de estar al acecho a todas horas, para verle un poquito por aquí y un poquito por allí, tenía que mejorarlo. Catalina dormía en una habitación para el servicio en la planta baja, detrás de la cocina, alejada de la parte central de la casa, ellos lo hacían en la segunda planta. Una noche cuando se fueron a dormir él y su hermana. Miró, abriendo un poco la puerta de su habitación, que se cerraran las luces de la planta baja, señal de que Catalina también se iba a dormir. Bajó las escaleras, se acercó a la cocina con cuidado, caminando de puntillas, se aseguró que todo estaba en silencio, con cuidado, abrió el seguro de la puerta de la cocina que daba a la terraza, eso permitiría dejarla abierta y poder volver a entrar por ella. Salió a la terraza, siguió caminando descalzo y de puntillas, como un vulgar ladronzuelo, un ladrón con una sola intención, robar la intimidad de Catalina. Miró la ventana de la habitación donde dormía ella, suspiró profundamente, todo el éxito de la operación dependía de un solo detalle, que la persiana de la habitación de Catalina no estuviera cerrada, y no lo estaba, calculó por la luz que salía de la habitación, que debía estar levantada unos cuatro dedos. Ese era el momento, el momento que él tendría que ser valiente, de ser capaz de acercarse y mirar dentro. Y por Júpiter que lo haría, se acercó agachado para esconderse debajo de la ventana, fue levantándose despacio, muy despacio, hasta que los ojos pudieran ver lo que pasaba dentro. El corazón le iba a mil, se tuvo que pasar las manos por los ojos un par de veces, como si así se los limpiara para ver más claro. Por fin estaba cerca, a punto de que sus ojos pasaran del límite de la ventana, lo consiguió, veía lo que pasaba dentro de la habitación de Catalina ¡Joder! Que desilusión, no había nadie, estaba vacía. Salió del cuarto de baño Catalina, los ojos de Carlos se abrieron como platos, ella se quitó los zapatos, se puso delante del espejo y deshizo el nudo de la bata por detrás, se fue desabrochando uno a uno los botones por delante, Carlos ya podía ver que el sujetador y la braguita eran de color blanco, notó como la polla se le disparó, se le puso tiesa de golpe, sin avisar ni nada. Catalina se quitó la bata, se miraba en el espejo, de frente, de lado y de espaldas mirándose el culo. Otro que miraba sin perderse detalle era Carlos, le miraba el sujetador, le transparentaba los pezones de las tetas, unos pezones muy grandes para su entender, claro que eran los primeros que veía de verdad, antes los había visto, pero en el móvil o en el ordenador cuando buscaba imágenes para masturbarse. La vista se le quedó fijada en las braguitas, transparentes a juego con el sujetador, veía el pelo n***o del coño como resaltaba de la ropa blanca.
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