Alucinante

2013 Words
Victor recorrió el pasillo, Sabrina iba detrás, cuando llegó a la puerta de salida Victor la abrió, se giró y miró a su hija que estaba en medio del pasillo mirándolo. —Dile a Carlos que lo ha hecho muy bien, ha estado calladito y casi no se nota que está en tu habitación. Yo de ti practicaría un poco más, por si otro día tienes que intentar esconderme algo, se te nota demasiado cariño. Victor se empezó a descojonar de risa viendo la cara de Sabrina, dentro de la habitación se le oía reír a Carlos. Victor cerró la puerta de entrada y se fue con una sonrisilla. * * * El verano siguió su curso, se acercaban las fechas en que Carlos había reservado la casa en Menorca. Sabrina, una mañana se levantó temprano, para desayunar con su padre. —¿Cómo es que te levantas tan temprano?— Le preguntaba Victor al verla, ella se servía café, sacaba la leche de la nevera y se acababa de llenar la taza. —Quería hablar contigo papá. —Perfecto, ya tenía yo ganas de que tuviéramos una conversación. —Me voy a Menorca, se acabó la conversación. —Que cabrona que eres ¿Eso es todo? ¿Te vas a Menorca? Sabrina reía mientras le daba un sorbo al café con leche. —Dos semanas, saldremos en avión el lunes muy pronto, Carlos a alquilado una casita, Carly y Daniel también vendrán, aunque no podrán estar las dos semanas completas, no sé que más decirte… —¿Necesitas dinero?— Preguntaba su padre. —No papá, lo que tengo ahorrado del trabajo ya me da. —Eres una gran mujer Sabrina, lástima que falles en no quererme presentar a Carlos.— Se empezaba a cachondear Victor. —No te quejes, tendrás dos semanas para vivir a tope con la folli folli.— Le seguía la cuerda Sabrina. —Dos semanas y algo más, porque cuando tú vuelvas, nosotros nos iremos ocho o diez días de vacaciones. —¿Ah sí? ¿A dónde?— Se interesaba Sabrina curiosa. —Tú me presentas a Carlos y yo te lo digo. —No cuela papá, buen intento. Sabrina se iba a levantar. —Espera, espera mujer, tómate el café conmigo, dime ¿Estás contenta con Carlos?— Sabrina arrugaba la frente, no le gustaba hablar de Carlos. Se lo confirmó moviendo la cabeza. —Me alegro, yo me cachondeo mucho, pero sabes que yo lo que quiero es que seas feliz ¿Verdad? —Ya lo sé papá, siempre me lo has dicho y lo has conseguido. —Otra cosa ¿Tienes ganas de empezar el último curso?— Seguían las preguntas de Victor. —Muchas, un año, un año y seré arquitecta, una ilusión de tantos años cumplida, si te digo la verdad, todavía no me he hecho bien a la idea, es muy fuerte. —A veces, pienso que eso de que estudiaras arquitectura, fue una ilusión más mía que tuya, tal vez hubieras sido más feliz haciendo otra cosa, tal vez de pequeña te hablé demasiado de mis ilusiones y no supe escuchar las tuyas, no sé. —No papá, la acertaste, me lo he pasado muy bien estudiando, me encantaban las asignaturas, me encanta la idea de poder crear cosas, edificios, casas, cosas así. —Siempre soñé con hacerlo yo, pero no pudo ser.— Se entristecía Victor. Sabrina puso una mano encima de la de su padre. —Papá, si saco tan buenas notas es gracias a ti, y lo sabes, me has ayudado mucho. —Bueno, ya está bien de tristezas, así que te vas de vacaciones con tu inseparable amiga Carly. —Sí, y nos lo pasaremos muy bien. —Seguro que sí. Bueno cariño, el trabajo me llama ¿No oyes a Josh gritando? Victor, Victor, ven a trabajar, que vas a llegar tardeee. Los dos reían mientras Victor se levantaba y se ponía en marcha. Carly y Daniel buscaron pasajes en barco para llegar a Menorca, los encontraron de milagro a esas alturas del verano, llegarían un día más tarde y se tendrían que ir dos antes de que lo hicieran Sabrina y Carlos. Carlos y Sabrina aterrizaron a primera hora de la mañana en Menorca, Carlos alquiló un coche para las dos semanas, así podrían visitar toda la isla. Una chica de la agencia los esperaba en la puerta de la casita, les hizo entrega de las llaves, les explicó cómo funcionaba todo y se marchó. Abrieron el ventanal del salón, salieron a la terraza, a un lado una mesa para seis personas, al otro un sofá de exterior en forma de L. Sabrina pensó que cabrían perfectamente los cuatro tomándose copas por la noche. Bajando un par de escalones, una pequeña extensión de césped con varias hamacas, una piscina, no era muy grande, pero para bañarse y quitarse el calor o hacer el gilipollas un rato valdría. Alrededor, tocando el límite del jardín, algunas plantas que lo hacía más bonito. Sabrina se abrazó a Carlos. —Está muy bien, no es tú casa, pero para mí está estupendo.— Le decía contenta Sabrina. —Para mí también está muy bien, y más estando contigo. Sabrina le miró enamorada, se besaron, un beso largo, dulce, cariñoso, ella aguantándose con las puntas de los pies, para llegar a sus labios. —Tendremos que ir de compras, no tenemos de nada.— Comentaba Sabrina. —Pues sí, no necesitaremos muchas cosas, pero habrá que ir. Fueron con el coche a un supermercado, la compra, leche, dosis para la cafetera, dos packs de veinticuatro cervezas, dos botellas de ginebra, dos de whisky y dos de chupitos, cola, tónica, garrafas de agua, dos bolsas de cubitos de hielo. —Y de comer ¿No compramos nada?— Preguntaba Sabrina. —Algo para desayunar, el almuerzo y la cena lo haremos fuera.—Contestaba Carlos. —Desde luego, parecemos alcohólicos coño.— Se reía Sabrina. —Lo importante es lo importante.— Decía Carlos, mientras agarraba un par de botellas de cava y vino. —Venga, más madera.— Se cachondeaba Sabrina. Lo colocaron todo en la casa y se fueron a almorzar, a la vuelta subieron a la habitación y se estiraron un rato para hacer la siesta. Cuando se despertó Sabrina, estaba sola. Bajó en camiseta y braguitas, tal como estaba durmiendo, buscó a Carlos, lo vio dentro de la piscina, estaba con los brazos entrelazados en el borde con la cabeza encima, con los ojos cerrados, parecía que se estaba relajando. Se dio cuenta que estaba en pelotas, se le veía el culo blanco, se quitó la camiseta y las braguitas, cogió carrerilla, dio un salto, se encogió y cayó en el agua de bomba salpicándolo todo, incluso a su objetivo que era Carlos, al entrar en el agua con fuerza, se le metió un chorro de agua por el coño. —¡Jooodeer!— Se quejaba Sabrina, mientras se colocaba bien el pelo. Carlos se había dado la vuelta mirándola. —¿Estás bien?— Le preguntaba al oír la queja. —Recuérdame, que si alguna vez me quiero hacer una buena limpieza de bajos, me tiré de bomba a una piscina en pelotas.— Reía Sabrina haciendo reír a Carlos. Se acercó a él, que estaba con la espalda apoyada en la pared de la piscina. Se besaron. —Que buenos recuerdos me trae la piscina y estar así como estamos.— Le decía Sabrina a la vez que le agarraba la polla pajeándolo. —Sí, pero en la otra piscina no me agarrabas la polla, me la ponías tiesa con los besitos y allí me dejabas. —Aquí te recompensaré.— Contestaba Sabrina poniendo cara de niña mala. Metió aire en sus pulmones, hundió la cabeza en el agua, se metió la polla en la boca y se la fue comiendo, succionando, Carlos levantaba la vista mirando el cielo del gusto. Sabrina salió de dentro del agua respirando profundamente. —Lástima que no aguanto mucho sin respirar.— Le comentaba a Carlos sin dejar de hacerle la paja. Él la besó, se giró abrazado a ella y la apoyó en la pared, le levantó las piernas para que se las cruzara por la espalda, se agarró la polla, y a la primera, como ya estaba acostumbrada Sabrina, se la metió en el coño hasta el fondo. Ella gimió de gusto, le miró a los ojos y lo besó, metiéndole en la boca su lengua. Carlos empezó a mover su cintura, penetrándola, lentamente, sintiendo cada centímetro que le metía de polla en la v****a. Ella se abrazaba al cuello de Carlos cerrando los ojos, como le gustaban aquellos inicios del polvo, con suavidad, con tranquilidad, notaba como se la metía entera y como se la sacaba dejando la puntita dentro. El cabroncete parecía que sabía el momento exacto que tenía que ir aumentando el ritmo, que le tenía que estrujar más una teta, el momento de darle un buen pollazo duro y seco que la aceleraba, le hacía abrir los ojos y gritar, el placer le subía del coño conquistándole todo el cuerpo. Gritaba y al cuerpo le daba algún espasmo, señal para ella, y para Carlos, que de un momento a otro Sabrina se iba a correr. Carlos, que a esas alturas, ya conocía las reacciones de su novia, se regulaba para correrse con ella. Y vaya si lo conseguía, se corrían los dos a la vez, gritando, gimiendo, gruñendo, un festival de sonidos sexuales. Cuando Carlos se notaba con fuerzas, seguía sin sacarle la polla, volvía a penetrarla lentamente. A Sabrina eso la volvía loca, estando sensible por haberse corrido, notar el roce de nuevo le hacía sentir mucho. La mantenía en un estado orgásmico, cerraba los ojos, se agarraba con fuerza a lo que podía, el cuello, la espalda o lo que fuera, y dejaba que le fuera subiendo un placer enorme, un gusto incontrolable para ella, hasta correrse de nuevo notando los lechazos de Carlos en su coño. Al estar dentro de la piscina, esa vez, no tuvo problemas para dejarse ir y mearse de gusto. Estuvieron un rato más, jugando, tirándose agua, ahogándose uno al otro, metiéndose mano, tocándose el culo y lo que hiciera falta. Cuando se cansaron, se ducharon y salieron a cenar. Durante la cena, Sabrina llamó a Carly, le dijo que ya estaban en el barco de camino, a las dos amigas se les notaba ilusión por las vacaciones. —Ha pasado alguna vez, que durante un día, no os hayáis visto o llamado.— Preguntaba Carlos. —No lo recuerdo, sin contar esos días que Carly estaba encapullada, aún así yo sí que la llamaba. —Es que lo vuestro es tremendo. —De pequeñas, cuando sus padres se iban de vacaciones al pueblo, me llevaban con ellos, cuando las vacaciones las tenía mi padre, si íbamos algún sitio unos días, ella venía con nosotros. —Lo vuestro es la hostia, yo alucino. —¿Quieres que te cuente algo?— Le preguntaba Sabrina. —¡Uy! Cuidado que te conozco.— Reía Carlos. —No, no, en serio. Mi padre conoció a Josh, el padre de Carly, en el trabajo, en la obra. Nosotras teníamos meses, ella es dos meses mayor que yo, éramos bebés. Pues Josh, le dijo a mi padre que ellos paseaban a su niña por un parque, que si quería me podía llevar a mí y pasearnos juntas. Nos dieron un paseo en el carrito claro, supongo que cuando ellos se cansaron se pararon en una sombra, colocaron los carritos juntos, y nosotras.— Sabrina se reía de pensarlo.— Nos miramos y nos agarramos de la manita, así estuvimos durante mucho tiempo. —No me lo puedo creer.— Se le notaba sorprendido a Carlos. —Te lo prometo, a nosotras nos lo han contado claro, éramos demasiado pequeñas para acordarnos. La madre de Carly, todavía nos lo recuerda de vez en cuando. —Increíble.— Opinaba Carlos.
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