A Víctor lo llevó su amiga en su coche de vacaciones a la casa de sus padres, de una carretera secundaria salía un camino de tierra muy recto, flanqueado por muchos árboles, que llegaba a una explanada donde estaba la casa, una casa grande de campo, rodeada de grandes extensiones de cultivo.
Los recibieron los padres, Paco y Antonia, una adorable pareja de jubilados. Después de los saludos y las preguntas habituales en estos casos ¿Cómo ha ido el viaje? ¿Estáis cansados? Etc. Le enseñaron la casa a Víctor, la planta baja la presidía un gran salón comedor y la cocina, por un pasillo se accedía a la habitación de los padres, porque así se ahorraban de estar subiendo y bajando escaleras de la segunda planta, le dijeron. En la segunda planta había varias habitaciones, la mayoría llenas de trastos, al final de todo, en el lado opuesto a donde tenían la habitación los padres, Antonia abrió la puerta de la alcoba de su hija.
—Aquí la tienes nena, limpita y preparada, la preparé ayer mismo.— Les decía su madre.
—Estaba que no vivía pensando en que llegabais los dos.— Precisaba el padre.
—¡Hombre! No nos trae la niña al novio cada día.
—Mama que ya tengo una edad.
—Eres muy joven niña, y tú novio muy guapo, me gusta.
Decía la madre caminando por el pasillo.
—Acomodaros y descansar si queréis, estaremos abajo. La tía Pepi te vendrá a ver.— Les decía su padre, caminando después detrás de su mujer.
Colocaron la ropa de las bolsas en los armarios y cajones, Víctor se estiró en la cama.
—No te estires todavía, mi tía seguro que ya está abajo.— Aseguraba la amiga.
—¿Quieres decir? Si acabamos de llegar.— Se extrañaba Víctor.
—No sabes lo rápida que es esa mujer cuando le interesa, con lo cotilla que es debía de estar nerviosa y todo.— Víctor reía.
Y justamente al bajar, la madre estaba hablando con su hermana. Los miraron las dos con una sonrisa.
—Pues sí que es guapo el chico sí.— Le decía Pepi a su hermana, mientras se acercaba a ellos.
La amiga abrió los brazos para abrazar y saludar a su tía, Pepi se fue directamente a Víctor, abrazándolo y besándolo, dejando a su sobrina con los brazos abiertos en el aire.— Víctor se aguantaba la risa.
—¿Qué tía? ¿A mí no me vas a decir nada?— Se quejaba la Folli Folli.
—Por una vez que viene por aquí un hombre joven, déjame disfrutarlo mujer.
—Madre mía, como estáis por el pueblo.
Le decía a su tía abrazándola.
—Ayer hablé con tus primas, me dijeron que te diera muchos besos.
—Devuélveselos cuando hables con ellas.
—¿Llevas mucho tiempo con tú novio?— Preguntaba Pepi.
—Ya tendrás tiempo de hacer la cotilla hermana, déjalos descansar que acaban de llegar.— Cortó la conversación Antonia.
Pepi se despidió y se marchó. Les hicieron sentarse en una mesa muy grande del comedor, el padre sacó varios embutidos, pan y una jarra con vino. La madre puso en la mesa cuatro vasos, platos y algunos cubiertos. Se sentaron los padres.
—Prueba este vino, seguro que te gusta, se lo compramos a un vecino.— Le explicaba el padre a Víctor.
—Se lo traen en barricas, no se van a acabar el vino que tienen guardado en la vida.— Reía diciéndolo la Folli Folli.
—Comer, comer, seguro que tendréis hambre del viaje, después descansáis un rato ¿Ya habéis pensado que haréis por aquí?— Les hablaba la madre.
—Si mama, mañana iremos a la playa, bueno, casi cada día iremos, tomaremos el sol y nos bañaremos, comeremos algo en el chiringuito y volveremos por la tarde noche, no nos verás mucho por aquí.— Les explicaba su hija.
—Sabéis una cosa, yo no he ido a la playa en mi vida, la he visto, eso sí, pero bañarme, no lo he hecho nunca.— Explicaba el padre orgulloso.
—¿Cómo es eso? La tenéis muy cerca.— Se interesaba Víctor.
—Por que cuando queríamos bañarnos nos íbamos a la balsa, donde guardamos el agua para el riego de los campos…
—Ya sabe lo que es una balsa papa, es de ciudad pero no es tonto.
—Pues eso, allí nos bañábamos, a que sí Antonia.— La madre confirmaba con la cabeza.— Y en pelotas, ahora os creéis muy modernos, pero en nuestros tiempos ya nos bañábamos como Dios nos trajo al mundo.
—Eso no hace falta que lo expliques Paco.
Le llamaba la atención Antonia a su marido.
—No te hagas la estrecha ahora Antonia, anda que no habíamos follado en la balsa.
—¡Paco coño! Quieres cerrar la boca, ya chocheas ¡Eh!
Su hija y Víctor se partían de risa.
—Mira niña, yo pondría la mano en el fuego de que te hicimos allí.
—A ti te voy a hacer una cara nueva como no te calles ya.— Le amenazaba Antonia, los demás reían.
Descansaron y pasaron el resto del día en familia. El día siguiente salieron preparados para ir a la playa, se despidieron de los padres y se subieron al coche. Ella conducía.
—Todos esos campos eran de mi familia, el hermano mayor de mi padre murió hace años, vivía allí, en aquella casa.— Le señalaba con el dedo, una casa grande en medio de los campos.— Al morir, la familia se lo vendió todo a una empresa y se fueron del pueblo, no tienen buena relación con mi padre, por lo visto mi padre quería comprar la parte de su hermano, pero los hijos por ganar cuatro perras más se lo vendieron a la empresa. Desde entonces que no se hablan, al final, mi padre para poder jubilarse, también les vendió su parte a la empresa, se quedaron con la casa y vendieron todos los campos. Con lo que le pagaron y lo poco que cobran de pensión, viven como quieren.
—Cosas de los pueblos ¿Y tú tía Pepi?
Preguntaba Víctor.
—Es la hermana de mi madre, se quedó viuda hace unos años, tiene dos hijas, mis primas, una se fue a trabajar a Barcelona, conoció a un catalán y allí sigue con familia. Fuimos a la boda, la verdad es que nos trataron muy bien, el marido y su familia parecían muy buenas personas. La otra no sabía qué hacer, acabó viajando a Alemania, en principio de vacaciones, pero mira, pescó un alemán y no ha vuelto la tía, ni sabemos nada de ella, solo habla con su madre de vez en cuando.
Los dos reían en el coche.
Pasaron un buen día en la playa, comieron en el chiringuito y por la tarde volvieron al caserón. Dejaron la bolsa de la playa en su habitación y se metieron en el cuarto de baño para ducharse, un cuarto de baño que estaba en el pasillo, las cosas que pasan en las casas viejas. La Folli Folli se quitó el bikini, mirándose en el espejo las marcas del sol, Víctor se quitó el bañador, se acercó a ella por detrás y le agarró las tetas.
—Tendrías que tomar el sol en tetas, así no te quedarían marcas.— Le decía mientras se las amasaba y le besaba el cuello.
—Pues no te digo que no.— Respondía ella girando el cuello, para que se lo pudiera besar bien, cerraba los ojos, Víctor la estaba excitando.
Le dio la vuelta y la apoyó contra la pared, le acarició un rato el chichi, ella separó los pies para que pudiera hacerlo bien, los dedos de Víctor se movían por su coño, ella cerraba los ojos del gustirrinín, a la vez le hacía una paja a él. Cuando Víctor notó que se le había mojado el coño lo suficiente, se agarró la polla, se agachó un poco para colocarla debajo de la entrada de la v****a, la apuntó en el agujerito, y se levantó de golpe clavándosela hasta lo más profundo. Ella gritó intentando apagar el sonido, el gruñó sin preocuparse de que los pudieran oír, siguió penetrándola, con movimientos de cintura certeros y precisos, ella se agarraba con los brazos en el cuello de Víctor, él le sujetaba una pierna para abrírsela y con la otra mano le agarraba del culo, hasta que se mojó un dedo y se lo metió dentro, ella se sintió penetrada por delante y por detrás, gritó sin complejos. Víctor siguió follándola por los dos agujeros con ganas, hasta que se corrió la folli folli, haciendo honor al apodo que le había puesto Sabrina había follado de maravilla, o mejor dicho, se la habían follado, y se corría, se corría tan fuerte que Víctor tenía que sujetarla para que no se cayera al suelo. Cuando acabó se arrodilló, le agarró la polla a Víctor y se la empezó a chupar y succionar, con tantas ganas que él pensaba que se iba a correr al momento, y no se equivocó, no tardó nada en empezar a lanzarle lechazos en la cara, en la boca, en los ojos, en todo lo que se le puso por delante.
Víctor acabó jadeando, ella sonriendo, pensando cómo debía tener la cara llena de semen. Se ducharon juntos, se vistieron y bajaron a la planta baja, el matrimonio estaba en la cocina preparando la cena.
—Hola pareja.— Saludó la madre.
—¿Os lo habéis pasado bien?— Preguntó el padre.
Ellos se miraron, Víctor sonreía.
—¿Se ha oído algo?— Preguntó preocupada ella.
—No, pero tú padre ya se ha enterado por ti misma, desde luego Paco cada día estás peor.— Le reprochaba su mujer. Paco reía poniendo cara de malote.
—Yo te preguntaba por la playa hija.— Se defendía el padre riendo.
—Papa, muy mal ¡Eh! Muy mal.