Sabrina entró en su casa, dejó la bolsa de la piscina en su habitación y dando saltitos fue hasta el cajón del comedor, sacó una de las tarjetas que había dejado Victor del hotel y marcó el número de teléfono en su móvil. No tardó mucho en llegar su padre del trabajo, ella estaba en la cocina bebiendo agua, todavía no se había duchado después de la piscina.
—¡Cariño! Que morenita y que guapa estás.
—He ido a la piscina hasta hace muy poco, con Carly.
—¿Solo con Carly?— Preguntaba su padre.
—Sí, sí, solo con Carly ¿Por qué lo preguntas?— Victor notó que su hija se ponía nerviosa.
—Hija mía, que mal se te da mentir, nunca has sabido. Cuando eras pequeña te las enganchaba todas.
—Es que me hablas así y me pones nerviosa…
—¿Has ido con el noviete ese que tienes?— Él seguía presionando.
—He reservado la semana que viene en el hotel que me aconsejaste.— Intentaba Sabrina cambiar de conversación, se daba cuenta que no controlaba.
—¿Qué hotel?
—El de la montaña papá, ese hotelito que tanto te gustó, no te hagas el despistado.
—¡Ah! Muy bien, es muy bonito y romántico, pero no sé si está bien para ir sola.
—No voy a ir sola papá.— Respondía Sabrina más nerviosa.
—Pues yo no puedo pedir días de vacaciones, y si vas con Carly te aseguro que tampoco tiene gracia estar en ese hotel.— Se cachondeaba Victor.
—Iré con Carlos papá… ¡Coño!— Acabó la frase y se puso las manos tapándose la boca, se acababa de dar cuenta que había metido la pata diciendo su nombre.
—Así que se llama Carlos, ya tengo un dato de vital importancia.
Victor se partía de risa, de ver a su hija colorada como un tomate, con los ojos abiertos como platos y las manos en la boca. Ella empezó a andar en dirección a su habitación.
—Sabrina, Sabrina.— La llamaba su padre, antes de que desapareciera por el pasillo.
—¿Qué quieres papá?— Contestó molesta girándose.
—Lo pasarás muy bien, es muy bonito todo aquello.— Le decía en modo de reconciliación. Sabrina suavizó el gesto.
—Gracias papá, seguro que estará muy bien.
Se miraron con cariño, ella empezó a adentrarse en el pasillo que llevaba a su habitación, entonces escuchó la voz de su padre desde el comedor.
—Y Carlos seguro que se lo pasará bomba.
—¡Papá joder!— Gritaba Sabrina mientras Victor se descojonaba de risa.
Sabrina salió con ropa, atravesó el comedor y se metió en el cuarto de baño, Victor la vio pasar de refilón. Al rato salió duchada y en chándal, volvía a su habitación.
—¿Vas a salir cariño?
—A ti no te cuento nada, que cotilla es mi padre por Dios.— Se le oía a Sabrina por el pasillo. Victor se volvía a reír solo mirando la televisión.
Sabrina se secó el pelo, escogió minuciosamente la ropa que se iba a poner para cenar con Carlos. Me ha dicho que será un buen restaurante, eso quiere decir caro, pensaba ella para escoger su ropa. Este vestido hace tiempo que no me lo pongo, creo que será perfecto para la ocasión, es bonito, discreto y no me queda nada mal, se decía a si misma mirándose en el espejo. Escogió un tanga de color clarito, uno más oscuro se le podía transparentar un poco según la luz, miró los sujetadores, pero por la forma del vestido le quedaría mejor si no se lo ponía, así que sujetador fuera. Entre acabar de escoger los detalles, el bolso, los zapatos, pintarse las uñas y ligeramente la cara para no parecer una puerta, tardó en salir de su habitación casi dos horas.
Victor estaba en la cocina, mirando en la nevera que podía hacer para cenar aquella noche, giró la cabeza al notar una presencia, vio a Sabrina y se incorporó de golpe cerrando la nevera.
—¡Madre del amor hermoso! Que hija tengo ¿Te han invitado a la gala de los Goya y yo no me he enterado?
—Papá… no te pases.
—¿Que no me pase? Estás guapísima ¡Oye! Para estar conmigo nunca te has puesto así.
—¡Papá ya está bien!
—Lo siento, es que no estoy acostumbrado a ver a mi hija vestida de esa manera. Y supongo que no lo has hecho para cenar aquí conmigo.
—Muy bien, premio, voy a cenar fuera.
—Está clarísimo ¿Y vas con… con…?
—¡Ja! De eso nada, no pienso decírtelo.
Victor reía, ella miraba la hora en el reloj.
—Me voy papá, no te beso para no estropearme el maquillaje.
—Claro, claro, tu tranquila, y no beses a nadie ¡Eh! Para no estropearte el maquillaje.
Sabrina hizo un gesto con la cabeza, como dando por imposible a su padre, caminó por el pasillo hasta la salida, abrió la puerta, se paró y prestó atención.
—Saluda a algunos actores famosos en la gala, acuérdate, y si tienes tiempo les pides un autógrafo para tu padre.
Soltó una carcajada y salió a la calle, sabía que su padre alguna coletilla tenía que decir antes de que se fuera, como siempre. Caminó hasta la esquina y volvió a mirar el reloj, levantó la vista y vio el coche de Carlos aparecer, sonrió pensando en la puntualidad del chico. Carlos la vio en la esquina, para verla mejor no se le ocurrió otra cosa que poner las luces largas del coche, las luces hicieron que el vestido se le transparentara, a Carlos se le levantaron las cejas y se le abrieron los ojos como platos, que cuerpazo tenía Sabrina debajo del vestido, quitó las luces largas rápidamente y llegó a su lado. Sabrina abrió la puerta del coche y se sentó.
—¡Qué chaval! Te has enterado de todo ¿No?
—¿Enterarme? No sé a qué te refieres.— Intentaba disimular Carlos.
—¿No sabes a qué me refiero? Menudo sinvergüenza estás hecho.
Carlos se sonrojaba, Sabrina le daba un piquito en los labios, después le limpiaba el poco carmín que le dejó. Se fijó en cómo iba vestido, pantalones finos de lino, camisa blanca con el último botón del cuello abierto y una americana deportiva por encima.
—Chico, te has puesto muy guapo.
—Tú sí que estás guapa, cada día me sorprendes más.
Carlos iniciaba la marcha con el coche.
—¿A dónde me llevas? ¿No será a la gala de los Goya?— Carlos se giró mirándola sorprendido.
—¿Pero qué dices Sabrina?
—Nada, nada, cosas mías.
Le respondía partiéndose de risa pensando en su padre, mientras Carlos la miraba como si hubiera perdido la razón.
—Tranquilo que estoy bien, es una broma que me ha hecho mi padre al verme vestida así.— Carlos suspiró tranquilizándose.
Carlos atravesó la ciudad, la llevó a un restaurante de la parte ‘pija’, un palacete convertido en restaurante, entró con el coche en el jardín.
—Carlos, yo no he estado nunca en un sitio como este, parece muy fino.— Le decía preocupada Sabrina.
—No te preocupes, lo pasaremos bien, ya verás.— La tranquilizaba Carlos.
Salieron del coche, un chico uniformado se les acercó, Carlos le entregó las llaves del coche y el chico se lo llevó.
—Cuando salgamos ¿Te devuelven el coche o se lo has regalado?— Bromeaba Sabrina haciendo que los dos rieran.
—Creo que me lo devolverán de otro color, aprovechan que nosotros cenamos para pintarlo, es un buen servicio el de este restaurante.
Entraron los dos riendo al palacete, Carlos se dirigió a una chica muy mona que había detrás de un atril, le dio su nombre y la chica, con una sonrisa que parecía que le habían dibujado en la cara, por poca movilidad de los labios y falsa, los acompañó amablemente hasta el pequeño reservado que había escogido Carlos, no era un sitio cerrado, simplemente quedaba resguardado por algunas estanterías, donde habían puesto botellas de vino y algunas tonterías más, cosas de estos sitios para pijos, pensó Sabrina, mientras, la chica de la sonrisa falsa la ayudaba a acomodarse en la silla. Carlos la veía mirando la estantería mientras también se sentaba. La chica le dijo a Carlos que pronto vendrían a atenderles.
—Si miras al otro lado verás algo más interesante.— Sabrina giró la cabeza, vio un ventanal muy grande delante de la mesa, con vistas a toda la ciudad.
—Se ve toda la ciudad, mi casa debe estar por…— Señalaba con el dedo apuntando a las luces encendidas de las calles.— ¡Joder! Si casi no se ve la zona ¡Uy! Perdona, supongo que un sitio como este no queda nada fino hablar así.— Se disculpaba Sabrina.
—Habla como te salga del coño cariño, tienes el mismo derecho que cualquiera que esté aquí.
Sabrina le sonreía, le encantaban esos detalles de Carlos. Apareció el jefe de sala, los saludó muy educado y les entregó la carta, primero a ella y después a Carlos, abriéndola antes para que la vieran por la primera página. No se cansará mucho esta gente, les ponen hasta la carta en las narices y ya abierta, para que solo tengan que leer, desde luego, pensaba Sabrina.
—Carlos cariño, no tengo ni idea de los platos que hay aquí.— Se quejaba Sabrina pasando páginas de la carta.
—Tranquila ¿Quieres que escoja yo? Estoy seguro que te gustará.— Se ofrecía amablemente Carlos.
—Mejor, yo escogería cualquier cosa al azar.
A esa hora, Carly y Daniel estaban en el coche, los dos desnudos, ella se acababa de subir encima de él, se había metido su polla con el condón puesto en el coño, empezando con los primeros movimientos suaves.
—Tengo una sorpresa para ti.— Le decía con misterio Carly a Daniel.
—Ahora me tienes que hablar de una sorpresa.— Contestaba Daniel excitado.
—Es que tiene que ver con lo que estamos haciendo.
—¿Tiene que ver con que me estás follando? ¿Es así?
—Sí ¿Te gusta? ¿Te lo pasas bien?
—Claro que me lo paso bien ¿Qué mierda de pregunta es esa?— Se quejaba Daniel. Carly sonreía.