Levantó el culo sacándose la polla del coño, le agarró el condón y se lo quitó, antes que Daniel pudiera reaccionar, le había agarrado la polla y se la había vuelto a meter. Los dos gimieron del gusto, nunca habían follado piel con piel, siempre con el condón por el medio.
—¿Qué haces Carly?— Preguntaba sorprendido Daniel.
—Hace poco más de un mes fui al ginecólogo, le pedí anticonceptivos, hoy me ha dado luz verde para follar a pelo ¿Te gusta?
Le decía Carly mientras se movía encima de él, notando en las paredes del coño la presión de la polla dura y gorda de Daniel.
—¡Joder! Eso sí que es una buena noticia, me encanta.— Hablaba Daniel entrecortándose las palabras por el gusto.
Carly se aceleraba, a follar de aquella manera no estaba acostumbrada, sentía mucho más, no sabía si era por la novedad, o es que realmente se sentía más al hacerlo sin condón. Fuera como fuera, se lo estaba pasando de puta madre, y por lo que veía de Daniel, tampoco se lo estaba pasando nada mal, gemía y gruñía agarrándose a sus caderas firmemente. Notaba que el orgasmo se le venía encima, se agarró con fuerza a los pectorales de su novio, este la miraba fijamente, sabía que Carly estaba a punto de correrse. Empezó a gritar de gusto, el coño se le mojó tanto que sorprendió a Daniel, y a ella misma. Cuando acabó miró fijamente a su novio, en la cara se le podía notar el pedazo de orgasmo que acababa de tener.
Daniel se dio la vuelta con ella encima, le levantó y abrió las piernas todo lo que le daban de si, se agarró la polla y le colocó la punta en la entrada de la v****a. Le miró a los ojos a Carly, ella con un gesto de la cabeza le confirmó lo que él quería hacer, le pegó un pollazo empotrándola contra el asiento del coche, metiéndosela de un golpe hasta el fondo, que la arrastró varios centímetros por encima del asiento. Carly soltó un alarido de gusto poniendo los ojos en blanco, Daniel se volvía loco follándola, penetrándola sin descanso, empalándola una vez detrás de otra totalmente enloquecido. Ella no paraba de gritar, se agarraba donde podía con fuerza, para aguantar tanto placer que estaba sintiendo. Me voy a correr, gritó un par de veces Carly, Daniel la avisó que él también estaba a punto. Lléname el coño de leche mi amor, esas palabras de Carly desencadenaron el orgasmo de los dos, ella se retorcía, se tensaba, cerraba y abría los ojos sin parar, se corría de forma espectacular. Él gruñía, mirando como su polla entraba y salía del coño de Carly totalmente mojada por sus flujos vaginales, tuvo una corrida bestial, no se acordaba de haberse corrido tanto y con tanta fuerza. Carly notaba los disparos de semen de su amante cuando le entraban en el coño, eso le alargaba el orgasmo, Daniel al verla a ella se excitaba más y más se corría. Finalmente quedaron los dos exhaustos, jadeando, mirándose el uno al otro.
—¡Hostia Daniel! Si la sacas así, va a ser un espectáculo lo que va a salir de ahí dentro.
Él reía estirando el brazo, para alcanzar unos cuantos pañuelos de papel que le entregó a Carly, ella se acercó los pañuelos al coño, Daniel se la sacó y ella lo taponó para que no se escapara nada. Les entró un ataque de risa.
Sabrina y Carlos estaban tomándose los postres.
—Esto está buenísimo, en realidad toda la cena ha estado muy buena, un poco escasos de comida los platos, pero bueno, que le vamos a hacer, entre el primero, el segundo y el postre no me puedo quejar.— Se cachondeaba Sabrina.
—Y del vino ¿No vas a decir nada?— La incitaba a opinar Carlos.
—Eeeeh, bien, uno blanco para el primer plato, uno tinto para el segundo y champán francés para el postre, no está mal la verdad.
—A que está bien cenar así.
—No quiero ni imaginarme lo que te va a costar esta cena…
—De eso no te preocupes, ni opines, ya te lo he dicho esta mañana en la piscina.
—Vale, vale.— Se disculpaba Sabrina, levantando las manos en son de paz.
—Y ahora iremos a tomarnos una copa.
—Que bien ¿Dónde?
Carlos la agarró de una mano, la ayudó a levantarse de la mesa y ella lo acompañó, pasaron por un pasillo, Carlos llamó un ascensor, les llevó directamente a la azotea del palacete. Sabrina no se creía lo que estaba viendo, un chill out impresionante, decorado con sillones y cojines por todas partes, luces de diferentes intensidades le daba un aspecto inmejorable, por no hablar de la decoración, diferentes figuras de budas, cañas de bambú, Sabrina no sabía dónde mirar. Carlos estiró de ella que estaba ensimismada mirándolo todo, se sentaron en uno sillones con cojines, con unas vistas a la ciudad perfectas.
—¿Gin tonic?— Le preguntó a Sabrina, ella se lo confirmó.
Le hizo un gesto al camarero, este se acercó rápidamente, Carlos le pidió dos gin tonics, Sabrina miraba la carta de bebidas.
—No me puedo creer lo que vale aquí un gin tonic, tú sabes el beneficio que le sacan a cada copa, esto es casi indecente.— Se sorprendía Sabrina.
—Tienen que ganarse la vida.— Opinaba Carlos.
—¿Ganarse la vida? ¡Joder! No me extraña que tengan el palacete que tienen, con estos precios ya lo podrán mantener ya.
Carlos reía, entendía que alguien como Sabrina no estaba acostumbrada a lugares como aquel, por eso le hacía ilusión que ella lo viera, para que conociera una pequeña parte de su vida. Se fueron tomando las bebidas, cuando les quedaban unos dos dedos para acabárselas.
—¿Quieres otro?— Le preguntaba a Sabrina.
—No, creo que ya estoy bien.— A ella le sabía mal que Carlos pagara lo que le cobraban por cada copa.
—¿Estás cansada?— Se preocupaba Carlos por ella.
—¡Uy sí! Me has traído aquí en coche, se lo has regalado a aquel chico del uniforme.— Se le escapaba una risilla de la broma.— Nos han acompañado a la mesa, me han ayudado a sentarme, como si yo no pudiera hacerlo sola.— Se le escapaba la risa a Carlos.— Después me han dado la carta, ya abierta claro, no sea que me dé un tirón al abrirla y me lesione.— Reían los dos.— Nos han servido los platos, las copas, se ve que levantar una botella de vino es muy peligroso, por eso no te dejan hacerlo. Y para acabar hemos subido hasta aquí, pero no por las escaleras no, en ascensor, que no sea que subiendo las escaleras se te salga un hueso de sitio o algo. Y una vez llegamos aquí, nos sentamos en un sillón que parece el del Sultán de Persia, aquí se está en la gloria ¿Cómo quieres que esté cansada guapo? Si no me han dejado hacer nada coño.
—Dos gin tonics más.— Le gritó Carlos al camarero. Los dos se partían de risa.
Carly y Daniel descansaban del polvazo, Carly apoyaba la cabeza en el hombro de él, a la vez le acariciaba el pecho.
—¿Cómo les va a Sabrina y Carlos?— Preguntaba Daniel.
—Les va bien, esta noche han quedado para cenar.
—¡Ja! A cenar y a pegar un buen polvo después.
—De eso nada Daniel.
—¿Cómo que de eso nada?— Se sorprendía Daniel, levantado la cabeza para mirar a Carly.
—Yo que sé, yo ya se lo he dicho mil veces a Sabrina, pero no hay manera, no follan cariño. Muchos besitos y se matan a pajas, eso hacen.
—¡Anda ya!— Daniel no se lo creía.
—Creo que Sabrina busca hacerlo de una manera especial, la semana que viene se van juntos a un hotel de vacaciones.
—¡Hostia! Pues como el chaval sea un puto desastre follando, que semanita le espera a Sabrina.
—No te preocupes, si Carlos no tiene práctica, Sabrina le va a enseñar, ya te digo yo que van a follar y bien.
—Pues se van a hartar de follar esos dos.
—Tú no te puedes quejar mi vida, follas cuando te da la gana como te da la gana.
—No, no, yo no me quejo, yo ya voy bien servido.— Decía contento Daniel.
—Por cierto, tenemos que salir a cenar un día los cuatro. Cuando nos reconciliamos se lo dije a Sabrina para celebrarlo y todavía no lo hemos hecho.
—Queda con ellos cuando quieras.— Remató Daniel.
Carlos llegó con Sabrina a la esquina de su casa, ella se giró en el asiento, le pasó los brazos por el cuello a Carlos y lo besó.
—Parece que el servicio de pintura no funcionaba hoy, te lo han devuelto igual. Muchas gracias por invitarme Carlos, nunca había estado en un lugar así, me ha gustado la experiencia.— Le decía Sabrina agradecida.
—No me tienes que dar las gracias, podemos volver cuando quieras.
—No, no, que dices, con esos precios por Dios.
Carlos le acarició la barbilla, acercó sus labios y se morrearon de lo lindo, las lenguas se volvían locas en la boca del otro.
—Te llevaré cada vez que a mí me dé la gana.
Sabrina le sonreía en silencio, cuando le hablaba así se quedaba callada, mirándolo, admirando su carácter.