Emma necesita un esposo para Navidad
Esta noche, el aroma a pavo asado para la cena de acción de gracias llenaba la casa, mezclándose con el perfume de los pinos decorados y el sonido de los villancicos.
Emma observaba desde la cocina cómo su familia se aglomeraba en el salón, charlando y riendo entre brindis y abrazos.
Era la única que aún no había aparecido para brindar, pero no porque estuviera ocupada, sino porque prefería quedarse un rato más en la cocina.
Con 37 años, Emma había aprendido a lidiar con los comentarios sobre su vida amorosa o, mejor dicho, la falta de ella.
Pero cada Navidad, los cuchicheos y las miradas de lástima parecían multiplicarse. Este año, sin embargo, Emma se había jurado no perder la paciencia.
Aún así, al entrar al salón y ver a sus tías observándola con compasión y sus primos riendo por lo bajo, sintió el primer tirón en su temple.
No bien cruzó la puerta, su prima Sofía recién casada y encantada de hacerlo notar fue la primera en dar el comentario del año:
—Ay, Em, siempre me pregunto… ¿por qué será que te niegas tanto a buscar un hombre? Mira que si no lo haces ya, se te va a ir el tren.
Emma la miró en silencio, mordiéndose la lengua para no soltar una respuesta sarcástica. Sofía siempre había sido la “perfecta”. De esas personas que nunca olvidan recordarle a los demás sus errores o “fallas”.
—No estoy interesada en tomar el primer tren que pase, Sofía —respondió Emma con una sonrisa forzada—. Prefiero esperar a que llegue uno con destino a algo que valga la pena.
La respuesta provocó un incómodo silencio. Las miradas de la familia se posaron en Emma con esa mezcla de lástima y desdén. Pero, antes de que pudiera retirarse a la cocina, su madre intervino con su típica y demoledora sinceridad.
—Emma, mi amor, ¿no estás cansada de estar sola? Sabes que todos queremos verte feliz, pero la felicidad también se comparte con alguien, hija —le dijo, tomando sus manos—. Por lo menos, inténtalo este año.
Emma respiró profundamente, queriendo encontrar la paciencia que había jurado tener. Pero la mezcla de lástima, presión y las risas en la mesa empezaban a desgastarla.
—Bueno, pues, ¡que me traigan un esposo de Navidad! —soltó Emma, medio en broma, medio en serio. Su madre, en vez de reír, la miró con algo de pena.
—Lo dices en broma, pero… hija, a veces parece que prefieres estar sola y vivir encerrada en tus cosas de Navidad.
Emma sentía que cada palabra era un ladrillo más que la aplastaba. Quiso responder, quiso gritar que no tenía nada de malo esperar al hombre correcto, pero decidió no darles el gusto.
—Ya sé que todos piensan que soy una solterona regañona —murmuró Emma mientras miraba a su madre—. Pero prefiero eso a conformarme con alguien que no me quiera.
La familia guardó silencio, y Emma se dio media vuelta. Cuando se encerró en la cocina, suspiró con fuerza, deseando que aquella noche pasara rápido y, de ser posible, que alguien le probara que su familia estaba equivocada.
¿Era mucho pedir un milagro de Navidad?
Emma se levantó al día siguiente más tarde de lo que había planeado. La cena familiar la había dejado agotada, y el sabor amargo de los comentarios aún le pesaba en la boca.
Decidió empezar el día con su rutina favorita: una visita a la tienda navideña de la ciudad, un lugar mágico y pequeño donde compraba adornos cada diciembre.
Llegó a la tienda, ya decorada con luces parpadeantes y coronas de pino, y se sumergió en el pasillo de las esferas.
Perdida en la búsqueda de la esfera perfecta para añadir a su colección, estiró la mano hacia una bola dorada cuando, de repente, otra mano hizo lo mismo.
—Disculpa, la vi primero —dijo con una sonrisa tensa, sin levantar la vista.
—Bueno, parece que ambos tenemos buen gusto —respondió una voz masculina, con un tono que Emma encontró irritantemente seguro de sí mismo.
Ella alzó la vista y se encontró con un hombre alto, de unos 38 años, con el cabello oscuro y una sonrisa arrogante que, de alguna manera, la descolocó. Él sostenía la esfera con una mano firme, pero al ver la expresión de Emma, su sonrisa se desvaneció un poco.
—Mira, me encantaría que esta discusión navideña se resolviera de forma pacífica, pero yo realmente necesito esa esfera —dijo Emma, intentando mantener la calma y el orgullo al mismo tiempo.
—¿”Necesitar” una esfera? —replicó él, arqueando una ceja, con un toque de burla en su voz—. Creí que las decoraciones navideñas no eran asunto de vida o muerte.
Emma sintió cómo la paciencia se le agotaba. A este hombre, evidentemente, le hacía falta algo de espíritu navideño.
—Lo es cuando alguien lleva años buscando una pieza como esta para completar su colección —dijo, cruzando los brazos con determinación.
¿Quién era él para cuestionar su amor por la Navidad?
Él la miró con incredulidad, luego con una pequeña risa en los labios.
—Bueno, yo no colecciono esferas, pero sé reconocer un buen adorno. Tal vez debería quedárselo a alguien que realmente sepa apreciarlo —respondió, dándole un pequeño toque de provocación que encendió una chispa en Emma.
—¿Estás diciendo que yo no sabré apreciarlo? —replicó, estrechando los ojos, más que lista para lanzarle una retahíla de argumentos sobre cómo la Navidad no era solo una excusa para decorar, sino una celebración de amor, paz y tradición.
Pero antes de que pudiera decir algo más, él soltó la esfera y levantó las manos en un gesto de paz.
—Está bien, lo que tú digas. No quiero causar una guerra navideña en plena tienda —dijo con una sonrisa que tenía un toque de burla.
Emma tomó la esfera, pero no se sentía ganadora. Algo en su mirada la incomodaba, como si él supiera exactamente cómo hacerla enfadar y lo disfrutara.
—Gracias —dijo secamente y se giró para alejarse.
Al salir de la tienda, estaba tan molesta que no vio el pequeño charco de nieve derretida justo en la acera. Resbaló, y antes de poder recuperar el equilibrio, sintió unas manos firmes sosteniéndola.
—¿Tan rápido te caes? —la voz burlona volvió, y Emma se ruborizó al ver que el mismo hombre estaba ahí, sosteniéndola.
—No necesito ayuda, gracias —replicó, separándose de él, deseando que la tierra la tragara.
—Veo que eres alguien autosuficiente —dijo él, con un tono que parecía entre encantado e intrigado. Ella giró los ojos, tomando aire para mantener la calma.
—Lo soy, gracias —repitió, y comenzó a caminar sin mirar atrás, con la esfera en la mano y el orgullo algo herido.
Él se quedó observándola un segundo más, con una sonrisa divertida en los labios. Por alguna razón, aunque aquel encuentro había sido incómodo, no podía dejar de pensar que algo en ella lo hacía querer seguir provocándola.