De la cena de Nochebuena era de lo que más se hablaba en la familia Harper, y Emma apenas podía disimular su exasperación.
Sus tías no paraban de recordarle, cada cinco minutos, cómo la Navidad es más bonita en pareja, mientras sus primos la miraban con esa mezcla de compasión y superioridad que siempre lograba sacarla de quicio.
—¿Y qué, Emma? —preguntó Sofía, con la misma sonrisa presuntuosa de siempre—. ¿Ni siquiera un amigo especial? Ya sabes, por lo menos un acompañante para las fiestas. A esta altura, cualquiera serviría.
Emma se mordió la lengua, sintiendo que el mal humor burbujeaba peligrosamente cerca de la superficie. Iba a responder, pero su madre se le adelantó, dándole unas palmadas en la espalda.
—Hija, deberías considerar ampliar tus horizontes —dijo su madre con una expresión que combinaba lástima y un intento de ternura—. No puedes esperar al hombre perfecto toda la vida. A veces hay que conformarse un poquito.
Emma soltó un suspiro y sonrió con una frialdad que ni siquiera se molestó en disimular.
—Lo tomaré en cuenta, mamá. Pero ahora, me voy a servir una copa de vino. La necesito.
Sin esperar una respuesta, salió de su casa y se dirigió al bar del frente. Justo al acercarse para tomar la primera copa de vino que vio, una mano apareció de la nada, apoderándose de la misma copa en el preciso momento en que ella estaba a punto de levantarla.
Y ahí estaba él. El hombre de la tienda.
La reconoció al instante y arqueó una ceja, sin soltar la copa. Una sonrisa divertida apareció en su rostro, esa que a Emma le parecía cada vez más irritante.
—¿Tienes alguna obsesión por apropiarte de las cosas que toco? —preguntó Emma, cruzándose de brazos mientras lo miraba con una mezcla de incredulidad y fastidio.
—O quizás eres tú quien elige las cosas que yo también quiero —respondió él, sin intención alguna de soltar la copa—. Pero esta vez no voy a dejarte ganar tan fácilmente.
—¡Es una copa de vino! —exclamó Emma, sin poder creer que estaban discutiendo, otra vez, por algo tan ridículo—. ¿En serio piensas pelearme hasta por eso?
—¿Y qué tiene de malo? Creo que te hace bien un poco de competencia —respondió, y su tono jocoso hizo que la paciencia de Emma estallara.
—¿Competencia? —repitió, cada vez más molesta—. Esto no es competencia. Esto es… es… ¡una invasión a mi paciencia!
Él se echó a reír, lo que solo aumentó la frustración de Emma.
Sabía que todos en el bar la estaban mirando, probablemente susurrando entre ellos sobre cómo una vez más ella estaba siendo “difícil” o “complicada”.
Ese pensamiento fue la gota que colmó el vaso.
—¿Sabes qué? Quédate con la copa. Aparentemente, eres de esos hombres que necesitan ganar incluso en los juegos más tontos —espetó, sin disimular su enfado.
Él pareció sorprendido por su respuesta, pero luego sonrió, alzando la copa en su dirección.
—Gracias. Lo haré.
Emma apretó los labios, tragándose las ganas de decirle exactamente lo que pensaba de él.
En cambio, optó por irse de ahí, respirando profundamente para calmarse. Sin embargo, su tía que había ido a espiarla se le acercó y le susurró en el oído:
—¿Ves, Emma? Si te esfuerzas un poco, hasta podrías conseguir un hombre como él para Navidad.
Ese comentario la hizo querer gritar, pero en lugar de eso, se forzó a sonreír y se regresó de nuevo a su casa.
En esta Navidad, estaba segura, sería la última en la que se dejaba atormentar por la presión de tener pareja.
Emma estaba recogiendo los platos en la cocina cuando escuchó los pasos firmes y decididos de su tía Mercedes, quien siempre encontraba la oportunidad perfecta para darle un sermón. Sabía que el tema de la conversación sería el de siempre: su soltería. Emma estaba tan acostumbrada que hasta podía anticipar sus palabras.
—Emma, querida —dijo Mercedes, acomodándose en una silla mientras la miraba con esa mezcla de condescendencia y crítica—. Creo que ya es hora de dejar la soltería. Diez años han sido más que suficientes, ¿no te parece?
Emma suspiró, intentando no perder la paciencia. Sabía que, aunque intentara cambiar de tema, su tía seguiría insistiendo.
—Tía Mercedes, ¿no estás cansada de hablar siempre de lo mismo? —preguntó, fingiendo una sonrisa despreocupada mientras servía café.
—No me malinterpretes, querida, lo hago por tu bien —continuó su tía con aire solemne—. Estoy segura de que hay hombres adecuados ahí fuera, esperando por la mujer correcta. ¿Por qué no te das la oportunidad de conocer a alguien? El tiempo no pasa en vano, ya deberías haberlo notado.
Emma se mantuvo en silencio, deseando que la conversación terminara pronto, pero su tía no había terminado.
—Además, no olvides la cirugía que te hiciste. No solo fue costosa; estás perdiendo todo ese esfuerzo. ¿Para qué cuidar de tu figura y tu salud si no piensas aprovecharlo? —dijo Mercedes, con el mismo tono crítico de siempre.
Emma frunció el ceño, sintiendo que la sangre le hervía un poco. Había decidido someterse a esa cirugía por motivos de salud, y estaba cansada de que todos en su familia pensaran lo contrario.
—Mi cirugía fue por salud, tía Mercedes —respondió, tratando de sonar firme pero educada—. No me operé para impresionar a nadie, sino para estar mejor conmigo misma.
Mercedes bufó, como si las palabras de Emma le resultaran una excusa pobre.
—Ay, por favor, Emma, no seas tan ingenua. Lo hecho, hecho está. Aprovecha esa inversión en tu apariencia. Después de todo, tienes que ser práctica. Además, a tu edad ya deberías estar pensando en asegurar tu futuro. Es momento de dejar de ser tan tonta y empezar a sacarle provecho a lo que tienes.
Emma levantó una ceja, intentando contener una sonrisa irónica. Sabía que su tía creía que estaba dándole el mejor consejo del mundo, pero para Emma, sus palabras sonaban completamente absurdas.
—¿Sacarle provecho, dices? —preguntó Emma, cruzándose de brazos—. ¿Y qué sugieres, exactamente? ¿Qué organice una especie de… casting para elegir al marido perfecto?
Mercedes asintió sin dudarlo, con los ojos brillando de entusiasmo.
—Exactamente. Invita a varios candidatos, elige al más conveniente. No necesitas amor, Emma, necesitas estabilidad y seguridad. A tu edad, ya no se trata de príncipes azules, sino de decisiones prácticas.
Emma no pudo evitar soltar una risa. La idea de su tía le parecía descabellada y completamente ridícula.
—¿Un casting de esposos? —repitió, con una mueca divertida—. Perdóname, tía Mercedes, pero creo que paso. Si algún día decido casarme, será porque encontré a alguien con quien realmente quiero compartir mi vida, no porque lo elegí de un grupo de candidatos como si fuera una audición.
Mercedes suspiró, decepcionada, y le dio un pequeño golpecito en la mano.
—Algún día entenderás que soy realista, Emma. Cuando te des cuenta de lo mucho que necesitas estabilidad, quizás me darás la razón.
Emma solo sonrió con resignación, sabiendo que nada podría hacerle cambiar de opinión. Para ella, esa conversación solo confirmaba lo que siempre había sabido: no estaba dispuesta a conformarse con un “marido perfecto” elegido en un casting.
……Flasback…..
Diez años atrás.
—Emma tienes que aceptar el divorcio. Federico está agobiado contigo, él ya no te ama. ¿No te atormenta verlo pasearse de la mano de su amante? —dijo sin ningún tacto Gonzalo, el abogado de Federico, era amigo de ambos por eso le hablaba con crueldad a Emma.
—No sé si podré vivir sin él. Sabes que ha sido mi único novio, ya tengo 27 años y no voy a encontrar otro hombre en mi vida. ¡No es tan fácil!
—¡Deja de mendigar amor, mujer! Firma, firma —dijo presionándola para que escribiera su nombre.
Finalmente, Emma accedió, aunque en el fondo de su corazón no quería porque después de esa firma todas las posibilidades de reconciliarse acabarían.
Se había casado con Federico muy emocionada, pero desconocía que Federico necesitaba cobrar su herencia familiar, cuya condición exigía que debería estar casado, pero la mujer de sus sueños estaba en el extranjero, así que eligió a la hija de su vecina por simple conveniencia.
Federico era el vecino sinvergüenza que se paseaba por su jardín sin ropa. Era musculoso, atlético y muy bien dotado. Emma solía espiarlo desde su oscura habitación con un binóculo, ella lo había estado amando en silencio.
Caso contrario de Emma que era una chica talla plus y por ende no llamaba la atención de los hombres.
Divorciarse para Emma fue el mayor castigo, empezó a subir más de peso, a deprimirse incluso no tenía deseos de seguir viviendo.
Pasaron dos años para darse cuenta que por más que se castigara no iba a regresar a su exesposo.
Finalmente despues de superar la depresión, de pronto la armonía volvió a llegar a la vida de Emma. Se obsesionó con estrictas rutinas de gimnasio que le ayudaran a conseguir la talla adecuada que la hiciera sentir comoda. Se percató que su peso anormal estaba afectando su columna y un sinnúmero de problemas de salud.
El divorcio le dejó un buen monto de dinero en el banco que no había querido utilizar. Ahora que había perdido peso, se hizo estudios para programarse una lipoescultura. Quería eliminar la piel flácida de su abdomen y hacerse una mamoplastia.
Las secuelas de su descuido eran muy evidentes. Ahora ya no tenía intención de seguir guardando ese dinero. Lo ocuparía para mejor su apariencia y su autoestima. También pensaba que con un cuerpo escultural conseguiría un nuevo amor.
Pero han pasado diez años, aunque todo ha cambiado, ella sigue sin alguien que ocupe su corazón y le enseñe las bondades del amor.