El silencio en el auto era pesado, roto solo por la respiración irregular de Emma y el sonido de las luces navideñas parpadeando en las calles.
Estaba en un estado de confusión, un torbellino de sensaciones que no había experimentado en años. Y ahí estaba él, con esa mirada desafiante y esa media sonrisa que parecía burlarse de todas sus defensas.
Sin pensarlo demasiado, sin que la razón la detuviera, Emma se inclinó hacia Timoty y lo besó.
Fue un beso directo, apasionado, cargado de todo el deseo contenido que había ignorado por tanto tiempo. Timoty, sorprendido por un instante, pronto se dejó llevar, correspondiéndole con la misma intensidad.
El auto se convirtió en su pequeño mundo, olvidando el exterior, la noche fría y cualquier otra preocupación.
Timoty deslizó una mano hasta la nuca de Emma, acercándola aún más a él, como si quisiera asegurarse de que no escapara.
El beso era todo lo que no había esperado encontrar aquella noche: atrevido, ardiente y… necesario.
—Emma… —murmuró Timoty, con la voz grave y un brillo intenso en los ojos—. ¿Quieres… ir a mi apartamento?
Emma lo miró, su respiración entrecortada, con el corazón acelerado y las emociones desbordándose.
Sentía una mezcla de vértigo y emoción que la empujaba a decir que sí. Después de tantos años sin un hombre, con su familia recordándole constantemente que estaba sola, una chispa de deseo se había apoderado de ella.
—Vamos —respondió en un susurro que sonó casi como un desafío.
El auto arrancó, y el trayecto hacia el apartamento de Timoty fue un caos de sensaciones encontradas para Emma.
Parte de ella se cuestionaba lo que estaba haciendo, pero otra parte, la que ahora controlaba sus impulsos, le decía que no pensara demasiado.
Por una vez, solo una vez, iba a dejarse llevar sin temores ni arrepentimientos.
Llegaron al edificio de Timoty, un lugar elegante, moderno, con luces tenues que reflejaban una intimidad inesperada.
Él la guió con una mano en la cintura, y Emma sintió una oleada de nervios al darse cuenta de que la situación era tan real como vertiginosa.
Al entrar en su apartamento visiblemente enumerado, Timoty apenas cerró la puerta cuando la atrajo hacia él nuevamente, besándola con una intensidad aún mayor. Emma, sin poder ni querer resistirse, le devolvió el beso, entregándose completamente al momento.
—Llevaba esperándote desde que nos cruzamos en la tienda —dijo él, en un tono que sonaba a una confesión inesperada.
Emma sonrió, sintiéndose una vez más desafiada y tentada a seguir adelante.
—Entonces, no desperdiciemos más tiempo, ¿no crees? —replicó ella, sorprendida de su propia osadía.
Y en esa noche, Emma se permitió olvidar el pasado, el qué dirán, y simplemente dejarse llevar por el deseo.
Sabía que la mañana traería preguntas, tal vez incluso arrepentimientos, pero en ese instante, eso no importaba.
La luz que se filtraba por las cortinas le golpeó los ojos, y Emma gimió, enterrando la cara en la almohada para tratar de ahogar el dolor de cabeza que pulsaba como un tambor en su cabeza.
Poco a poco, los recuerdos de la noche anterior comenzaron a regresar, mezclados con fragmentos borrosos y la sensación de un impulso temerario que no había sentido en años.
Giró en la cama y extendió el brazo, esperando encontrar a Timoty a su lado… pero lo único que encontró fue el frío vacío de las sábanas.
Parpadeó varias veces, confundida, y entonces sus ojos se detuvieron en una pequeña nota sobre la almohada:
“Olvida lo que pasó.” Con cariño Timoty
Emma sintió una punzada en el pecho. La confusión inicial dio paso a una mezcla de frustración y vergüenza.
Se sentó en la cama, observando la habitación con detenimiento, y comprendió, con una amargura creciente, que no estaban en el apartamento de Timoty, sino en un hotel.
Él no la había llevado a su casa, como había insinuado, sino a una habitación impersonal donde, al parecer, había conseguido lo que quería y se había marchado sin más.
Se llevó una mano a la frente, cerrando los ojos y tratando de asimilar la situación. No era posible que hubiera sido tan ingenua, tan ilusa…
¿Cómo había caído en su juego?
Ella, que siempre se había jactado de ser fuerte y de no necesitar a nadie. Y ahí estaba, sola en una habitación de hotel, con una nota que le recordaba lo tonta que había sido.
Emma se levantó y caminó lentamente hacia el espejo, mirando su reflejo con una mezcla de incredulidad y dolor.
—Muy bien, Emma… —murmuró para sí misma, con sarcasmo—. A los 37 años y todavía te dejas engañar como una adolescente.
La vergüenza y el enojo se entrelazaban en su mente. No se trataba solo de la decepción de haber confiado en Timoty, sino de la sensación de vulnerabilidad, de haber permitido que alguien rompiera su coraza.
Ella no se dejaba llevar así, no permitía que nadie tuviera poder sobre sus emociones, y sin embargo… ahí estaba, lastimada y humillada.
Respiró hondo, tratando de calmar el tumulto en su interior, pero la rabia crecía. Pensó en lo fácil que Timoty la había manipulado, en cómo la había embriagado con palabras y miradas solo para luego desaparecer como si nada.
Él no solo la había engañado, sino que le había robado un pedazo de dignidad que le costaría recuperar.
“Olvida lo que pasó”. Esas palabras resonaban en su mente como una burla.
—No, Timoty. No voy a olvidarlo —dijo en voz baja, con determinación—. Pero me aseguraré de que tú tampoco lo olvides.
Decidida a que esto no fuera el final, Emma se arregló, salió de la habitación y dejó atrás la nota, lista para enfrentar la vergüenza, la furia y las consecuencias de la noche anterior. Porque si algo estaba claro, era que Emma no iba a permitir que nadie la tratara de esa forma.
Pero como si no hubiera sido suficiente, al pasar por recepción la chica le entregó la cuenta de la habitación, «Es un desgraciado, ni la cuenta de la habitación fue capaz de pagarla» pensó Emma con mucho odio.
Emma pasó la mañana haciendo llamadas y enviando mensajes, tratando de encontrar algún rastro de Timoty.
Parecía como si el hombre hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Preguntó en el bar donde se habían visto y hasta en la tienda donde se habían cruzado la primera vez, pero nadie tenía idea de quién era o cómo localizarlo.
Las respuestas eran siempre las mismas: un simple encogimiento de hombros, una mirada de disculpa, o peor aún, una expresión de burla disfrazada de lástima.
De regreso en su apartamento, Emma se dejó caer en el sofá, agotada y frustrada. El teléfono sonó, y cuando contestó, la voz de su prima Sofía sonó del otro lado de la línea, llena de entusiasmo despreocupado pidiéndole que le abriera la puerta, Emma se levantó y la dejo entrar
—¡Emma! ¿Cómo estás? ¿Ya lo encontraste?
Emma suspiró profundamente.
—No… Nadie sabe nada de él. Es como si nunca hubiera existido. Nadie sabe ni quién es ni dónde vive.
Sofía guardó silencio unos segundos, procesando la noticia. Incluso ella, que había planeado la noche, parecía sorprendida.
—Espera… ¿Quieres decir que el tipo se fue, te disfrutó, ni siquiera pagó y ahora simplemente desapareció sin dejar rastro?
Emma asintió, aunque su prima no podía verla. Las palabras de Sofía sonaban más reales de lo que ella misma se había atrevido a pensar. La rabia y la vergüenza de nuevo se arremolinaban en su pecho.
—No puedo creerlo, Sofía. Me siento tan… tan estúpida.
Sofía dejó escapar un suspiro, en una mezcla de incredulidad y molestia.
—Bueno, ya pasó, ¿no? Mira, vamos a enfocarnos en otra cosa. Además, supongo que te cuidaste, ¿verdad?
Emma se llevó una mano a la frente, un frío aterrador la invadió de pronto, mientras intentaba recordar detalles.
Su mente era un laberinto confuso de besos y caricias, y un pensamiento demoledor la atravesó como un rayo. Miró a su prima con ojos llenos de alarma.
—Sofía… no usamos protección.
El rostro de Sofía pasó del asombro a la preocupación en cuestión de segundos. Soltó un bufido y se levantó de golpe del sofá.
—¡Dios mío, Emma! ¿Estás loca? ¿Sabes lo que eso significa?
Emma solo podía asentir en silencio, sintiéndose cada vez más pequeña. Sofía agarró sus llaves con determinación y la miró con la expresión decidida que solo su prima podía tener en momentos críticos.
—No vamos a perder el tiempo —dijo Sofía—. Vamos a la farmacia ahora mismo. Si ser soltera ya es una pesadilla para ti, ¡imagínate ser soltera y embarazada! Vamos, rápido.
Emma, en silencio, siguió a su prima. Sabía que estaba en un lío enorme y que la última cosa que necesitaba en ese momento era agregar una complicación tan grande como la que Sofía acababa de mencionar.
La idea de un embarazo inesperado la dejó más angustiada que nunca, y mientras caminaban a la farmacia, su mente no podía dejar de pensar en todo lo que esa noche había desatado.
Con la mente ya más tranquila y segura de que no habría sorpresas de aquella noche, Emma se permitió finalmente respirar con alivio.
Los últimos días habían sido un caos, y su desliz con Timoty había dejado una marca de vergüenza que no lograba sacudirse.
Pero algo en su interior se negaba a caer en la autocompasión.
Si su familia tanto insistía en que consiguiera un hombre, entonces iba a tomar el control de la situación… a su manera.
Recordó las palabras de su tía Mercedes sobre hacer un “casting de esposos” y, aunque al principio le había parecido una locura, ahora la idea la hacía sonreír. Al menos así podría cumplir con el molesto “requisito” que su familia le exigía cada Navidad.
«Muy bien», pensó Emma, encendiendo la computadora con una sonrisa determinada. «Si quieren un novio para Nochebuena, van a tener uno. ¡Y bajo mis condiciones!»
Con el cursor parpadeando en la pantalla en blanco, comenzó a escribir el título: “Casting: Novio y futuro esposo para Navidad”. Emma no pudo evitar reírse sola al escribirlo. La idea era absurda, pero a la vez refrescante.
¿Por qué no divertirse un poco y al mismo tiempo cumplir con el deseo de su familia?
A continuación, empezó a delinear los requisitos. Si iba a comprometerse a esta búsqueda, entonces no iba a aceptar a cualquiera. Hizo una lista con cada detalle que consideraba imprescindible:
Requisitos para el candidato perfecto:
Que no tenga antecedentes románticos con ninguna conocida o familiar. Después de lo de Timoty, Emma no iba a tolerar más sorpresas desagradables.
Debe gustarle la Navidad (nada de grinch ni personas que se quejen de las decoraciones o del espíritu navideño).
Debe soportar cenas familiares y preguntas incómodas.
Emma no quería más dramas ni rechazos en su vida, y necesitaba a alguien que estuviera dispuesto a aguantar a su familia sin huir a la primera.
Que quiera un compromiso serio, pero que no sea un “acosador de matrimonio”.
No estaba desesperada, así que prefería a alguien estable y sensato.
Debe amar los perros.
Emma se había prometido adoptar uno en el próximo año, así que no pensaba negociar este punto.
Después de revisar y ajustar los requisitos, Emma agregó algunas preguntas clave para el “candidato”:
¿Cuál es tu película favorita de Navidad?
¿Qué tipo de postre navideño prefieres?
¿Cuál es tu recuerdo más especial de Navidad?
Cada pregunta tenía un propósito. Emma quería saber si alguien compartía sus tradiciones y recuerdos, si podría conectar con ese alguien en lo que consideraba realmente importante.
Finalmente, después de un par de horas de escritura y revisiones, Emma miró el texto completo.
Era ridículo, surrealista, pero por primera vez en mucho tiempo, se sentía emocionada y divertida.
Guardó el archivo y lo programó para publicarlo en varias r************* , con la esperanza de que alguien interesante respondiera.
Se recostó en el sillón, mirando el techo, mientras la idea cobraba cada vez más sentido.
Si su familia tanto insistía, para la cena de Navidad podría sorprenderlos con un “novio” cuidadosamente seleccionado. Y quién sabe, tal vez, entre todos esos candidatos, encontraría a alguien que valiera la pena.