—Solo sé que te deseo ¿Eso es malo? ¿Malo? Dios no, era demasiado bueno para considerarse malo, pensó Ares a punto de estallar. Su cordura pendía de un hilo muy fino y frágil que se deshilaba a medida que Dalia lo acariciaba, cada gesto de ella, cada mirada era como si lo desnudara, nunca le había pasado, no era un crio de 17 años que no podía tener las manos quieta, tenía 27 años Dios santo, rumbo para los 28, tenía que controlarse. Pero Dalia lo miraba con esa sonrisa bobalicona atontada por el alcohol que él encontraba demasiado estimulante, si fuera un granuja de lo peor hace rato la tendría desnuda debajo de él, pero aún quedaba en su sucia alma algo de conciencia. En un gesto que encontró demasiado doloroso, se separó de ella y estuvo a punto de mandar todo al diablo cuándo vio su

