La mañana llegó lenta, arrastrando con ella un silencio casi sospechoso en la oficina donde Sofía solía comandar las decisiones que podían cagarnos a todos. Pero hoy, ese trono frío y lleno de papeles quedó vacío. Sofía se la había jugado y se tomó el primer día libre en años. Damián no lo había creído cuando lo dijo, pero ahora, sentado frente a la ventana, vio cómo desaparecía por la puerta con la única mochila al hombro y un cigarro apagado en los labios. —Joder, ¿y ahora qué hacemos sin ella? —murmuró para sí mismo, con una mezcla de molestia y preocupación. Pero la verdad era que ninguno de los dos podía negarlo: Sofía merecía ese descanso. Era una puta máquina de guerra, sí, pero hasta la máquina más pesada se recalienta si la tienes a tope sin tregua. Y si alguien sabía de guer

