Conduzco hasta ver un motel destartalado donde desviarme. Aparco en la parte de atrás, por si acaso, y voy a la recepción. —¿Qué va a querer? —me pregunta el recepcionista perezoso, mirando la televisión a un lado. —Una habitación, dos camas —digo, sacando algo de efectivo y dejándolo caer sobre el mostrador—. Y no le diga a nadie que estamos aquí. El recepcionista toma el dinero y me desliza una llave. —Aquí no estamos, entendido. Tomo la llave, compruebo el número y llevo a Paloma hasta la habitación. En cuanto cierro la puerta, ella se gira hacia mí. —¿Estamos a salvo aquí? —No estamos a salvo en ninguna parte —digo, dejando la bolsa de viaje en el suelo. —Pareces necesitar una ducha —añado. Saco unos pantalones de chándal y una camiseta y se los lanzo. —Te quedarán un poco

