—No entiendo por qué no volamos —me pregunta Summer mientras nos unimos al poco tráfico en
la autopista dejando Nueva York.
—Nos pueden rastrear fácilmente —le explico, manteniendo los ojos en la carretera.
—¿No tienen aviones privados? —pregunta, mirando por la ventana.
Asiento.
—Sí, los tenemos, pero aún deben existir registros de vuelo y listas de pasajeros, fácil de rastrear.
—Entonces básicamente vamos de mochileros. ¿Al menos podemos divertirnos? —me pregunta,
mirándome ahora.
—Mientras no llamemos la atención —digo—. Aunque no sé qué considerarías tú como diversión.
—Ver lugares y hacer cosas turísticas —explica—. Comer bien y mezclarnos con los locales.
Resoplo.
—Está bien, podemos hacer algunas cosas de turistas.
—¿Puedo conseguir una cámara? —pregunta—. Para al menos tomar algunas fotos.
—Mañana te compramos una, pero solo en efectivo. Nada de tarjetas mientras hacemos esto.
Ella alcanza la radio y la sube.
—Al menos habrá buena música.
Sacudo un poco la cabeza, pero no se da cuenta. La dejo moverse al ritmo de la música y cantar.
Estoy pendiente de que nadie nos siga. Sé que Polina y Donato trabajarán en este problema hasta
resolverlo, y podremos volver a casa, pero no puedo evitar temer pasar quién sabe cuánto tiempo en
la carretera con Summer.
Mi corazón duele por ella y había esperado que confesarle mi amor despertara algún sentimiento,
que al menos intentara amarme de vuelta. Está claro ahora que hemos pasado ese punto, y esto
nunca será una relación amorosa, solo una relación cordial.
Siempre he sido el lógico y frío de la familia, pero ahora siento que mis cables se han cruzado y
todo está cortocircuitado. Podemos ser cordiales, pero pasaré el menor tiempo posible con Summer.
Mi corazón y mente no soportan sentir esta pasión intensa por alguien que no me corresponde.
Es tarde cuando llego a un hotel, casi las once, y meto el auto en el estacionamiento subterráneo.
Salgo y miro alrededor, con la mano en mi arma. Nadie parece seguirnos, buena noticia.
—Pasaremos la noche aquí —digo—. Solo necesitarás tu bolso de mano, supongo.
Tomamos nuestras maletas del auto y las llevo al lobby del hotel. La recepcionista me mira y veo
cierto interés en sus ojos. No siento nada, aunque quisiera que Summer me mirara así. Alguna vez
lo hacía.
—Hola, ¿en qué puedo ayudar?
—Reservación a nombre de Cesar —digo—. Reservada con anticipación.
Ella teclea en el teclado.
—Sí, tenemos la habitación 154 lista para usted, señor. Si no está demasiado cansado, aún hay
muchas cosas en el casino y en las salas de entretenimiento.
Asiento, aunque dudo que haga algo más que dormir. Me entrega la llave y tomo las maletas.
—Gracias.
Mientras estamos en el ascensor, Summer se vuelve hacia mí.
—¿Por qué no vamos a jugar un poco? Seguro tienen juegos de cartas.
—Es muy tarde y debemos salir temprano —digo simplemente—.
Ella hace un puchero.
—Renzo, no actúes como un viejo. Este viaje va a ser horrible si seguimos así. Estoy intentando
que sea más divertido para los dos. Bajemos una hora, y luego dormimos hasta las siete y seguimos
camino. Podemos desayunar en una gasolinera o algo así.
La observo un momento. No quiero hacerla infeliz en este viaje, porque tendría que lidiar con las
consecuencias. Suspiro profundamente.
—Está bien, bajaremos una hora, pero no te quejes cuando suene la alarma temprano.
Nos registramos en la habitación, nos arreglamos y bajamos. Estoy alerta sobre nuestro entorno. No
quiero que nos tomen por sorpresa.
El casino no tiene estándares como los de Las Vegas, pero es bonito. Está bastante lleno para el tamaño del hotel, y nos encontramos en una mesa de póker después de comprar fichas para jugar.
Summer se ríe durante el juego, burlándose de mi “poker face”. Quiero sonreírle cada vez, pero
intento controlar mis emociones.
En un momento, pierde todas sus fichas y me arrastra hacia el bar cercano. Mientras tomo una
cerveza, ella baila en el pequeño piso de madera, moviéndose al ritmo de la música. Mi corazón late
con fuerza al verla.
Es tan seductora. Tan hermosa. Observar cómo se mueve es casi insoportable. Mantenerme en
control se vuelve aún más difícil.
Compro más fichas y probamos las mesas de blackjack. Tiene un poco más de suerte, pero entre
juegos sigue bailando.
—La música es genial —dice.
Su sonrisa me quema por dentro. Resoplo.
—Bailarías con cualquier cosa.
—Y tú no bailas nada —señala—. Deberías vivir un poco.
No comento, pero reviso mi reloj: la una de la madrugada.
—Vamos. Hemos estado aquí más de una hora. Cobremos.
No se queja ni discute, lo cual me sorprende, aunque todavía está riendo. Cobro mis fichas y tomo
los billetes. Pongo la mano en su espalda por instinto y la guío fuera del casino hacia los ascensores.
Mientras esperamos, se vuelve hacia mí.
—¿Por qué no bailas?
—No me gusta bailar —comento mientras se abren las puertas del ascensor.
Subimos y presiono el botón de nuestro piso. Ella se mueve al ritmo de la música del ascensor, y yo
resoplo.
—Bailarías con cualquier cosa. Ya lo he demostrado.
Me da un golpe en el brazo.
—Quizá no sepas bailar. ¿Quieres que te enseñe?
¡No! grita mi mente, pensando en nuestros cuerpos demasiado cerca, rozándose y balanceándose.
La idea basta para excitarme.
Frunzo el ceño.
—Sé bailar. Solo que elijo no hacerlo.
Salimos del ascensor y reviso el pasillo antes de llevarla a nuestra habitación. La abro, listo por si
alguien ataca, pero la habitación está vacía.
—Puedo enseñarte el sencillo o el vals —dice con una sonrisa mientras saca sus cosas del bolso—.
Pero primero, voy a cepillarme los dientes y cambiarme.
La dejo, saco lo que necesito de mi bolsa y espero mi turno. Ella es sorprendentemente rápida, y
cuando estoy listo para dormir, la encuentro bebiendo un whisky del minibar del hotel.
—¿En serio?
—Un trago antes de dormir —ríe, tomando un sorbo más grande—. ¿Quieres un poco?
Las camas son gemelas, a petición mía. Me siento en la cama opuesta y tomo la botellita. La bebo y
tiro el frasco a la basura.
—Tenemos que levantarnos temprano.
—Lo sé, lo sé —se estira y bosteza, y no paso por alto cómo se mueve en su camisón.
—Bueno, buenas noches. Mañana en el camino intentaré encontrar algunas paradas para divertirnos
—dice, deslizándose en su cama.
—Yo aún tengo trabajo que hacer —digo, metiéndome en la mía—. No podemos detenernos en
cada atracción.
—Hmm —solo escucho antes de que se quede dormida. Cierro los ojos e intento sacarla de mi
mente para poder dormir bien también.