—No —dije, frunciendo el ceño sobre una taza de café matutino mientras miraba la imagen de la casa que Donato me mostraba en su iPad—. No voy a vivir en otra casa sin clase. Me miró desde el otro lado de la mesa. —¿Otra? —Bueno —dije, intentando sonreír—, me mudé contigo, ¿no? Dony me miró incrédulo. Algo brilló en sus ojos que supe que se reflejaba también en los míos. —Bueno, Gatita, tendrás que tomar una decisión, ya que mi exquisita casa no es de tu gusto, a menos que, por supuesto, quieras quedarte aquí. —Esto es un apartamento. —Un apartamento que es mío. —No veo cómo eso marca alguna diferencia. Ahora sonreía de oreja a oreja. —¿Cuál es exactamente tu objetivo esta mañana? Si es hacerme enfadar, te aseguro que no tendrás suerte; incluso esa parte de ti me resulta terriblem

