Inclino la cabeza hacia un lado. —Sé disparar perfectamente. —Entonces —dice ella—, ¿por qué cuestionas mi capacidad para trabajar en un coche? Ustedes los hombres son todos iguales. Se levanta y aparta un mechón de cabello de su rostro, dejando una mancha de grasa. Me río en voz baja, tomo un trapo que parece limpio y me acerco para limpiarle la cara. Ella me lo permite. —¿No se supone que las mujeres deben estar en casa, descalzas y embarazadas? —la estoy molestando, pero intento sonar serio. Ella se aparta y me da un puñetazo en el brazo. —Eso es algo muy sexista. ¿Puedes volver al siglo veintiuno? Dejo el trapo. —Solo digo que podrías pagarle a alguien para que haga esto por ti. —Excepto que Donato no me dejará salir de casa por el resto del día —suspira—. Además, si lo hago yo,

