Después de ducharme, voy a la cocina, donde mi madre está ocupada con la cena. Me encargo de amasar la masa para el pan por ella. Trabajo con constancia y no hablamos mucho. Sin embargo, al cabo de un rato se detiene y me mira. —¿Estás bien, Pan Dulce? Le dedico una sonrisa cálida. —Estoy bien, Ma. ¿Cómo lo estás llevando tú? Ella me devuelve la sonrisa. —Me siento mucho mejor. Aunque siempre me preocupo por ustedes, mis hijos. Niego con la cabeza. —No tienes que preocuparte por mí. Soy la buena de la familia. Me besa la cabeza y me toca la nariz con un dedo lleno de harina. Me froto la nariz con la manga. —¡Ma! —alargo la palabra en tono quejumbroso, y ella se ríe. Es un sonido dulce que me encanta escuchar. Una vez que el pan está en el horno y estamos preparando la lasaña, Polina e

