¡No puedo creer a Renzo! No soy una adolescente entrando a un bar y dejando que viejos pervertidos coqueteen conmigo. ¡Tengo veintitantos años! ¡Soy una adulta! Dios mío, nada me enfurece más que que me traten como a una niña. Soy su esposa, no su hija, y él actúa como si me poseyera. Grito en el coche mientras aceleramos por la carretera, la rabia burbujeando dentro de mí. La razón por la que nunca me llevé bien con mi padre era que, sin importar la edad que tuviera, me trataba como a una niña que tenía que obedecer y que le dijeran qué hacer. Él y Renzo me tratan como si no tuviera sentido común o como si no pudiera pensar más allá de mi nariz. No soy una idiota completa. Sé cómo manejar mis bebidas y a mis hombres. Renzo realmente necesita darse cuenta de la realidad o, no sé, v

